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7 de agosto de 2021 | Literatura

El supremo entrerriano

La cabeza de Ramírez (capítulo XXXIX)

Pocos de los que conocieron a Ramírez sobrevivieron al año 1880.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

Bustos murió en 1830; López, en 1838, al igual que el cura Monterroso. Ricardo López Jordán moriría en Paysandú entre los cuidados de su familia y su servidumbre. Dos días antes del final, mencionó a su hermano en el delirio de las fiebres. “Traeme la taba, Francisco”, dijo, mientras miraba la luz de la tarde en el reflejo de los vidrios biselados de su vieja biblioteca-. Artigas había sido enterrado en Asunción una tarde plomiza de 1850. La tarde anterior había gritado: “¡Mi caballo! ¡Tráiganme mi caballo!”.

Mansilla había llegado al año 1871. Murió en Buenos Aires entre los vómitos negros de la fiebre amarilla.

De la muerte de Ramírez habían pasado casi sesenta años y hasta los mismos rasgos del caudillo comenzaban a olvidarse en medio de las mudanzas humanas y la muerte de los que lo conocieron. Ningún hijo lo perpetuaría, y los fragmentos de su vida -al igual que las nubes del cielo después de las tormentas- comenzaban a presentar hiatos cada vez más espaciados y vacíos de todo impulso vital.

Pocos de los hombres que sirvieron bajo sus órdenes habían podido franquear la última decena. Así, aquel sargento de Dragones, Nicasio Maldonado, que poco antes de morir había entregado su lanza guerrera a su hijo, diciendo:

- Que tu hijo menor la reciba en tu vejez. Que nadie olvide que perteneció a uno de los bravos de Ramírez.

Algunas de las prendas del entrerriano sobrevivirían en los roperos de sus hermanos ancianos: una de las casacas, dos pares de botas, un chiripá de bayeta negra, tres ponchos de alpaca que habían pertenecido a José Miguel de la Carrera y Verdugo; un bastón, dos mazos de naipes. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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