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9 de junio de 2022 | Literatura

Vida por vida

Maximiliano Kolbe, el mártir de Auschwitz

Quien haya visitado el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, probablemente recuerde la celda de inanición ubicada en el sótano del bloque 11.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Basterra

El reducto es pequeño. Las paredes son de hormigón, y hay una pequeña ventana que da al poniente, cerrada con barrotes de hierro. No hay camastros en la celda. El visitante desprevenido podría confundirla con un depósito de enseres de limpieza, a tal punto impresionan el ascetismo y el callado tono del reducto.

El guardián de la celda, un polaco de aspecto venerable y apacible, nos dice que todos los meses, unas hermanas de la orden mendicante de las Carmelitas, depositan flores vivas en el jarro de zinc fijado a poca distancia de la ventana enrejada. En el extremo opuesto a la puerta de hierro que da entrada a la celda hay una pequeña pileta para el lavado de las manos. A la derecha de la ventana, y a su misma altura, los rayos del sol poniente  iluminan una placa de bronce que representa el martirio de un grupo de hombres.

Hay una silla para el guarda. Es todo en la celda. Podríamos tomar asiento en la pequeña silla de madera y pensar en las negras tierras cercanas a la próxima Katowice y en las hileras de abedules que  cercan la ruta de entrada al campo, hasta tal punto el silencio y la luz difuminada del otoño prestan al pequeño reducto el aire inocente de las cosas inanimadas.

Para el visitante informado, sin embargo, el reducto porta un sentido bien diferente, tan ominoso como el que prestaría a un joven idealista y piadoso que recorre las calles de Jerusalén, la contemplación del Gólgota real o imaginario que sirvió de escenario a la muerte de Cristo.

A mediados del año 1941, el complejo concentracionario de Auschwitz era un desarrollo gigantesco del Régimen Nacionalsocialista en tierras de la castigada geografía polaca. El bloque 11, con sus celdas de inanición, era una minúscula partícula del complejo. Los reos alojados en ellas morían de hambre al cabo de pocas semanas. Solamente se les suministraba agua.

Todos los condenados purgaban una pena terrible por una falta no cometida. Eran condenas por represalias. Algún oficial o soldado alemán muerto en las adyacencias del campo; alguna fuga solitaria. Por cada soldado alemán muerto, o prisionero fugado, diez elegidos a suerte. La selección se realizaba después de una vigilia de muchas horas. Los prisioneros del campo debían mantenerse de pie durante la vigilia. Esos eran los motivos. Ese era el escenario.

La siesta del 30 de julio de 1941 un prisionero polaco escapó del barracón 27. Los guardianes del campo advirtieron su falta durante la revista nocturna. Al otro día, de madrugada, los reclusos  formaron cuadros en el centro de una gran explanada. Cada uno de los prisioneros conocía muy bien el destino que podía aguardarle. Era un día radiante del verano polaco.

A las ocho y media de la noche comenzó la selección. El oficial a cargo era Karl Fritzsch, capitán de las SS. Todos los hombres del campo temían a Fritzsch. Sus inescrutables ojos azules, su destreza en el manejo del violín, y la voz suave y melodiosa, producían un terror que guardaba una relación directa a su gran amabilidad. Nunca gritaba. Tenía las maneras de un religioso, y cualquiera que no lo conociese hubiera ignorado el terrible ministerio que desempeñaba en el campo.

Comenzó con la fila de los ancianos. Seleccionó a dos. Les dijo suavemente:

- Es tiempo de retiros.

A los ocho elegidos restantes los seleccionó mirándose la punta de las  botas y apuntando con el dedo índice el corazón de cada uno de ellos. Tres de los hombres lagrimearon. Uno de ellos, el sargento polaco Franciszek Gajowniczek alcanzó a decir:

- Pobre esposa mía; pobres hijos míos.

Fritzsch miró al hombre a los ojos y en un perfecto  polaco, respondió:

-Muera como un hombre si quiere que su familia lo recuerde.

Nueve metros más allá de Gadowniczek se encontraba entre los prisioneros un clérigo franciscano de nacionalidad polaca. Se llamaba Maximiliano María Kolbe y era natural de Zdunska Wola, una aldea situada a pocos kilómetros del pueblo de los padres de Gajowniczek. Lo conmovieron el llanto y el aspecto de su compatriota. En el cielo, el vuelo de las primeras golondrinas del verano dibujaba una estela grisácea. Kolbe pensó en aquel hermano suyo, Andrej, muerto a los cuatro años de una fiebre tifoidea. Pensó también en sí mismo, y se dijo que Dios le había otorgado ya 47 años de vida. Rompió filas, y enfrentando con paso decidido a Fritzsch, le dijo:

- Déjeme tomar el lugar de este hombre. Soy religioso, y estoy enfermo. Vida por vida.

Fritzsch miró a Kolbe a los ojos. Kolbe sostuvo la mirada. Por primera vez en su larga vida de oficial, Fritzsch dudó, pero dijo:

- Como usted quiera. Creo que se equivoca.

Esa misma noche los prisioneros fueron encerrados en la celda. La pileta y una jarra de agua descansaban en el fondo. Kolbe rezó toda la noche y asistió a cada uno de sus compañeros de infortunio. Uno de ellos le dijo:

- Oh, padre mío. No veré nunca más a una mujer.

Kolbe lloró con el hombre.

Durante el resto de las dos semanas repasó desesperadamente el recorrido de su vida. Pensó en sus padres, y en ese perro pastor con el que había jugado de niño en los bosques de Cracovia. Pensó en los lugares de la tierra a donde lo habían llevado la fe en María y las enseñanzas del Dios Padre compasivo. Recordó a aquella mujer alemana a la que había querido castamente en los años de su juventud.

Al noveno día retiraron de la celda los dos primeros  cuerpos. Todos los prisioneros habían decidido morir deshidratados para evitar una muerte más terrible aun. Solamente Kolbe decidió beber cada tanto un sorbo de agua. Cuando se le preguntó el motivo de su decisión, contestó:

- ¿Quién cuidará a mi pequeño rebaño en ausencia del pastor?

El 14 de agosto, de madrugada, Fritzsch y un médico ingresaron a la celda. Solo quedaban vivos tres prisioneros. Kolbe tenía los ojos cerrados pero repetía un silencioso padrenuestro. Había comprendido, cabalmente, el destino de tantos santos amados y el valor supremo del sacrificio de sí mismo.

El médico extrajo de su portafolio, una jeringa, la aguja y un frasco de fenol. Fritzsch lo agarró del brazo y señalando a Kolbe, le dijo:

- Que no  sufra. No lo merece.

El último en ser inyectado fue Kolbe. Miró con agradecimiento a sus verdugos. Se encomendó a María. Volvió a cerrar los ojos. Su fatigado corazón, en el que cabía el universo entero, se silenció del todo. (www.REALPOLITIK.com.ar)


ETIQUETAS DE ESTA NOTA

Auschwitz, Maximiliano Kolbe, Karl Fritzsch, Franciszek Gajowniczek, Zdunska Wola

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