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5 de marzo de 2021 | Historia

Siglo XIX

La cuestión obrera en la Argentina agroexportadora

El crecimiento económico en el último cuarto del siglo XIX dio origen a un proletariado urbano cuya pobreza extrema contrastaba con el lujo de los sectores oligárquicos. Tratándose de una economía agroexportadora, los trabajadores inmigrantes obtenían sus mejores ingresos durante los meses de actividad de la cosecha agrícola.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

En su mayoría eran contratados de manera informal y temporaria, ya que se trataba de una actividad estacional, razón por la cual combinaban esa tarea con empleos ocasionales en el sector de manufacturas que abastecía de productos poco complejos al mercado interno. Otros tenían ocupación más permanente en el naciente sector industrial, que se caracterizaba por la escasa inversión fija y por estar basado, fundamentalmente, en la sobreexplotación de la mano de obra.

Hasta fines de siglo, las jornadas laborales masculinas eran extensísimas, de entre 12 y 14 horas diarias, sin descanso semanal y con salarios miserables. En tanto, la explotación de trabajo infantil y femenino se realizaba en condiciones aún más aberrantes.

Los trabajadores no contaban con derecho alguno. Las ausencias o enfermedades implicaban la pérdida del jornal o, directamente, del puesto de trabajo. La vejez, el embarazo, la discapacidad o los accidentes de trabajo no tenían protección ni resarcimiento alguno. Como los niños de las clases más desfavorecidas no podían estudiar por la situación de pobreza en la que vivían, eran utilizados como la mano de obra más barata.

La vestimenta de los obreros era ordinaria y escasa, invariablemente remendada o rota. El trato de los capataces y patrones era despótico y grosero y el trabajo se realizaba en condiciones insalubres. En caso de reclamos, la violencia privada de los patrones o la represión policial no se hacían esperar. El jefe de Policía era el encargado de restablecer el orden en caso de conflicto, ya que la huelga era considerada como delito contra la propiedad privada y el orden público.

Los obreros, generalmente inmigrantes, vivían en conventillos, hacinados y desprovistos de recursos sanitarios suficientes y eficientes, sin ninguna de las comodidades de la época. Sus ingresos no permitían satisfacer las necesidades básicas, y los costos de las habitaciones, compartidas entre varios, eran elevados: los propietarios aprovechaban la emergencia habitacional que caracterizó históricamente, hasta nuestros días, a la ciudad de Buenos Aires, ante la tolerancia e insensibilidad de las autoridades con excepción del gobierno nacional y popular de 1946 a 1955. En uno de los escasos avances en materia de defensa de los derechos de los desposeídos, en 1905 se aprobó un proyecto de ley presentado por el diputado socialista Alfredo Palacios, que dispuso el descanso dominical y la supresión de los medidores de agua de los conventillos.

Esta situación de malestar impulsó a los obreros a organizarse en defensa de sus derechos. Los movimientos ideológicos que predominaban en Europa desembarcaron en la Argentina de la mano de los inmigrantes, que formaban parte de una clase trabajadora que vivía en la miseria y era marginada de la vida política. Para 1887, funcionaban en Buenos Aires alrededor de 10 mil pequeños talleres y fábricas, que ocupaban a más de 42 mil personas. Esta cifra aumentaba constante-mente mientras el movimiento sindical crecía de manera proporcional, haciéndose más fuerte y poderoso.

El 20 de junio 1887, los maquinistas y foguistas ferroviarios se unieron para formar la agrupación La Fraternidad, primera entidad gremial argentina de alcance nacional.

El 1 de mayo de 1890, se celebró por primera vez el Día del Traba-jador. La masiva asistencia encendió los temores y los pedidos de re-presión por parte de la elite oligárquica, abroquelada en sus privilegios.

El 25 de mayo de 1901, 35 sociedades de trabajadores fundaron la Federación Obrera Argentina (FOA), integrada por anarquistas y socialistas. La escisión no tardaría en llegar: un año más tarde se dividieron en la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), anarquista y con más afiliados, y la Unión General de Trabajadores (UGT), socialista.

En 1894, un nuevo reclamo en la plaza Rodríguez Peña reunió a más de 10 mil personas. Pedían la reducción de la jornada laboral a ocho horas, y lo lograron. Mientras las huelgas se hacían cada vez más frecuentes e intensas, trabajadores de distintos sectores se organizaban en nuevos gremios: estibadores del puerto, constructores de carruajes, telefonistas, tipógrafos, operarios de las usinas de gas, mecánicos, relojeros, joyeros, albañiles, cigarreros, hojalateros, ferroviarios, sastres… todos hacían sentir su descontento ante la injusticia social.

Para 1915, la FORA contaba con la adhesión de 51 sindicatos y 20 mil afiliados. Cinco años más tarde, en 1920, las agrupaciones obreras adheridas eran 734 y los afiliados llegaban a 750 mil. Por entonces, los obreros ya organizados se concertaban en torno a tres tendencias: la socialista, que agrupaba a trabajadores criollos y extranjeros de ideas no extremistas; la anarquista, comandada por Pietro Gori, que convenció a sus camaradas de abandonar la actitud individualista y trabajar en conjunto dentro de una organización; y la católica, formada por el padre Federico Grote, que intentó reunir al proletariado bajo las consignas de la encíclica Rerum Novarum, organizando para ello los Círculos Católicos de Obreros. Los más combativos eran, sin duda, los anarquistas, quienes no aceptaban ninguna vinculación con la política institucional y se inclinaban por la acción directa y violenta.

Hacia el fin del régimen oligárquico, la desocupación crecía cada vez más creando un clima de descontento social permanente que se expresaba por medio de huelgas y manifestaciones. No obstante, los reclamos obreros fueron considerados como hechos insólitos por la oligarquía agropecuaria y la burguesía comercial porteña, sectores que se negaban a aceptar las consecuencias del violento proceso de explotación social y creciente desigualdad que ellos mismos habían auspiciado. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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