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4 de junio de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXX)

El chasque que informaba la inacción del capitán porteño frente a las tropas atrincheradas en la ciudad de Santa Fe y el posterior reembarco de los hombres a su mando, le pareció a Ramírez un mensaje enviado desde el mismo infierno por un Satanás exultante y ladino.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Era una tarde ventosa en suelo santafesino. Ramírez reunió a sus oficiales. Les dijo: 

—Quedamos en mano de Dios. Mansilla ha desembarcado en Santa Fe pero no ha tomado la ciudad. Tendremos que tener fortuna para sortear la acción de la escuadra enemiga. Sin el auxilio de nuestros navíos, estamos perdidos. Necesito una hora para tomar una decisión. Los volveré a llamar entonces.

Entre los oficiales se encontraba la Delfina. Acompañó a Ramírez a la sombra de unos arbustos. El caudillo lió un cigarrillo y acarició la mejilla de su querida. Fijos los ojos azules en la distancia, como acostumbraba hacerlo en los momentos decisivos, le dijo: 

—Creo haber llegado al final. No me rendiré, y aunque lo hiciera, me trozarían como a chancho en vísperas de fiesta. No quiero que usted corra mi suerte o una peor. Ordenaré que la embarquen esta misma noche. Es una orden.

—Que me dice, amor –contestó la Delfina con tono decidido-. No hay otro lugar en el mundo que junto a usted. Mire la hiedra parásita en aquel árbol –la Delfina beso a Ramírez en los labios-. Esos somos nosotros. Sin el árbol, la hiedra muere.

La Delfina no embarcaría nunca. Esa misma noche se amarían por última vez. Todavía quedaban algunos días para el final del caudillo, pero Ramírez decidió preservar la suerte de su querida confiándola a la custodia de uno de sus oficiales más silenciosos, Anacleto Medina.

Antes de abandonar Santa Fe para adentrarse en suelo cordobés habría de ordenar: 

—Cuide a esa mujer como si fuera su hija. No permita que nadie la deshonre. Si yo fuese muerto, regrésela a nuestra tierra. Es mi última voluntad. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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