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16 de julio de 2021 | Historia

Albores de la independencia

La etapa de Manuel Belgrano como funcionario colonial

Para acceder a la Corona Española tras la desaparición de la dinastía Habsburgo, a principios del siglo XVIII, el nuevo Rey Borbón, el francés Felipe V, debió hacer grandes concesiones a sus adversarios, entre las cuales se contó el otorgamiento a Gran Bretaña del comercio de esclavos en las colonias de España en América.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Sus barcos sirvieron, además, para la práctica fluida y escasamente disimulada del contrabando, también protegido por esos mismos acuerdos. Los Tratados de Utrecht, además, le permitieron a Inglaterra pasar a controlar el estrecho de Gibraltar y, con ello, la conexión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. De ahí en más siguió avanzando en la captura de los pasos interoceánicos como hizo con Ciudad del Cabo a partir de 1795 y más tarde con las islas Malvinas en 1833.

El 6 de diciembre de 1793, fue designado Manuel Belgrano al frente del Consulado de Comercio. El Consulado de Buenos Aires era una importante institución creada por la monarquía borbona de España. Curiosamente, el 17 de octubre de 1793, Belgrano le solicitó al monarca Carlos IV un empleo como asesor de ese organismo y le envió su currículum. El Rey, en lugar de darle el puesto que pedía Belgrano, lo puso directamente al frente del importante organismo. El Consulado de Comercio comenzó a funcionar en noviembre de 1794 y tuvo una gran actividad hasta las Invasiones Inglesas (1806-1807), con alguna merma hacia 1800 debido a los problemas que se generaron en el comercio con España, en el marco de los enfrentamientos navales a que daban lugar las guerras napoleónicas.

Belgrano sostenía que la soberanía popular estaba por encima de la real, y de esa manera defendió los derechos de los ciudadanos. También planteó la necesidad de erradicar la pobreza y escribió un valioso ensayo a favor de la independencia americana titulado “Carta sobre lo que debe hacer un príncipe que tenga colonias a gran distancia”. Belgrano tenía una sólida formación, que lo convirtió en el primer gran economista argentino. Entre sus colaboradores en el Consulado se encontraron varios de los que luego serían protagonistas de la Primera Junta de 1810, como su primo Juan José Castelli y los catalanes Juan Larrea y Domingo Matheu.

El fin del monopolio comercial español, que se concretó en forma progresiva, abrió nuevas perspectivas en la región. Esa nueva política se inició en 1728 con la creación de la empresa vasca Compañía Guipuzcoana de Caracas, autorizada para operar en ciertas zonas; continuó en 1765 con el Decreto de Libre Comercio, que quitó todo límite para las operaciones con Canarias, Colombia y México; y, finalmente, el Reglamento de Libre Comercio de 1778.

Todas estas medidas permitieron equilibrar el tradicional saldo deficitario de las transacciones mercantiles de España por cuanto hasta 1790 los impuestos americanos representaban bastante más del 50 por ciento de los ingresos de la Hacienda Real. Hacia 1796, la situación se complicó con la guerra y el Consulado debió salir al paso de la crisis con diferentes medidas. Precisamente el peso de los tributos hizo que los comerciantes criollos reclamaran políticas proteccionistas, por un lado, e impulsaran el contrabando, por el otro. Entre 1796 y 1799 el Consulado centró sus preocupaciones, sin mayores recursos, en la cuestión de las guerras navales en el Atlántico, lo que generó un fuerte estrangulamiento comercial.

Siguiendo las ideas fisiocráticas, Belgrano propuso –sin éxito– el cultivo de cáñamo y lino, y hasta en 1796 intentó crear un silo para atesorar trigo y regular su precio. En 1798 estableció subsidios para impulsar nuevas producciones, crear aguadas y otras alternativas para el crecimiento, pero tampoco tuvo éxito. Finalmente, en 1809, apeló a una apertura total del comercio en circunstancias en las que las tropas napoleónicas ocupaban casi toda España.

Entre muchas otras propuestas de diversa índole se destaca el proyecto de una Escuela de Náutica, a fin de crear una flota propia que diera mayor impulso y autonomía al comercio.

Mucho antes del 25 de mayo de 1810, Belgrano había pasado de ser un observante funcionario de los intereses de la Corona a ser un revolucionario transformador de la sociedad, gestando alternativas superadoras que generalmente no fueron aceptadas por sus contemporáneos. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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