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30 de julio de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXXVIII)

A mediados de junio de 1871, las tropas de los “blancos” comandadas por Timoteo Aparicio, hicieron noche en una estancia cercana a las cuchillas de Manantiales, a pocas leguas de Colonia del Sacramento. El lugarteniente de Timoteo Aparicio era el brigadier general Anacleto Medina.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Medina estaba acompañado por su fiel secretario, Gerónimo Machado, y por un ayudante, Juan Carlos Viana. Habían pasado 50 años desde la muerte de Francisco Ramírez. El viejo subordinado del caudillo entrerriano tenía dificultades para la marcha y estaba prácticamente ciego. A sus hombres decía:

—Tatita Dios sabe hacer las cosas. Es por eso que siempre estoy montado. Mi caballo me ayuda en la marcha y en la vista. Mi santo, el general Ramírez, me protege con su aura.

Los hombres festejaban la entereza del anciano de 83 años. Timoteo Aparicio sonreía y decía para sus adentros: “No hay ninguno como él en todo el Uruguay. La patria debería rendirle honores”.

La noche anterior al desastroso encuentro de Manantiales, Medina y Aparicio hablaron por última vez. El mate circulaba en la pequeña rueda que completaban el sargento Taboada y el secretario Machado. Medina llevaba calado el chambergo que lo protegía del frío despiadado de ese invierno del 71. Aparicio, de gran y noble barba blanca, pensaba en sus tierras de Maldonado y en un petiso tobiano que su padre le había regalado hacía ya 37 años.

De las tierras y el tobiano no quedaba nada. Las primeras habían sido malvendidas para solventar una revolución desgraciada; el segundo había sido sacrificado a su vejez. De esas vagas idealidades lo apartaba de a ratos la voz marcial de Medina, sobre todo cuando dijo:

—Mandé recado a mis hijos, despidiéndome. Machado dice que no embrome con eso, pero nunca se sabe.

—Lo mismo digo yo -contestó Aparicio-. Cada noche, por ejemplo, esta, puede ser la última, pero nunca alarmo a mi gente. No es de buen augurio. Usted debería cambiar sus costumbres.

—Eso es difícil a mis años- Medina sonreía-. Sobre todo cuando somos duros de entendederas.

Aparicio, que había pasado muchos años exiliado en Entre Ríos, comprendía como nadie el espíritu monolítico de Medina. Era más joven y versátil que el viejo lugarteniente de Ramírez, pero admiraba en su subordinado rasgos de carácter que ninguno de sus hombres poseía.

Imaginaba con tristeza el día en que tendría que despedir para siempre la fidelidad de aquel hombre. No podía saber -como no conoce ninguno de nosotros el momento de nuestra propia muerte-, que ese momento tenía una ubicación próxima, casi tan cercana como el tiempo que los separaba del atardecer anterior. Unas horas después, las tropas de los colorados comandadas por el general Enrique Castro destrozaron la resistencia de los hombres de Aparicio. Las piezas de artillería de los rebeldes fueron completamente destrozadas y muchos de los hombres de los diezmados cuerpos de infantería, lanceados o pasados a cuchillo.

Medina no habría de sobrevivir a la acción despiadada de los colorados. Lanceado en su cabalgadura, fue muerto y desollado en el suelo. Partes de sus restos viajarían a Montevideo para “real instrucción de su familia”.

Durante días, el cuerpo semienterrado del viejo militar -emergidos de la tierra cabeza, tronco y miembros mutilados- desafiaría el insolente viento frío que bajaba de las cuchillas. (www.REALPOLITIK.com.ar) 

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