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15 de enero de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo IX)

Una tarde destemplada del verano de 1812, y después de más de trece meses de cárcel, escuchó y sintió un silbido repetido y agudo en el interior de sus pulmones. Pensó: “estoy tuberculoso.” Se levantó con dificultad del camastro y, empapado en sus sudores, llamó al carcelero.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Cinco días antes de la deserción de Artigas, Francisco Ramírez y tres hombres de la insurgencia oriental observaban los movimientos de las tropas realistas en las proximidades de Paysandú. El catalejo introducido en la enramada de la orilla les acercaba la imagen de los Blandengues del Rey comandados por el capitán de navío Juan Ángel Michelena. El dorado de botones y galones sobre las casacas de paño azul era realzado por los vivos rojos en mangas y solapas. Algunos de los realistas portaban fusiles; casi todos, espadas. Ramírez calculo en trescientos el número de los enemigos.

-Va a ser cosa peliaguda -dijo al hacendado oriental Saturnino del Cerro- pero tenemos que intentarlo. Para probarse han nacido los hombres.

-Nada quisiera más que despenar a estos españoles -contestó un bravío del Cerro-. Díganos cuando avanzamos sobre ellos y preparo la tropa.

Ramírez miró a su compañero y esbozó una sonrisa. Tropas eran las suyas, pensó, y no el grupo de entusiastas patriotas orientales acantonados en Casa Blanca. Contestó: 

-Estemos calmos. Tiene que ser de sorpresa.

Además de Saturnino del Cerro y algunos hombres de Ramírez, los conjurados eran militares, hacendados y clérigos de la Banda Oriental y Buenos Aires. Entre los militares destacaba la figura de Jorge Pacheco, porteño, nuevo capitán de milicias y antiguo capitán de Blandengues de Montevideo; entre los clérigos, los presbíteros Ignacio Maestre y Silverio Martínez. Había también un brasilero, Francisco Bicudo, natural de Río Grande do Sul y que habría de morir meses después combatiendo a sus propios compatriotas en las proximidades de Paysandú.

-Vamos para Casa Blanca -ordenó Ramírez-. Disciplinemos la gente.

El villorio se encontraba a unos quince kilómetros de Paysandú y era el sitio a donde habían llegado los hombres de Ramírez luego de franquear el río Uruguay desde Arroyo de la China. Algunos días antes de la empresa, el medio hermano de Ramírez, Ricardo López Jordán, había desaconsejado la travesía: 

-No vayas, Francisco -le había dicho-. Veo problemas en esta batalla.

Ramírez palmeó a su hermano y contestó: 

-No ha nacido el español que pueda derrotarme. En unos días estaré de vuelta y brindaremos por lo ocurrido.

El regreso tomó más de un año. Veinticuatro horas después de la bravata dirigida por Saturnino del Cerro, las tropas de Michelena desembarcadas de los navíos arrasaron con la oposición de los conspiradores orientales acantonados en Casa Blanca. Francisco Bicudo alcanzó a huir antes de que los realistas hirieran de muerte al mismo del Cerro. El bravo hacendado oriental intentó cruzar a nado el río, pero murió ahogado a varios metros de la orilla. Francisco Ramírez, esposado y sangrante, habría de lamentar el pensamiento irónico dirigido muy pocas horas antes al infausto guerrero.

Al otro día los prisioneros fueron conducidos a Montevideo para cursar penas de cárcel. Ramírez y el presbítero Silverio Martínez se encontraban entre ellos. El viaje se hizo en uno de los veleros de la escuadra realista. A los presos se les sacaron los grillos. El contramaestre del navío, un canario apellidado Corrales, justificó la decisión diciendo:

-Si intentan escapar, probamos la puntería desde el castillo de popa. Eso, en el caso de que sepan nadar.

Los oficiales de a bordo invitaron a Ramírez y al presbítero a un juego de tresillos. El cura aceptó. Ramírez contemplaba irónico la escena. “Son unos pobres diablos, igual que nosotros”, pensó.

Al día siguiente, llegaron a destino. Los reos se sobrecogieron al contemplar la ciudad desde la bahía. Montevideo tenía poco más de once mil habitantes, pero las murallas que la circundaban hacia el campo -de más de nueve metros de altura y seis de ancho-, el congestionado tránsito del puerto, el afanoso ir y venir de los atareados portadores morenos y pardos y el aspecto señorial de las casas de piedra y ladrillo con doble planta y azotea daban un realce macabro a la ciudad en el ánimo debilitado de cada uno de los prisioneros.

Ramírez y sus compañeros de infortunio fueron conducidos a pie y con gran escolta hasta el cabildo local. El presbítero observaba los nichos santificados en las fachadas de las casas y el aspecto circunspecto y reservado de los grupos de mujeres vestidas de negro. Desde el campanario de la nueva Iglesia Matriz llegaban los repiques de los grandes badajos. En las cimas del raleado “Cerro de Montevideo”, lo sabía, existían cruces de grandes dimensiones con inscripciones latinas. Su celo eclesiástico aprobaba cada una de estas manifestaciones. Dijo a Ramírez:

-Observe su excelencia la calidad de estos españoles. Nadie grita o injuria. Son los más píos de toda América y su alma es compasiva. Nuestros días aquí no serán todo lo malo que imaginamos. Recuérdelo.

El religioso tenía razón. Ramírez fue alojado en una celda de medianas proporciones y buena iluminación y no en la mazmorra que su atribulada imaginación esperaba. Las raciones de charque y choclo eran abundantes y se podía hablar amistosamente con los carceleros. Solamente lamentaba la prohibición de todo tipo de lectura y las noches solitarias y sin mujeres.

Una tarde destemplada del verano de 1812, y después de más de trece meses de cárcel, escuchó y sintió un silbido repetido y agudo en el interior de sus pulmones.

Pensó: “estoy tuberculoso.” Se levantó con dificultad del camastro y, empapado en sus sudores, llamó al carcelero. Le dijo: 

-Me estoy muriendo. Quiero hacerlo en mi tierra. Tengo algunos pesos conmigo, y muchos más en mis pagos. Son de usted, pero hágame la gracia de dejarme libre.

El carcelero, un infante de ánimo volteriano y simpatías revolucionarias contestó:

-Esta noche no. Puede guardarse los pesos. Los necesitará para pagar las buenas conciencias de las personas que encuentre en el camino a sus tierras.

Dos noches después, Ramírez escuchó caer una moneda sobre el piso de la celda. La habían arrojado por el ventanuco que daba a uno de los patios interiores de la prisión. Era la señal.

Se vistió en silencio, empujó la reja de entrada y avanzó en la penumbra. Todos dormían. Los pasillos que conducían a la entrada del cabildo estaban despejados. La gran puerta de madera del acceso, abierta.  (www.REALPOLITIK.com.ar) 

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