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8 de abril de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXII)

Al cabo de una semana dieron con Mansilla. Ramírez estaba haciendo revista de las tropas en la Bajada de Paraná. La Delfina lo acompañaba. Desde el fondo de los cuerpos de infantería y al trote apareció el joven capitán porteño.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Durante el mes de marzo del año 1820, en el transcurso de una noche agobiante, y debajo del dosel que coronaba una gran cama de roble en la que dormía con el caudillo, la Delfina tuvo un sueño.

Soñó que estaba acostada en una dilatada llanura. Su mirada abarcaba el occidente y el oriente. A lo lejos se destacaban dos árboles en el patio de un viejo prostíbulo. A pocos pasos de ella se encontraban dos baguales de crines desmesuradas. Más atrás se destacaban, enormes, las tiendas de campaña de las tropas de Francisco Ramírez. Quiso reincorporarse para irse a la suya, una gran carpa de color naranja, pero no pudo. No alcanzaba a entender porque uno de los caballos, que era mucho más pequeño ahora, pisaba con sus cascos su pelo, impidiéndole ponerse de pie y partir. Se sorprendió de sus propios cabellos: eran largos y se habían oscurecido hasta un color moro.

Comenzó a gritar para espantar al bagual que la tenía prisionera. Miró la cara del animal. Era la del capitán Lucio Norberto Mansilla. Siguió gritando hasta que la mano de Ramírez le acarició la frente para despertarla.

El caudillo la miró a la oscuridad lunar de la habitación. La Delfina lloraba quedamente. No duró demasiado: Ramírez la hizo incorporar antes de traerle un vaso de agua y peinar sus cortos cabellos

-Era Mansilla -dijo la mujer-. Es el traidor. Cuídese de él, general. Creo que el otro bagual que me pisaba era López.

-Son solo sueños, María Delfina -contestó Ramírez en la penumbra del dormitorio-. Usted está cansada y la cena fue abundante, por eso la pesadilla. Deje pasar la noche, que queda poco. Los fantasmas desaparecerán con el día.

-No me equivoco en lo que digo. No me gusta su mirada. Tenga cuidado -la voz de la mujer era suplicante-. No me equivoco con mis sueños.

Al cabo de una semana dieron con Mansilla. Ramírez estaba haciendo revista de las tropas en la Bajada de Paraná. La Delfina lo acompañaba. Desde el fondo de los cuerpos de infantería y al trote apareció el joven capitán porteño.

-General, -Mansilla llevó la mano al quepis con un ademán pausado-. Las tropas están en un orden conveniente. Mis respetos a usted también, señora.

Ramírez bajó de su alazán tostado. Mansilla hizo lo mismo. La Delfina se alejó después de saludar a los dos hombres.

Faltaban pocos días para que ambos hombres lideraran a sus fuerzas en las acciones punitivas sobre las tropas de Artigas. Mansilla abrazó a Ramírez. Este, incómodo ante tamañas muestras de prodigalidad delante de sus subordinados, le dijo:

-He mandado una nueva comunicación al general Artigas. Es la última. Si vuestra excelencia no hace caso a mis palabras, tendré que embarcarme en una misión contra él. Mi paciencia tiene un límite, y ese hombre lo ha franqueado. Hagamos votos para que desista en sus absurdas resoluciones.

-Artigas no dará marcha atrás -contestó Mansilla mientras buscaba la sombra de un pequeño chivato-. Su vanidad no lo permitirá. El tono infamante de las cartas que se ha atrevido enviar a usted es una muestra de sus desatinos. Lo pagará caro: exhibiremos su cabeza en una pica de la casa matriz. Solamente de esta manera sabrán los necios, y aquellos que no lo son tanto, el destino que aguarda a los renegados.

Las comunicaciones que Artigas había enviado a Ramírez eran una muestra cabal de las intenciones del caudillo oriental. En una de aquellas había expresado: “Vuestra señoría debe ver que con su conducta audaz e imprudente provoca mi justicia y la autoridad que ejerzo como jefe supremo y protector; pues por mis antecedentes y la amplísimo confianza que los pueblos han depositado en mí, no puedo excusarme de pedirle cuentas, y de prevenirle que si no retrocede en el camino criminal que ha tomado, me veré obligado a usar de la fuerza; pues yo también tengo que arrepentirme de haberle elegido a vuestra señoría, y de haberlo propuesto al amor de los pueblos libres, para que hoy tenga los medios de traicionarnos”.

-Dejemos el tiempo transcurrir, capitán -Ramírez tomo por el hombro a Mansilla-. Artigas está perdido. Picota, cárcel o el exilio son su futuro. Prepare a los hombres de sus tropas. Nos esperan días duros. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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