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20 de febrero de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XIV)

Con el correr de los días, sería una carga demasiado dura de llevar para su excelencia, porque en un lado, el de sus enemigos, lo tratarían de blando y enamorado, y, en el otro, el de sus hombres, de frecuentador de rameras.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Además de las cartas, Ramírez y la Delfina compartían la pasión por las armas. La portuguesa tenía un trabuco Lefaucheux, un sable toledano y dos facones cortos con gavilán en forma de S. Ramírez se burlaba afectuosamente de tamaña prodigalidad: 

-Usted equivocó su oficio, Delfina. Más le hubiese valido hacerse al yunque y al martillo, que no al espinazo del caballo.

-Soy mejor soldado que mujer, general, por eso aquerencio estos fierros. Yo le diría que tenga mucho cuidado en el respeto a mi persona -seguía la portuguesa-. No vaya a ser cosa que se termine diciendo por ahí que a Ramírez lo despenaron los malos tratos a su querida.

Ramírez sonreía del carácter bravío de su amada y contestaba:

-Nunca, querida Delfina. Nunca un humilde general avasallará su increíble hermosura.

En estos inocentes intercambios, agotaban las pocas horas de sus vigilias solitarias. Un día, sin embargo, el tono de la conversación fue diferente: la Delfina se acercó con gesto adusto a Ramírez y le dijo:

-Usted sabe muy bien, y yo lo sé mejor aún, que nuestro amor tiene vida breve.

Ramírez, sorprendido, preguntó:

-¿Por qué me dice eso? Ninguna eternidad es breve.

La Delfina sonrió, pero prosiguió en tono monocorde: 

-No me engañe. Usted sabe mejor que nadie, que una mujer de mi condición no puede ser su querida. No, al menos, durante mucho tiempo. Con el correr de los días, sería una carga demasiado dura de llevar para su excelencia, porque en un lado, el de sus enemigos, lo tratarían de blando y enamorado, y, en el otro, el de sus hombres, de frecuentador de rameras.

La Delfina no mentía. Todos los subordinados de Ramírez conocían su condición de fortinera; casi todos, su procedencia.

Ramírez protestaba:

-¿Qué me dice? No existen circunstancias que me alejen de su amor. No existirá una mujer que ocupe su lugar.

Ambos sabían, pese a estas defensas, y en lo más profundo de sí mismos, que su amor tenía fecha de término. Ramírez debería volver, con el paso del tiempo, a sus asuntos de hombre de estado y a mujeres como Norberta Calvento; la Delfina, a sus oficios de reidora, fregatriz y soldado.  (www.REALPOLITIK.com.ar)

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