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18 de enero de 2021 | Nacionales

Gestión AF

El arte de recular

El viernes pasado Santiago Cúneo tiró la bomba: Cristina se presentaría como primera candidata a diputada nacional en la lista del Frente de Todos de la provincia de Buenos Aires y habría adelantamiento de elecciones, tanto en el caso de que se mantengan las PASO como en el de que se supriman.

La vicepresidenta no sólo mantiene una tensísima relación con Alberto Fernández, sino que también teme seriamente por el futuro de sus causas judiciales en caso de un mal resultado en la legislativas, y cree que el presidente no moverá un dedo en el caso de que su destino final sea la cárcel. Por eso necesita fueros urgentes y también que las elecciones sean lo antes posible, para evitar la catástrofe económica que todos prevén.

El gobierno de Alberto Fernández marcha sin rumbo. En su diletancia y su inacción para agarrar el toro por las astas y modificar la relación de fuerzas entre las minorías concentradas y los poderes fácticos, de un lado, y la enorme mayoría de los argentinos, de otro, la pauperización de la sociedad, sobre todo de los sectores medios, avanza a pasos agigantados. En apenas quince días del 2021 la nafta aumentó dos veces, y es inminente el tercer aumento al hilo, que Esso y Shell ya aplicaron y todavía resta que lo implemente YPF. Carne, frutas y verduras están ausentes de la mesa de la mayoría de los argentinos, los 4 millones de puestos de trabajo perdidos durante la pandemia no encuentran medida alguna de la gestión para ser recuperados. En estas condiciones, y con aumentos de tarifas y de impuestos ya aplicados en varias jurisdicciones y en puerta a nivel nacional, pocos son los optimistas respecto de la suerte del oficialismo en las próximas elecciones.

Varias encuestas publicadas en los últimos días lo confirman. La imagen negativa de la mayoría de los referentes de la coalición de gobierno crece sin cesar, mientras se deprime constantemente la positiva. El bolsillo, la víscera más sensible del ser humano, según el general Perón, no miente. El primer año de gestión de Alberto Fernández bien puede considerarse como el quinto año de la de Mauricio Macri.

Cristina, desde hace tiempo, viene tratando de resguardarse institucionalmente ante un futuro nefasto que se advierte inmodificable. Les torció el brazo a los intendentes del conurbano y obligó a renunciar a las autoridades del PJ provincial para ubicar a su hijo Máximo. Tiene el control de la caja y de la gestión provincial a través de Axel. Sólo le faltan fueros. En caso de conseguirlos en las próximas elecciones legislativas, podría pasar directamente a la oposición. A Alberto le quedaría el premio consuelo de la presidencia nacional y el PJ, en medio de turbulencias que animan a dudar sobre su situación hasta el fin de su mandato.

El presidente ya tiro la toalla en muchos terrenos. Se sacó de encima la adopción de medidas ante el rebrote del COVID-19, dejándolas en manos de gobernadores e intendentes, y lo mismo hizo con el inicio de las clases. Sabe que no puede tomar decisiones porque nadie con poder territorial está dispuesto a cumplirlas. El presidente no gobierna. Cumple un papel, trata de administrar como puede. Pero su gestión puede caracterizarse como el arte de recular.

Los indecisos lo castigan en las encuestas. Los sindicalistas amigos no saben cómo harán para contener a las bases. Los intendentes del conurbano han sido degradados. Los sectores ultra K lo desprecian y redoblan sus críticas por su ambigüedad constante, sobre todo en los referido a las víctimas del lawfare. El peronismo lo siente como un actor ajeno, un gorila progre, que llegó al mando por decisión de Cristina, quién sabe en base a qué acuerdos, y varios son los que están armando alternativas electorales, sobre todo en la provincia de Buenos Aires.

Mientras tanto, el presidente publica fotos del debut de Dylan viajando en helicóptero, mientras confía su suerte al éxito de una vacunación que aún está en veremos. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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