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30 de junio de 2022 | Historia

Historia económica

Adam Smith y la “mano invisible” del mercado

Situado en el foco de un profundo proceso de cambios, Adam Smith transitaba esta encrucijada en forma ambivalente, otorgando a veces una supremacía a lo político y otras dando preeminencia de lo económico.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Expresión de su época como de sus ideas, Smith cedía en ocasiones a los dictados de la tradición, aunque ello no le impidió que destellaran en su trabajo las primeras premisas económicas de la era del capital. Por esta razón, es considerado el fundador de la ciencia económica, a partir de la publicación de su libro Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, editado en 1776. Sin embargo, esta obra no puede ser considerada como la síntesis de su pensamiento, ya que previamente Smith se había dedicado a la filosofía moral, constituyendo su obra más acabada la Teoría de los sentimientos morales, editada en 1759. Allí ofrecía una mirada en la que prevalecía el carácter sociable del individuo y no tanto su componente egoísta, que sería el elemento central de su obra posterior, hasta el punto de ser caracterizado universalmente únicamente con esta perspectiva.

Para entender esta aparente contradicción, hay que tener en cuenta que Smith tenía delante de sus ojos un nuevo tipo de civilización, una sociedad que él mismo denominó “sociedad comercial”, donde todos los hombres se habían convertido –en mayor o menor medida– en mercaderes. Para la sociedad comercial no existía antinomia alguna entre la sociabilidad del hombre y su propensión egoísta, ya que ambas se conjugaban y se alimentaban positivamente.

Smith caracterizó a la sociedad moderna como un gran avance civilizatorio frente a la desaparecida sociedad medieval e, incluso, llegó a considerarla, bajo ciertas condiciones, como la forma absoluta y definitiva de organización social, tratando así de demostrar la viabilidad de un orden naciente: el capitalismo. Esto se advierte en su esfuerzo denodado para penetrar en la “anatomía de la sociedad civil” y captar su movimiento, traduciendo así su convicción respecto de la necesidad social de contar con una reflexión teórica que permitiera conceptualizar las novedosas formas que había adquirido la vida humana.

De este modo, el orden social ideal que elabora en su obra económica remite a lo que él denominaba sistema de libertad natural, que presuponía invariablemente la existencia de una “sociedad bien gobernada”; es decir, la existencia de un estado que se atuviera a los principios de la jurisprudencia natural, por un lado, y la existencia de individuos capaces de ejercer sus virtudes ciudadanas, por el otro. Adam Smith consideraba que el desarrollo de la riqueza de las naciones se debía al incremento de las facultades productivas del trabajo, y que el aumento de la riqueza beneficiaría a corto plazo a todas las capas sociales. Por lo tanto, la economía política debía abocarse al análisis de la distribución de la riqueza generada a partir del trabajo.

Esta concepción introducía un nuevo enfoque económico que desestimaba la importancia de los recursos naturales como elementos multiplicadores de la riqueza de las naciones, para poner en primer plano el trabajo humano. La teoría del valor-trabajo que desarrollaba Smith estaba en consonancia con los fundamentos liberales de John Locke sobre la propiedad privada. Pata ambos, la premisa que la justificaba consistía en considerarla como producto del esfuerzo individual del hombre desplegado a través del trabajo. En consecuencia, el trabajo humano era el que genera valor, y éste desarrollaba toda su potencialidad a partir de la división del trabajo de la civilización capitalista. Propiedad privada y división del trabajo, pues, eran la síntesis perfecta de la sociedad capitalista. Smith explicaba la división del trabajo a partir de lo que observaba en el interior de una manufactura de alfileres. Allí, cada trabajador ya no producía todo el bien, sino que se limitaba a realizar una operación parcial, un fragmento, dentro de la obra total –el producto final– realizada por el colectivo de los obreros.

De la división del trabajo dentro del taller, pasaba, como si fueran homologables, a la división del trabajo en la sociedad. En otros términos –por ejemplo, los que plantearía Carlos Marx-, trasladaba la división técnica del trabajo a la división social del trabajo que reinaba en la sociedad moderna. Esta afirmación encerraba muchas consecuencias pata la configuración de un nuevo orden internacional, ya que Smith consideraba que la asignación eficiente de funciones en el interior del taller se podía aplicar al intercambio entre las naciones, cuyos intereses no deberían ser contradictorios, sino armónicos.

La fundamentación teórica se basaba en su concepción metafísica de la naturaleza humana, cuyo axioma principal sería “la propensión natural al intercambio”. Desde esta perspectiva, el desarrollo de la naturaleza humana conllevaría inevitablemente a una economía de mercado capaz de multiplicar, de manera automática, la riqueza mundial. Esta convicción ha llevado a popularizar universalmente la teoría liberal de Smith recurriendo a la imagen de la mano invisible del mercado. Su divulgación, pues, ha infligido una simplificación brutal a su complejo andamiaje científico, reduciéndolo a una receta infalible aplicable a cualquier sociedad atemporal: la eliminación de la intervención estatal en los asuntos económicos.

Sin embargo, esta visión está muy lejana a su teoría, no sólo porque no hacía la distinción entre sociedad civil y Estado, considerándolas como una misma esfera de acción que no debería quedar al margen de la acción estatal, sino porque este autor enfatizaba la imperiosa necesidad de que los gobiernos asignaran recursos para morigerar las desigualdades existentes en las clases sociales. Para este objetivo entendía que la herramienta más adecuada era la educación.

El economista no llegó a conocer la sociedad capitalista con todos sus atributos, ya que vivió en una época en la cual el proceso de conformación del mercado no había conseguido aún derribar definitivamente las barretas del mundo del trabajo. Hasta la década de 1830 todavía no existía en Gran Bretaña un mercado laboral formalmente libre, despojado de las protecciones características de la sociedad medieval; en efecto, aún se mantenían las regulaciones del salario y de las condiciones laborales atendiendo a criterios ajenos –o que a menudo distorsionaban gravemente– al libre juego entre la oferta y la demanda. Por el contrario, mucho más adecuada resulta la crítica actual que formulan muchos historiadores y antropólogos, que afirman que el hombre no posee una natural propensión al trueque de bienes materiales, y no necesariamente actúa para salvaguardar sus intereses individuales mediante su posesión.

Las objeciones no se limitan a la obra de Smith, sino que se extiende a toda la teoría económica clásica y neoclásica, que tenían como pilar común la convicción en la existencia natural de economías de mercado. En efecto, los sistemas económicos que precedieron al capitalismo no permiten comprobar la primacía de mercados autorregulados a lo largo de la historia, y el comportamiento humano que en ellos se registra no parece tener como principio natural el intercambio, sino la acción recíproca y la redistribución. Lo que los hombres, en realidad, parecen haber buscado denodadamente ha sido el reconocimiento de sus derechos y activos sociales, es decir, su estatus, su posición social. De este modo, las revoluciones burguesas no pueden ser ya comprendidas únicamente como un proceso de ascenso de la burguesía deseosa de consolidar su poder económico, sino también por su necesidad de obtener un reconocimiento social significativo.

Esta lectura, que nos aleja de una mirada exclusivamente economicista, permite asimismo comprender la adscripción de las masas populares a las consignas burguesas de libertad, igualdad y fraternidad propias de la Revolución Francesa. Si bien la burguesía acabó por acordar a estos ideales un contenido bastante estrecho y excluyente, no resulta ésta la única interpretación posible y más aún, permite explicar, la potencialidad de tales valores para alentar las luchas sociales emancipadoras protagonizadas por las clases subalternas, incluso hasta el presente. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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