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21 de junio de 2022 | Nacionales

Pese a la máscara peronista

El futuro de Alberto pende de la economía

Alberto Fernández se define como un socialdemócrata más cercano a la cultura hippie que a las veinte verdades peronistas. Sin embargo, la indefinición progresista le obligó a ponerse la máscara peronista en los últimos tiempos. A la hora de la verdad, sólo el peronismo es una alternativa.

Del gabinete progresista inconsistente de sus inicios al actual hay grandes diferencias, al menos en lo formal. El jefe de Gabinete es un caudillo típico del peronismo del interior, como Juan Manzur. También se incorporaron Julián Domínguez, Aníbal Fernández y Daniel Filmus. La siguiente capa geológica llegó de la mano de Daniel Scioli y Agustín Rossi. Todos peronistas identificados con las veinte verdades. Lo mismo puede decirse de los ex intendentes Juan Zabaleta, Gabriel Katopodis y Jorge Ferraresi.

Alberto sólo piensa en sobrevivir al “fuego amigo” y mejorar su gestión, no por convicción sino porque ello va atado a su futuro político. Sabe que el peronismo cotiza alto el valor de la lealtad. Todo lo contrario a lo que pasa con Cristina y el cristinismo.

Ha circulado el rumor, con la asunción de Daniel Scioli, sobre la existencia de un acuerdo de palabra entre ambos. Si el presidente se presentara en 2023, el ex embajador lo apoyaría, pero si Alberto debiera resignar su candidatura, apoyaría a su nuevo ministro.

¿Podría ser un peronista el candidato del Frente de Todos en 2023 si Alberto terminara aceptando que no tiene chances?

A quien quiera escucharlo, Alberto le asegura que gobernará hasta 2027. Hasta tiene imaginados los ejes de su campaña presidencial. Aún habiendo debido afrontar la pandemia y una guerra mundial, su administración terminará con un PBI que habrá crecido casi 10 puntos en los dos últimos años de su gestión. La comparación sería inmediata: con Macri la economía cayó más de 4 puntos, y con Cristina no registró avance alguno en su último tramo.

Alberto desespera porque Macri sea su antagonista. Carga la mochila del pasado, y más allá del blindaje y la campaña que le proveen los medios amigos, la sociedad no ha olvidado su gestión. Con cualquier otro antagonista se le haría más difícil. Sobre todo si se confirman las promesas de sus ministros, de que el escenario 2023 presentaría índices de pobreza, desocupación y crecimiento muy superiores al último año de Mauricio.

El presidente también espera que la demonización de la coalición opositora siga apuntando a Cristina. Seguiría siendo el “mal menor” frente al “populismo corrupto” con que asocian a la vicepresidenta, que ya no sería su compañera de fórmula.

El problema central es, sin dudas, el control de la inflación. Difícil reelegir con índices del 70 u 80 por ciento, y más aún si se cumplen los pronósticos apocalípticos que hablan de tres cifras.

Hasta ahora esta es la principal asignatura pendiente y el punto más débil de cualquier pretensión de reelección. Sin avances sustanciales, la fuga de votos de 2021 se profundizará, los gobernadores le darán la espalda para preocuparse por garantizar el territorio, y CFK avanzará en la alternativa de provincialización de Unidad Ciudadana.

El problema es que en el gobierno no saben qué hacer para poner coto a la inflación desatada. La falta de soluciones en este terreno destrozaría el proyecto de reelección, pero también la alternativa de una candidatura exitosa de un peronista que haya participado de la gestión, como sería el caso de Daniel Scioli.

A la hora de las definiciones, suenan las palabras de Bill Clinton como juicio inapelable de la historia: “Es la economía, estúpido”. Una afirmación tan simple y directa como el peronismo. Y tan lejos, naturalmente, de la duda metódica social-demócrata. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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