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18 de junio de 2021 | Literatura

El supremo enterriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXXII)

Algunos lo llamaban “el toro”. Hasta el último día de su vida, en el que habría de ser supliciado antes de ser muerto y descuartizado, Anacleto Medina escucharía con orgullo inconfesado el apelativo.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Analfabeto, solía decir a Gerónimo Machado, su secretario y compañero hasta la muerte:

 

—Me dicen toro. Eso es cosa del coronel Arredondo que siempre fue bondadoso conmigo.

 

Pasaba el mate con agua hervida a Machado y continuaba:

 

—Que voy a ser Toro, si mi cuerpo es más pequeño que el de las vizcachas. En “las víboras” me decían cachorro , fíjese bien. En de seguro que no erraban.

 

Machado sonreía: las defensas de Medina lo enternecían y miraba al viejo y desgastado coronel de Dragones con el aire complaciente y afectuoso que se adopta con un hermano. Su respuesta no tardaba en llegar, a tal punto era siempre la misma y casi sin matices:

 

—Lo sabemos, coronel, lo sabemos. Siempre nos cuenta la misma historia.

 

Medina largaba la carcajada y golpeaba con su callosa y enorme mano el muslo de Machado. El mate seguía circulando entre los dos mientras las sombras iban ganando la tarde del campo santiagueño por orden de la altura: primero los pastos y el suelo revuelto por los cascos; después, los pequeños espinillos, como ese viejo vinal que el Coronel amaba tanto y, por último, los grandes quebrachos -inmensos, elevaciones pétreas- que culminaban el dosel del monte.

 

—Cuente coronel, cuente la última batalla de Ramírez- Machado sabía muy bien que Medina era una especie de niño en el placer de la repetición, y se preparaba a escuchar el viejo relato que el coronel repetía hasta el hartazgo en las soledades de los últimos años, años que habrían de ser tan desgraciados por esa ceguera del diablo que le cegaba los caminos y hasta el estado de su rostro.

 

—Ya le dije a usted –comenzaba Medina, fijando en la última luz el blanco grisáceo de sus ojos exánimes-, había un paraje llamado San Francisco. Hicimos noche en ese lugar. A la mañana temprano se nos vino una división fuerte pero la cargamos y la echamos para el palmar. Yo tenía menos de sesenta hombres. El general estaba lejos. Se nos vinieron tres escuadrones. Salieron del palmar dos divisiones que persiguieron al general. No lo volví a ver. Yo me retiré con mis hombres a un algarrobal donde perdimos a la partida que nos seguía. Al rato nomás, un soldado de su escolta viene y me dice:

 

—A nuestro general lo han muerto. Póngase a la cabeza de la fuerza.

 

—No quedaban ni sesenta de los míos –volvía a repetir Medina-. Los del piquete que acompañaba al general contaron que en la carga que les hizo a los que lo perseguían, fue herido en una descarga.

 

Medina calló. El enorme hecho que había arrebatado a su jefe lo atravesaba como una lanza pampa que lo seguía hiriendo a pesar de los años transcurridos. Como siempre que contaba la historia, dirigía los ojos hacia poniente, y esperaba que la noche absoluta que comenzaba a cercarlo –una noche que para él había comenzado hacía más de cincuenta años, con la muerte de su general-, llegara de una vez por todas y para siempre. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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