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22 de abril de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXIV)

Tengo que confesarle que cargar con el peso del destino de Artigas no es agradable. Le debo muchas cosas, pero no puedo dejar pasar por alto su ingratitud y su enorme sed de dominio. Me acusa por la convención del Pilar

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

A principios de junio del mismo año, y pocos días antes de la victoria sobre Artigas en las proximidades de las Tunas, Ramírez volvió a recibir a Mansilla. Era una siesta ventosa en suelo entrerriano y Ramírez estaba recostado en una otomana. Mansilla acercó una pequeña silla a pocos centímetros de las piernas del caudillo. La dorada cabellera del entrerriano descansaba en una pequeña almohada celeste. Ramírez ordenó la salida de los dos lanceros que lo custodiaban. Sobre la mesa más próxima descansaba una botella de vino sanjuanino. Dijo a Mansilla:

-Acérquese la botella, capitán. Del bargueño saque dos vasos. Empinemos el vinito.

Cuando Mansilla, sonriendo, volvió a su silla, Ramírez ya estaba levantado. Nunca recibía a sus oficiales sino estando de pie, porque pensaba que solamente de esa manera podía materializar un doble acto que honraba su propia importancia y dignificaba la de su interlocutor. Tomando el primer trago, dijo:

-Tengo que confesarle que cargar con el peso del destino de Artigas no es agradable. Le debo muchas cosas, pero no puedo dejar pasar por alto su ingratitud y su enorme sed de dominio. Me acusa por la convención del Pilar. Debería saber mejor que ninguno, que el único camino posible para salvar nuestro cuero y el de él mismo, es el pacto con los porteños. A los porteños no les interesan los portugueses. Eso les interesa a los orientales y a los mismos portugueses. Me acusa de haber abandonado las ideas de los pueblos libres. Los pueblos pueden ser libres si las pretensiones encuentran el cauce adecuado. Una guerra con los portugueses significaría nuestro fin, como ya significó el del mismo Artigas. El pequeño cauce de nuestras pretensiones llegaría al enorme océano de las desgracias si por un momento cediera yo a sus absurdas intenciones. Veo que lo aburro, capitán -Ramírez palmeo el hombro de Mansilla-. Eso ya es de viejo, y me preocupa, pero usted es un buen cañadón que me devuelve el eco. Disculpe mis insistencias.

Mansilla, incómodo y agradecido por las prodigalidades verbales de Ramírez, contestó:

-Estoy a sus órdenes, general, y le agradezco fervientemente la confianza. El tiempo no es problema entre los dos. Se escurre en forma grata con sus palabras.

-Le decía -continuó Ramírez-, que tengo un gran peso sobre mis espaldas con el destino de Artigas. No quisiera que fuese muerto en guerra, y mucho menos tener que fusilarlo. Espero que esté en real cordura para pedir exilio a Rodríguez de Francia. Y deseo fervientemente que el tiempo lo ayude a comprender las verdaderas necesidades de la hora, tan lejanas a esta guerra fratricida en la que por su real impericia nos vemos involucrados.

El resto de la conversación fue distendido. Hablaron de caballos y de tropas. Sobre el final de la tarde, Ramírez pulsó la guitarra. Un moreno de apellido Olivera les pasaba los vasos. Seis hombres más completaban la escena. Sobre el monte declinaba la tarde. En un árbol perdido cantó el benteveo. Ninguno de los presentes habría de escucharlo. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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Cultura, Juan Basterra, La cabeza de Ramírez

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