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12 de agosto de 2021 | Historia

“Si somos libres, todo nos sobra”

San Martín, el Ejército de los Andes y la Independencia americana

Una vez obtenida la victoria de San Lorenzo –el 3 de febrero de 1813–, José de San Martín fue ascendido a general y designado en la conducción del Ejército del Norte, en reemplazo de Manuel Belgrano, en 1814.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Allí pudo comprobar la inviabilidad de la vía terrestre para avanzar sobre el Perú y confió en Martín Miguel de Güemes para evitar una escalada, mientras él mismo comenzaba a desplegar su estrategia para utilizar una ruta alternativa, cruzando los Andes hacia Chile y embarcándose desde allí para sorprender al adversario por la retaguardia.

Ese mismo año, fue designado gobernador intendente de Cuyo, desde donde organizó la monumental gesta del Cruce de los Andes. Al mando de la intendencia, impulsó una serie de medidas muy similares a las que, años después, aplicaría Rosas en Buenos Aires. San Martín inyectó un dinamismo inédito a la economía, combinando intervencionismo estatal, disciplina fiscal, proteccionismo y disciplinamiento de la mano de obra y de las elites regionales.

Él comprendió que las causas de la anarquía argentina eran la guerra y la indisciplina de las clases propietarias, por lo que restringió la actividad política, estimuló la producción a través de medidas proteccionistas y garantizó el orden social. El consenso de su gestión se evidenció cuando la sociedad mendocina se negó a aceptar la decisión del director supremo, Carlos María de Alvear, de reemplazarlo, ante las críticas que San Martín formuló a su gestión.

La designación de Juan Martín de Pueyrredón –miembro de la Logia Lautaro– como director supremo en reemplazo de Alvear favoreció la concreción del Plan Continental, a través de generosos envíos de armas y efectivos. La economía cuyana fue puesta al servicio de ese objetivo: se expropiaron los bienes de los españoles y se impusieron contribuciones obligatorias a hacendados y comerciantes.

La épica estrategia desplegada por San Martín le permitió movilizar a miles de hombres, animales de carga, de guerra y de consumo, y una inédita provisión de armamentos y municiones para una empresa que no registraba antecedentes en América.

Vencidas las dificultades y desafíos que supuso el cruce, nuestro Libertador consiguió liberar a Chile (batalla de Maipú, 5 de abril de 1818) y al Perú (28 de julio de 1821), donde fue designado protector, con autoridad civil y militar.

Como lamentablemente es bastante habitual en nuestro país, los principales enemigos de San Martín no fueron las tropas de los godos ni la administración imperial española, sino los unitarios porteños y las clases acomodadas del noroeste argentino, de Chile y del Perú. Perseguido por la administración de Bernardino Rivadavia –quien no sólo le negó todo recurso, sino que también lo declaró “traidor a la Patria”-, el general debió esquivar varios intentos de asesinato promovidos por los unitarios porteños.

Desprovisto de recursos y con las clases propietarias y dirigentes de los países que había liberado en su contra, en la entrevista de Guayaquil (26 y 27 de julio de 1822) debió ceder a Bolívar la conducción del tramo final de la independencia de América.

El proyecto de una América soberana, libre y potente en términos económicos y sociales resultaba inadmisible para quienes sólo imaginaban medrar condenando a nuestro continente a un futuro agrario y semicolonial.

Desde el exilio, San Martín siempre se ocupó atentamente de lo que sucedía en nuestra Patria, y prestó generosa colaboración para defender nuestra soberanía durante el bloqueo francés de las década de 1830 y de la Guerra del Paraná, en la que la Confederación Rosista consiguió derrotar a las dos principales potencias del planeta.

San Martín y Juan Manuel de Rosas no sólo colaboraron activamente, sino que profesaban una explícita admiración mutua, que se tradujo en acciones concretas en beneficio de los intereses nacionales.

Sin embargo, tras la caída del restaurador, nuevamente unitarios y liberales trataron nuevamente de desacreditarlo. Incluso Bartolomé Mitre, que recuperó su figura en su monumental obra histórica, lo hizo a condición de convertirlo en “el Tonto de la Espada”, un general vitorioso pero cuyas ideas y acción política se pretendía invisibilizar, en razón de su enfrentamiento con Rivadavia y los unitarios.

Nuevamente a principios del siglo XX, con el florecimiento de los nacionalismos que condujeron a la Primera Guerra Mundial, San Martín fue recuperado por Ricardo Rojas y otros autores desde otra perspectiva: la del Santo de la Espada.

Sin embargo, su reivindicación definitiva no tendría lugar sino hasta el primer gobierno de Juan Domingo Perón, con la declaración de 1950 como “Año del Libertador”, al cumplirse el centenario de su fallecimiento.

A partir de entonces la instalación de San Martín a la cabeza del Panteón Nacional resulta prácticamente incuestionable, a excepción de un segmento de intelectuales –que, nada casualmente, propician la soberanía inglesa en las Islas Malvinas-, que intentan destruir su imagen con argumentos absurdos.

“General” en la Argentina, “capitán general” en Chile, “fundador de la República”, “generalísimo de las Armas” y “fundador de la Libertad del Perú”, conmemoramos un nuevo aniversario de su fallecimiento.

Sin lugar a dudas, el más grande Patriota Americano. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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