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11 de noviembre de 2021 | Historia

Guerras internas

El fin de la experiencia de la Confederación Argentina (1860-1861)

Una vez producida la Reforma Constitucional de 1860, la dirigencia porteña se abocó a organizar una unidad nacional a su medida dentro del nuevo marco institucional.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

La derrota de Cepeda había sido convertida en victoria por los representantes bonaerenses en la mesa de negociación. Bartolomé Mitre, nuevo gobernador desde mayo de 1860, recurrió a la presión y los recursos financieros para sembrar la discordia entre el presidente Santiago Derqui y Justo José de Urquiza, quien había reasumido la gobernación de Entre Ríos.

Antes incluso de haberse producido la reforma, Mitre, aprovechando la debilidad del presidente, obtuvo su aprobación para la apertura de sucursales del Banco de la Provincia de Buenos Aires en el interior y también para el uso de la moneda porteña en la Aduana rosarina. La prensa de Buenos Aires comenzó a operar, acusando a Urquiza de conspirar contra el gobierno nacional. El ex presidente, mientras tanto, buscaba competir con Derqui por el favor de Mitre, quien comenzaba a convertirse en una figura rectora a nivel nacional.

La unidad se complicaba cada vez más, ante la certeza de la dirigencia porteña de que la Confederación no podría resistir por mucho tiempo el asedio porteño. El 16 de noviembre de 1860, Sarmiento, por entonces ministro de Gobierno, organizó el asesinato del gobernador de San Juan, Antonio Virasoro, para reemplazarlo por el liberal Antonio Aberastain. El general Juan Saá, designado interventor por el presidente Derqui, invadió la provincia cuyana y derrotó a Aberastain, quien, antes de ser ajusticiado, incriminó gravemente a Domingo Faustino Sarmiento.

Casi simultáneamente, y en cumplimiento del Pacto de San José de Flores, Buenos Aires designó a sus diputados nacionales, utilizando en la elección la ley provincial en lugar de la nacional. Este nuevo desplante a los poderes nacionales motivó su rechazo por parte del Congreso Nacional. Inmediatamente el gobernador Mitre repudió el pacto, desconoció al presidente y al Congreso Nacional y se negó a entregar la Aduana.

La guerra era inminente. El 17 de septiembre de 1861, se enfrentaron en las proximidades del arroyo de Pavón el Ejército nacional, conducido por Urquiza, y el provincial, por Bartolomé Mitre. El inicio de la batalla permitía augurar una nueva derrota porteña, por lo que Mitre decidió repetir su conducta de Cepeda, abandonando el campo para regresar y organizar la defensa de Buenos Aires. Sin embargo, Urquiza también emprendió la retirada.

Los hombres de Buenos Aires se enteraron días después de que la batalla no había tenido definición. Urquiza parecía haber comprendido que sólo sería posible la organización nacional bajo la conducción porteña y se limitó a hacer una demostración de fuerzas para negociar más adelante un arreglo que le satisficiese.

En efecto, mediante un intercambio de correspondencia y el envío de mediadores se cerró un trato por el cual se proclamaba la victoria porteña en la batalla de Pavón y Urquiza dejaba manos libres a Mitre para “organizar la Nación”, a cambio de no verse afectado en sus bienes ni en su integridad personal. Además, se garantizaba la autonomía de Entre Ríos y se le permitía mantener su ejército de 40 mil hombres. De este modo, el vencedor de Caseros se desentendía de sus aliados a nivel nacional, a los que dejaba indefensos frente a eventuales represiones impulsadas por las autoridades porteñas. Poco antes le había tocado a Rosas, ahora era el Partido Federal quien sufría las consecuencias de la deslealtad.

En cumplimiento del plan acordado, el presidente Derqui renunció. El vicepresidente, Juan Esteban Pedernera, declaró acéfalo el Poder Ejecutivo Nacional y la caducidad de los poderes federales. Mitre, como gobernador de Buenos Aires, y por pedido de las demás provincias argentinas, quedó a cargo de las relaciones exteriores y del Ejecutivo Nacional hasta que la normalización institucional del país llegase.

Menos de una década le había costado a Buenos Aires recuperar su hegemonía a nivel nacional. Con federales o con unitarios o liberales en el gobierno, el proyecto porteño de supremacía era imposible de impedirse por parte de las provincias. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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