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10 de junio de 2021 | Historia

1930

La situación de los trabajadores durante la “Década Infame”

La denominada “Década Infame” de 1930 en la Argentina transcurrió en el contexto de la denominada “Gran Depresión” que siguió a la crisis de 1929, y que afectó a todo el planeta, a excepción de la Unión Soviética, que se mantenía aislada del mercado internacional.

La crisis de los países centrales impuso una drástica caída de los precios de los productos primarios. Los pequeños productores entraron en colapso, ya que no pudieron afrontar el pago de los préstamos que habían tomado para realizar la siembra. Hubo campos arruinados, apropiación por parte de los bancos y un éxodo masivo de población hacia las grandes ciudades, una de las características sobresalientes de los cambios sociales de esos años.

En las ciudades de la Argentina aparecieron nuevas industrias como respuesta práctica a la falta de divisas para comprar los productos importados, que escaseaban o no se fabricaban en sus países de origen. Los grandes terratenientes de la Sociedad Rural y la Bolsa de Valores decidieron, muy a su pesar, invertir en la industria. Esa industria sustitutiva de importaciones necesitaba mano de obra, que fue provista por miles de trabajadores rurales condenados a la migración interna. La elite solo atinó a horrorizarse por el aspecto y la cultura de los recién llegados. Para la oligarquía y las clases medias urbanas, se trataba de un “aluvión zoológico”.

Las primeras villas miseria comenzaron a surgir en los suburbios de Buenos Aires. “Villa Desocupación” en Puerto Nuevo, el “Barrio de las Latas” o “Villa Tachito”. A ellas se incorporaron también miles de empleados del Estado, dejados cesantes por las políticas del presidente Uriburu. El número de desocupados de 1932, según las cifras oficiales, era de 393.997; otras estimaciones multiplican por más de siete ese indicador. La crisis trajo consigo un crecimiento exponencial de la delincuencia y la violencia.

Los asentamientos informales se prolongarían en el conurbano bonaerense. Sus características eran comunes: marginalidad, hacinamiento y pésimas condiciones sanitarias, pero también lo eran sus esperanzas de una vida mejor.

La desocupación llevó a una rebaja muy fuerte en los salarios, producto de la gran oferta de mano de obra, y a una baja en la calidad de las condiciones de trabajo. Las pocas leyes laborales existentes no se cumplían, creció la incorporación de niños y mujeres al mercado laboral en condiciones infrahumanas, los sindicatos seguían siendo perseguidos por la policía mientras el Departamento Nacional del Trabajo, creado a instancias de Joaquín Víctor González en tiempos de Roca, abogaba siempre a favor de la patronal.

Las denuncias sobre la crítica situación de los trabajadores que había formulado el sanitarista catalán Juan Bialet Massé en 1904, en su informe El estado de las clases obreras argentinas, fueron retomadas, treinta años después, por Alfredo Palacios. Efectivamente, la desigualdad y la injusticia se habían multiplicado, y esto era reconocido incluso por los propios conservadores.

El mayor nivel de desocupación se registró en 1932. El censo nacional consignó la existencia de más de 300 mil desempleados, de los cuales el 44 por ciento pertenecía al sector rural no especializado. La reducción de salarios y los despidos afectaron tanto al sector público como al privado. Entre 1929 y 1932, el salario nominal disminuyó un 19 por ciento, indicador que alcanzó al 23 por ciento para 1934. Los salarios básicos no alcanzaban a cubrir las necesidades básicas de una familia tipo. Para 1941, los ingresos de un obrero estaban un 20 por ciento abajo del salario mínimo. Para 1937, el 57 por ciento de los ingresos familiares se destinaban a alimentación, y el 20 por ciento, a vivienda. Según la Dirección Nacional del Trabajo, para 1937 el 70 por ciento de las familias obreras vivía en una sola habitación, y el 30 por ciento disponía de dos ambientes.

La miseria se había agravado sobre todo en las ciudades que recibían ese gran caudal de expulsados del campo y sin estar preparadas en cuanto a infraestructura y sanidad. Fue por este motivo que crecieron también los índices de suicidios, mortalidad infantil y enfermedades sociales, amén del aumento de la delincuencia y la inseguridad.

Eran tiempos de grandes negociados, como los de la SOFINA y la CHADE, sumados a la más impúdica dependencia con Gran Bretaña. La inseguridad tomaba las calles, mientras los trabajadores perdían las esperanzas de poder llevar un plato de comida a sus casas.

La situación social en la Argentina era explosiva, a la que la represión oficial a duras penas conseguía contener. Las condiciones estaban dadas para un cambio drástico en nuestro país, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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José Félix Uriburu, Década infame

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