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26 de noviembre de 2021 | Nacionales

Crisis permanente

Cancillería, el otro barco sin brújula de Alberto Fernández

"La verdadera política es la política internacional”, sostuvo siempre Juan Domingo Perón. Claro está, Alberto no tendría por qué saberlo: nunca aprobó la asignatura “Peronismo”.

Queda claro que para un país fuertemente dependiente de los capitales y las decisiones ajenas, la política exterior no es algo que pueda quedar librado al azar. Sin embargo, esto es exactamente lo que viene ocurriendo durante todo el gobierno de Alberto Fernández. No sólo careció de un diagnóstico correcto en los dos años que lleva para elaborar una estrategia internacional para la Argentina, sino que tampoco se preocupó por designar en esta cartera tan relevante a un especialista. Para Alberto, la Cancillería sólo es un premio para retribuir favores. Primero fue para Felipe Solá, quien no tenía la menor idea al respecto. Después, para Santiago Cafiero, como consuelo por su destitución como jefe de Gabinete tras la catástrofe de las PASO.

Las relaciones exteriores del gobierno fueron otro escenario de fracasos permanentes. Mucho tuvo que ver la decisión presidencial de designar a ministros sin autoridad ni reconocimiento alguno entre el personal de carrera del Servicio Exterior, pero también la insistencia de Alberto Fernández de tomar decisiones a partir de sus diálogos privados con Jorge Argüello, a quien todos esperaban ver designado como canciller desde un primer momento; Daniel Scioli, quien viene desarrollando una elogiosa gestión en el Brasil; o Gustavo Beliz, el todoterreno.

No es que en la cancillería pasen cosas muy distintas a las que suceden en otros ministerios. El problema es que aquí el loteo y las fracturas son mucho más perceptibles y el escenario de las contradicciones y errores no es el argentino, sino el mundial. De ahí que cada traspié se transforme en situaciones cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

Tal fue el caso, por ejemplo, con lo que acaba de suceder con el embajador argentino en Chile, Rafael Bielsa, quien demostró exactamente qué es lo que no debe hacer un funcionario diplomático.  Las declaraciones que formuló sobre el candidato presidencial que se impuso en la primera vuelta electoral, el neo-pinochetista José Kast, podrían haber terminado en un conflicto de dimensión incalculable si Santiago Cafiero no se comunicaba con el canciller trasandino, Andrés Allamand. Entre un acontecimiento y otro, la ruptura de las relaciones entre ambos países estuvo a tiro de concretarse.

El incidente traduce los riesgos que implica un ministerio debilitado y fracturado, en el que no existe estrategia, hoja de ruta ni voz de mando. No es de ahora. Desde el inicio de su gestión en Brasil, Scioli se maneja como le parece y sólo mantiene diálogo con el presidente. Lo mismo sucede con Arguello en los Estados Unidos. Pero no son los únicos casos. Sabino Vaca Narvaja (China),  Eduardo Zuaín (Rusia) y Luis Ilarregui (Cuba) reconocen la jefatura de Cristina Fernández de Kirchner y ni se molestan en conectarse con Santiago Cafiero. Carlos Raimundi  (OEA) constantemente expresa posiciones y juicios de valor que lo colocan en las antípodas de lo deseable para el gobierno de Alberto Fernández para granjearse el favor de Joe Biden en la negociación con el FMI, tal como sucedió por ejemplo con los casos de los derechos humanos en Venezuela o Nicaragua. Ariel Basteiro (Bolivia) le debe también su cargo a la vicepresidenta y la petición especial que hizo Evo Morales para su designación. Ni siquiera tienen agendado el número telefónico de Cafiero, como tampoco tenían antes del de Felipe Solá.

En el personal de carrera el mal humor es indisimulable. No sólo hubo recortes de gastos y restricción de designaciones en el exterior, sino que no entienden cómo podría funcionar una política exterior en la que unos desmienten los que otros afirman.

Si bien Santiago Cafiero se vio beneficiado por la aprobación del documento por el Cambio Climático en la Cumbre de Glasgow o una cierta disminución del tono de confrontación con Brasil y Uruguay en la órbita del Mercosur, nadie deja de verlo como un paracaidista cuya continuidad no consigue explicarse más allá de su amistad con el presidente.

Pero el problema de fondo, como en muchos otros casos, es la inestabilidad y la falta de planificación que caracteriza al presidente. Si ya afirmar que descree de los planes económicos resulta un absurdo, no tener estrategia ni hoja de ruta en el plano geopolítico es directamente suicida.

No es muy distinto, por otra parte, de lo que sucede en la provincia de Buenos Aires y el papelón que significó la publicación del tweet del embajador de Alemania, Ulrich Sante, en el que denunció: "Terminó mi primer día oficial con charlas incitantes con Mayra Mendoza, Colegio Holmberg, CONICET y Cerveza Quilmes. ¿Oficialismo? ¡Ausente! Axel Kicillof no contestó, Pablo López no apareció. ¿Falta de cortesía? ¿de organización? ¿desinterés? ¿un poco de todo? esperando el día dos". El post cayó como un baldazo inesperado. En la gobernación bonaerense ignoraron el interés del diplomático por el encuentro, ya que nadie se ocupa del tema internacional desde que Carlos Blanco -acusado de ningunear a los embajadores- fue desplazado de su cargo. Dentro la propia gobernación confiesan que el tema no es de interés para el mandamás provincial, quien prácticamente desde su asunción no mantuvo encuentros diplomáticos.

Si el gobierno actual tuviera que definir sus expectativas respecto de los Estados Unidos, Rusia o China, y en el juego común con esa tríada, no estaría en condiciones de realizarlo. Tampoco podría hacerlo en el caso del Mercosur, Europa, ni del resto de las naciones.

La construcción de un país normal requiere ser tomado en serio por el resto de la comunidad internacional. Claro está que esto se encuentra en las antípodas del pensamiento de Alberto Fernández, para quien la dilación y la atomización constituye su dogma.

La salida del anterior ministro, Felipe Solá, estando en el exterior en viaje a un cónclave de la Comunidad de los Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), cuya presidencia había conseguido el funcionario despedido para el propio Alberto Fernández constituye un caso inédito de falta de tacto y desconocimiento de los principios básicos de la diplomacia. Más aún si el encargado de comunicarle la decisión es el propio beneficiario de su alejamiento. El remate del diálogo: “¿Quién me reemplaza?”, “Yo”, no tiene parangón y define a las claras la improvisación que caracteriza a la gestión de Alberto Fernández.

“Lo atamo’ con alambre”, puede resultar una máxima muy argentina. Pero, en economía o en política exterior, implica una condena al fracaso. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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