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17 de junio de 2022 | Historia

Siglo XX

La revolución espartaquista

Hacia fines de la primera guerra mundial, el éxito de la revolución rusa provocó el pánico entre las clases dirigentes occidentales, que temían que su ejemplo se extendiera a sus propias naciones. Más aún, teniendo en cuenta que, debido a la guerra, los obreros y campesinos estaban armados.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

En ese contexto, las dirigencias tenían dudas sobre la continuidad de su obediencia a las directivas impartidas por sus jefes o si iban a responder a sus intereses de clase, aprovechando la situación excepcional de estar armados.

La respuesta que se le dio a esta cuestión constituyó el punto de partida para el nacimiento del nazismo. De acuerdo a los análisis previos –que se venían haciendo desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante–, los teóricos habían sostenido que el lugar ideal para el desarrolló de la revolución proletaria no era Rusia sino Alemania, donde a partir de 1870 se había constatado un fabuloso desarrollo de las fuerzas productivas y sociales (los pensadores de la época descartaban la posibilidad de una revolución socialista en los EE.UU., ya que se aseguraba la prodigalidad de su economía era tal, que quien llegaba un día como inmigrante al siguiente podía convertirse en un millonario).

Hacia fines de 1918 apareció el primer síntoma que parecía anunciar que los diagnósticos de una revolución socialista en Alemania no estaban errados, al producirse la rebelión espartaquista, impulsada por un grupo socialista radicalizado cuyos principales dirigentes habían sido encarcelados por oponerse a la guerra mundial. Los espartaquistas plantearon un plan orgánico de acción revolucionaria, que incluyó amnistía para todos los adversarios a la guerra, civiles y militares, abolición del estado de sitio, anulación de todas las deudas de guerra, expropiación de la banca, minas y fábricas privadas, y también de la gran y mediana propiedad rural, reducción del horario laboral y el aumento de salarios, abolición del código militar y la elección de las autoridades militares por parte de delegados elegidos por los soldados, la eliminación de los tribunales militares y de la pena de muerte y de los trabajos forzados por delitos civiles y militares, entrega de alimentos y bienes de consumo básico a los trabajadores, través de sus delegados, la abolición de títulos y propiedades nobiliarias, incluyendo la destitución de todas las dinastías reales y principescas. Para la realización de este programa se convocó a la constitución de soviets de obreros y soldados.

El programa espartaquista apuntó a asestar un golpe mortal a la guerra y la política del gobierno imperial. Los delegados revolucionarios se constituyeron en la capital como Consejo Obrero provisional. Allí los sectores más radicalizados organizaron una intensa agitación callejera, convocando a una insurrección general.  La insurrección fue precedida por declaraciones parciales de huelga general en diversas ciudades industriales alemanas, donde se conformaron soviets de obreros en todas las fábricas, y se consolidó hacia fines de 1918 cuando los marinos destinados en el puerto de Kiel se amotinaron, negándose a aceptar las órdenes de combate del estado mayor alemán, y avanzaron sobre las calles de la ciudad. Luego de superar la represión policial, recibieron el respaldo de los trabajadores. Rápidamente los soviets de obreros y marinos articularon su acción, e impusieron sus decisiones a las autoridades estaduales.

El movimiento insurreccional se esparció por todo el territorio alemán como una mancha de aceite. En un gigantesco movimiento de pinzas, la revolución avanzaba de la periferia hacia el centro. Los líderes moderados y conservadores, y los sindicalistas reformistas, con un olfato político sutil, advirtieron que resultaba indispensable sacrificar al kaiser Guillermo II y al régimen imperial para impedir la victoria de la revolución, y presionaron incansablemente al canciller hasta obtener su renuncia, el 9 de noviembre de 1918. En un primer momento, los revolucionarios parecieron ganar la apuesta. La represión no consiguió frenar el incontenible movimiento de masas que se adueñó de Berlín, dirigiéndose a las cárceles para liberar a los presos políticos.

Sin embargo, la potencia de la base no guardaba relación con la debilidad de la dirigencia revolucionaria, trenzada en disputas internas encubiertas bajo diferencias conceptuales y teóricas. La situación era sumamente confusa. La burguesía alemana, mucho más vigorosa que la soviética, contaba con un cuerpo de oficiales ágil y disciplinado, y con una dirigencia política madura que no dudó en convocar a los sectores reformistas, mayoritarios dentro de la socialdemocracia, para formar parte del gobierno provisional, ofreciendo la cancillería a su máximo líder, Friedrich Ebert. El reformismo socialdemócrata se había negado a imaginar una solución para Alemania articulada en torno al concepto de dictadura del proletariado; desde un primer momento se había opuesto al programa espartaquista y, una vez iniciada la revolución, habían debido respaldarla de manera condicionada, para no quedar marginada del proceso histórico. Sin embargo, su interpretación del proceso revolucionario era coincidente con la que hacían las fuerzas de la derecha política y económica, juzgándola como un emprendimiento que, manipulado apropiadamente, podría limitarse a corregir los aspectos más obsoletos y reaccionarios del imperio de los Hohenzollern, sin implicar un cambio drástico en la estructura social alemana.

Por esa razón, mientras los revolucionarios se paseaban  por las calles de Berlín, intentando articular soviets y comités capaces de sentar las bases del nuevo régimen alemán, la burguesía alemana, buena parte de la oficialidad y los políticos socialdemócratas reformistas, y el centro autotitulado “progresista y republicano”, abordaban la tarea de desarticular el movimiento revolucionario. Desde los sectores más conservadores se organizan grupos de choque callejeros, los “anti-bolchevique”, financiados por el gran capital germano; también se intentó boicotear el funcionamiento de los soviets. En el terreno laboral, los sindicalistas reformistas sumaban nuevos elementos de consenso, al firmar acuerdos con las patronales. Frente a la ofensiva descargada, las fuerzas revolucionarias no consiguen resistir. Su limitada capacidad organizativa les impidió consolidar una sólida fuerza político-institucional con la rapidez necesaria, y se encontraron a menudo jaqueados entre las presiones de sus bases y la ofensiva gubernamental y parapolicial.

Finalmente, el 15 de enero de 1919, se asiste a un baño de sangre planificado por la dirigencia socialdemócrata, que junto con numerosos revolucionarios anónimos cobró la vida de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. El 3 de marzo se declara la huelga general en Berlín; pero, finalmente, el gobierno declara el estado de sitio que continuará hasta fines de ese año.

La violencia política seguía siendo la norma en Europa. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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Estados Unidos, Alemania, Rusia

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