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28 de enero de 2022 | Historia

Economía y política exterior

Estados Unidos, entre la guerra de secesión y la primera guerra mundial

A partir de 1865 la política exterior norteamericana dio paso a la expansión económica en América Latina y el Pacífico. Esta extensión del comercio exterior fue apoyada con firmeza por las políticas gubernamentales, al considerarla sumamente benéfica para garantizar el empleo interno y la prosperidad de la nación.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

El volumen del comercio exterior creció de 400 millones en 1865 a 1.600 millones en 1890. Tanto para proteger este comercio, cuanto para responder a incipientes formulaciones estratégicas, el Congreso autorizó en 1883 la construcción de los primeros cruceros acorazados. En 1900, los EE.UU. se habían convertido en la tercera potencia naval del mundo.

Pese a la importancia de este aumento en el comercio exterior, hasta los inicios de la gran guerra (1914-1918) las exportaciones norteamericanas nunca superaron el 10 por ciento del producto nacional bruto. Si bien reiteradamente se barajó la posibilidad de obligar a los países latinoamericanos a negociar sus materias primas por producción manufacturera norteamericana, la mayor parte del comercio exterior de los EE.UU. seguía practicándose con Europa. Sin embargo, la presión de comerciantes e industriales sobre las autoridades estimuló la búsqueda de nuevos mercados, así como una redefinición de la doctrina Monroe, formulada por dicho presidente norteamericano, en 1823. En sus orígenes, esta doctrina implicaba la negación del derecho de las potencias europeas a extender su dominio territorial al hemisferio occidental; sin embargo, a partir de 1904 pasó a interpretarse como una afirmación del derecho de los EE.UU. a intervenir en la política de América Latina.

En teoría, el “nuevo imperialismo” comercial era esencialmente antibélico y anticolonial, y no debían emprenderse iniciativas que pusieran en riesgo la seguridad de los EE.UU. o supusieran un precio excesivo para su economía. Sin embargo, esta estrategia no tardó en despertar sentimientos expansionistas con fines extra comerciales. Algunos políticos imperialistas, como Theodore Roosevelt, insistían en el deber que asistía a los EE.UU. de izar la bandera de la civilización y del progreso en toda ocasión posible. La nueva prensa sensacionalista no dejaba de invocar el patriotismo, en tanto la política imperial servía como válvula de escape para las tensiones sociales, en la década de 1890. La guerra de 1898 contra España, por ejemplo, contó con la oposición de los hombres de negocios norteamericanos, que denunciaron el riesgo a que se exponía al fulgurante comercio caribeño bajo la consigna filantrópica de contribuir a garantizar la independencia cubana. Los grandes negocios, de todos modos, no tardaron en aparecer. Sin embargo, la victoria de 1898 planteó a los EE.UU. más problemas que los que resolvía. La solución implementada en la cuestión filipina anticipaba las contradicciones de la política exterior norteamericana. El compromiso por el que las Filipinas se convertían en un protectorado privilegiado simbolizaba los dilemas de la política exterior americana en el siglo XX, sujeta a presiones estratégicas, económicas e ideológicas no siempre coincidentes.

Los intereses económicos tuvieron un peso decisivo en el diseño de la política exterior hasta fines de la gran guerra. Esta incidencia se comprueba en la adopción de la “política de puertas abiertas” para China, impulsada en 1899, que encontró el respaldo de todas las potencias importantes, a excepción de Rusia. De este modo se garantizaba igualdad de oportunidades a todos los países que comerciaban con China, y supuso un notable avance para los EE.UU., que hasta entonces ejercían poca influencia en aquel país. En 1903, la agresiva diplomacia de Roosevelt posibilitó el acuerdo para la construcción del canal de Panamá, que aportó notables ventajas comerciales y estratégicas. Sin embargo, no fueron la única influencia; por ejemplo, la decisión del presidente Wilson de incidir en la resolución de la revolución mexicana, bombardeando y tomando posesión del puerto de Veracruz, tuvo resultados negativos ya que la nueva constitución de 1917 dispuso la nacionalización de las industrias vitales de México y perjudicó a los capitales norteamericanos.

En 1917, los EE.UU. entraron en la guerra europea, con el objetivo de obtener un lugar en la conferencia de paz y ser considerados como una potencia de primer nivel en el futuro. El ingreso respondía asimismo a consideraciones de tipo económico, ya que si bien los empresarios norteamericanos eran partidarios de la neutralidad, el deseo de recuperar los 2.300 millones de dólares prestados a los aliados, y la necesidad de garantizar mercados externos ante los primeros síntomas de recesión experimentados en su propio territorio, fueron más poderosos. A principios de 1918, el presidente Woodrow Wilson difundió los catorce puntos que definían los objetivos de guerra de los EE.UU. En ellos se prometía a todos los pueblos del mundo el derecho a elegir libremente la nación a la que querían pertenecer; la justicia internacional sería garantizada por una Sociedad de las Naciones, y se manifestaba la oposición norteamericana a la imposición de reparaciones a Alemania. Los términos de Wilson fueron celebrados en varios países europeos, y le otorgaron gran popularidad. Sin embargo, una vez celebrados los acuerdos de Versalles, las cámaras legislativas norteamericanas rechazaron las bases sobre las que se habían llevado adelante las negociaciones, y declararon que los EE.UU. se mantendrían fuera de la Sociedad de las Naciones. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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