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19 de marzo de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XVIII)

Las cosas marchaban cada vez peor para el gobierno de Buenos Aires. Además del temor expresado ante la pronta incursión de los federales, en la que, a decir de todos, “no quedaría cabeza sin cortar”, los pobladores temían la invasión de las fuerzas portuguesas, alentada -según el parecer de fuentes oficiosas- por el propio gobierno.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

El mes de enero de 1820 estaba en su apogeo. En la totalidad de la campaña bonaerense, el tiempo prometía tormenta. El calor hería con su rayo, prendiendo fuegos y pajonales en las proximidades de Cañada de Cepeda. Era esta una depresión profunda bordeada de totorales y que recogía las aguas superficiales para llevarlas en suave declive hasta el torrente de Arroyo del Medio.

A ambos lados del curso de agua, y a pocas leguas de distancia entre sí, los diferentes cuerpos expedicionarios comenzaban el reconocimiento del terreno y la ponderación de las fuerzas rivales. Ya se conocía, desde el 8 de enero, la insurrección en Arequito del Ejército del Alto Perú y los designios expresados por su comandante, el recién ascendido general Juan Bautista Bustos, que reafirmaban, ante todo, el levantamiento de sus tropas, la ruptura con el poder central de Buenos Aires y el establecimiento de una paz definitiva.

Todo parece conspirar con las tropas federales: pocos días después del motín de Arequito se produce otro, en las tropas del Regimiento Número 1 de los Andes, acantonado en Mendoza, y lo que es más importante aún, los líderes de esta insurrección son los propios sargentos de la fuerza, en connivencia con los mandos subalternos.

Estos hechos, de enorme importancia a las pretensiones de Ramírez, López y Artigas, debilitan las de Rondeau, al desguarnecerlo de todo tipo de ayuda procedente del norte y el oeste del país y al imprimir en el espíritu de los caudillos federales y de sus hombres, la certeza de su invulnerabilidad ante el destino.

Ramírez y López comisionan entonces a Miguel de la Carrera y Verdugo para una propuesta de alianza con las fuerzas cordobesas, en los mismos campos de Bustos. Este, cuyo destino estaría relacionado en forma estrecha al de Ramírez, ofrece a los delegados el espíritu ladino y maquiavélico de que siempre hiciera muestras:

-General -comienza Bustos, que adopta una impenetrabilidad gélida-. Las tropas a mi mando no combatirán en Santa Fe. Las condiciones actuales en nuestra provincia no son las mejores. Debo pensar en mis hombres, con independencia de lo que me dicta el corazón. Sabe usted muy bien, y lo deben saber también el general Ramírez y el brigadier López, que mi razón aspira a la unión de nuestra nación sin distinción de credos ni colores, y de que esta bendita unión debe imponerse sin menoscabo del destino glorioso que aguarda a la provincia de Córdoba. Es por este conjunto de motivos, que nuestro lugar, en este momento, y hasta el avisoramiento de mejores tiempos, esté aquí, y no en el campo de batalla que las tropas federales seguramente habrán de gloriar.

De nada habían servido los encantos de Carrera ante la estolidez de Bustos. Algunos años más tarde, y refiriendo aquel encuentro, el entonces joven comandante de caballería José María Paz escribiría: “Ese arte de ganar a los hombres, ese poder de fascinación que se le atribuía, en grado eminente, no tuvo ni el más pequeño valor”.

Se había conseguido, no obstante, la neutralidad de Bustos. Eso era decisivo.

Las cosas marchaban cada vez peor para el gobierno de Buenos Aires. Además del temor expresado ante la pronta incursión de los federales, en la que, a decir de todos, “no quedaría cabeza sin cortar”, los pobladores temían la invasión de las fuerzas portuguesas, alentada -según el parecer de fuentes oficiosas- por el propio gobierno.

Este estado de guerra -en el que la sombra de la muerte alcanzaba todos los rincones sin dejar de teñir el ánimo de casi ningún habitante de Buenos Aires y su entorno- complicaba aún más las posibilidades de requisa, adhesión y lealtad para las fuerzas de Rondeau.

Los hombres comandados por Ramírez, López y Campbell -lugarteniente irlandés de Artigas- son casi 1.600, casi todos del cuerpo de caballería. Los de Rondeau, 2.000, divididos en cuerpos de infantería, artillería y caballería. De estos últimos se destacan los temidos Dragones de la Patria; de los de artillería, el Batallón de Aguerridos de Buenos Aires comandados por Mariano Benito Rolón, y cuya primera víctima notoria habría de ser el capitán Juan José Salvadores, hermano de aquel Pedro Salvadores que Jorge Luis Borges inmortalizaría más de un siglo después en su libro “Elogio de la sombra”.

Hay escaramuzas hasta la madrugada del 31. Sobre la línea del Arroyo del Medio se comienzan a disponer los hombres de Ramírez. Transcurre un día infernal en la espera interminable. Hacia la medianoche, Ramírez advierte el movimiento de los hombres enemigos. Decide actuar: en una arremetida de sus montoneros pone en fuga a parte de la caballada de los porteños. Rondeau dispone a sus hombres en un semicírculo cuyos extremos son los cuerpos de artillería y caballería. La infantería de línea, comandada por Juan Ramón Balcarce se ubica en el centro y, a sus espaldas, las carretas con las vituallas.

Ramírez -guiado por el genio de Carrera-, comienza por atacar los flancos y la retaguardia de las tropas de Rondeau el primero de febrero. Pocos minutos después de las ocho, bandea la enseña federal. Es la señal. Los alaridos y voces descompuestas -según la expresión utilizada por Rondeau en su parte- preceden a la montonera. La batalla no dura diez minutos. Los infantes y la caballería porteña huyen en dirección al sur, mientras Balcarce –“valiente, proclamista y activo”, al decir de Mitre- ordena la retirada de sus tropas hacia la localidad de San Nicolás. El mismo Ramírez, en una comunicación enviada a López Jordán, confunde los hechos y menciona la muerte del bravo general. Algunos meses después de la batalla ganada por las fuerzas federales, y en perfecto acuerdo con el espíritu sombrío que ganaba el ánimo de los porteños, un comerciante y proveedor del ejército de Belgrano, José Celedonio Balbín escribiría: “En el patio de la posta donde paré, me encontré de 18 a 22 cadáveres en esqueleto tirados al pie de un árbol, pues los muchos cerdos y millares de ratones que había en la casa se habían mantenido y se mantenían aún con los restos; al ver yo aquel espectáculo tan horroroso fui al cuarto del maestro de posta, al que encontré en cama enfermo de asma; le pedí mandase a sus peones que hicieran una zanja y enterrasen aquellos restos, y me contestó: 

-No haré tal cosa, me recreo en verlos, son porteños”. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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