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29 de octubre de 2021 | Historia

(1852-1859)

La Confederación Argentina y sus avatares

Tras la secesión porteña del 11 de septiembre de 1852, la Confederación Argentina debió emprender en solitario el proyecto de construcción institucional.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Lo cierto es que contaba con escasos recursos, falta de presupuesto, un estado defectuoso de caminos y carreteras que impedían la conexión entre las economías, y debía resistir, además, el ataque de los temidos malones. Los acuerdos de Derechos Diferenciales, concertados entre Buenos Aires y la Confederación, posibilitaron que la mayor parte del comercio del interior siguiera desarrollándose en la órbita del puerto porteño. Era de por sí un reconocimiento de la incapacidad de Urquiza para someter a la provincia rebelde, así como de la imposibilidad de articular un sistema económico autónomo por parte de la Confederación.

La Confederación parecía ser un proyecto económicamente inviable. Los antagonismos y marcados desequilibrios regionales potenciaban la conflictividad interna. Aun cuando Urquiza demostró habilidad para firmar tratados comerciales con potencias europeas y con los Estados Unidos, los impuestos que debían pagar los productos al pasar por la Aduana eran muy altos y afectaban la rentabilidad de los negocios.

La libre navegación de los ríos interiores perjudicó a los comerciantes locales, en beneficio del comercio internacional, y solo en las provincias del Litoral –Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe– se constató un auspicioso crecimiento económico, gracias al incremento de las exportaciones de ganado y al establecimiento de inmigrantes, que propició el desarrollo de la actividad agrícola. Asimismo se inició la exploración de los ríos Bermejo y Salado, a fin de estimular las comunicaciones y el comercio interior.

Si bien Urquiza se esforzaba por fomentar la estabilidad y el bienestar económico de la Confederación, de manera indirecta también beneficiaba al sector comercial porteño, que acaparaba el comercio internacional de exportación e importación. La situación se volvió aún más tensa cuando el unitario Valentín Alsina, designado gobernador en 1857, rompió la alianza que mantenía hasta entonces con los federales porteños e impidió el paso por Buenos Aires de los productos de la Confederación.

Simultáneamente aumentó los efectivos militares, ejerció espionaje contra los opositores e impuso una restrictiva ley de prensa redactada por el senador provincial Domingo Faustino Sarmiento, catalogada en su momento como “ley mordaza”. Una vez más, el liberalismo argentino desnudaba su matriz autoritaria y dejaba ver la contradicción entre el discurso de la libertad y sus prácticas coactivas.

La situación política nacional se deterioró cada vez más. La recesión imperaba en la Confederación, a punto tal que no pudo organizarse el Poder Judicial por falta de recursos. La guerra entre Santiago del Estero y Tucumán, o bien las rebeliones en Santa Fe y San Juan, debilitaron su débil andamiaje institucional. 

En esas condiciones se llegaba al decisivo 1859, año de recambio presidencial. Pese a las sospechas, Urquiza no intentó hacer caer la cláusula que impedía la reelección y se contentó con tratar de reintegrar por la fuerza a Buenos Aires dentro de la organización nacional.

La Segunda Batalla de Cepeda (23/10/1859), pese a la victoria obtenida, terminó de demostrar que el proyecto de la Confederación estaba agotado. Sólo había que esperar la decantación del proceso para que Buenos Aires recuperara la hegemonía, para no volver a perderla. (www.REALPOLITIK.com.ar) 


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