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17 de agosto de 2022 | Pastillas de Colores

Un brillo inmortal

San Martín: El filo robado del sable corvo 

Una historia increíble pero real que cruzó los Andes y también el Atlántico, pasó por manos de Juan Manuel de Rosas, la Década Infame, la Juventud Peronista y los dos hurtos durante la presidencia de Arturo Illia hasta finalmente llegar a su destino actual: el Museo Histórico Nacional.

HORACIO DELGUY

por:
Juan Provéndola

Pocos objetos concitaron tanto interés, tanta polémica y tanto celo en la historia argentina toda como el sable corvo de José de San Martín, un arma austera de poco menos de un metro, casi sin ornamentaciones, que el General blandió en toda su gesta libertadora por América y que tras su muerte inició un derrotero de película, intrigas hondas y fuertes trabajos de los servicios de inteligencia criollos.

San Martín adquirió el sable en 1811, en Londres, poco después de abandonar España para regresar a su Argentina natal, en aquel entonces aún Virreinato del Río de La Plata. Lo consiguió usado y se estima que al momento de su compra la hoja de acero tenía por lo menos un siglo de antigüedad. Probablemente su origen era de Persia (hoy dominio iraní), dado que el diseño curvo no tenía tanto que ver con la usanza de la Europa que habitaba, sino más bien con la de Medio Oriente, tierras lejanas a los centros de poder pero siempre codiciadas por estos. 

A diferencia de los sables que gustaban a los generales de alto rango, el de San Martín carecía de ornamentos ostentosos como las tradicionales incrustaciones de piedras preciosas o de oro. El arma tenía casi un metro y pesaba poco menos que un kilo. 

Como se dijo, San Martín utilizó el sable en todas sus campañas militares en América, lo cual, para historiadores y entendidos, revelaba al mismo tiempo el afán del General por ubicarse a la vanguardia de las líneas de ataque, ya que ese formato de arma tenía valor únicamente en combates cuerpo a cuerpo, dado que no sólo era peligroso sólo por su filo, sino también por el contrafilo que permitía golpear antes de asestar el movimiento fatal.

Dolido por la muerte de su esposa Remedios de Escalada y el denuesto de las autoridades argentinas, José de San Martín decidió volver a Europa en 1824, iniciando un recorrido que incluyó Francia, Escocia, Bélgica y nuevamente el país galo, donde murió el 17 de agosto de 1850. Con su partida se llevó las pocas pertenencias que tenía, salvo una: el célebre sable. El arma quedó en Mendoza hasta que luego el mismo San Martín pidió que se lo hicieran llegar a su morada final, en la ciudad de Boulogne-sur-Mer, al norte de Francia, sobre el Canal de la Mancha. 

Consciente de su frágil estado de salud, San Martín redactó poco antes de morir un escueto testamento en el que, entre otras cosas, dejó asentado su deseo de que el sable corvo le fuera legado a Juan Manuel de Rosas, entonces Gobernador de la provincia de Buenos Aires. “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla”, redactó San Martín en el inciso 3 de su testamento. 

A Juan Manuel de Rosas esta noticia se la hizo saber Mariano Balcarce, yerno de San Martín y representante de Argentina ante Francia. Este obsequio a Rosas significaba de algún modo la continuidad de un mandato esquivo para esa época: la lucha por la soberanía argentina frente a los constantes embates de Inglaterra y de Francia. 

Cuentan que el Rosas ya viejo, denigrado tras la Batalla de Caseros y desterrado en Inglaterra, deseó hacerle llegar el sable a Francisco Solano López, el valiente general paraguayo que resistió hasta lo indecible el genocidio cometido en cruel sociedad por los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay. Pero Solano López fue ultimado en la batalla y entonces Rosas conservó el sable hasta que poco antes de su muerte ordenó entregarlo a su socio y pariente Juan Terrero, quien también falleció antes de que la espada llegara a sus manos. 

El sable entonces quedó finalmente en posesión de Manuelita Rosas, hija de Juan Manuel, quien poco antes de morir lo donó al Museo Histórico Nacional por pedido de Adolfo Carranza, su director. De ese modo, el arma ilustre de San Martín pasó a formar parte del Patrimonio del Estado a partir del 4 de marzo de 1897, cuando la espada llegó al país desde Londres. Curiosamente, el presidente era entonces José Evaristo Uriburu, un representante del liberalismo que no suscribía a la liturgia nacionalista que encarnaba la figura de San Martín. Por eso es que la restitución del sable no fue acompañada de ningún tipo de ceremonia oficial. 

Durante mucho tiempo nadie volvió a hablar del sable corvo. Tal vez porque, por primera vez en su historia, permaneció a salvo y en un mismo lugar a lo largo de varias décadas. O eso era lo que se creía: el 13 de agosto de 1963 el país amaneció con la noticia de que el arma de San Martín había sido robada. 

La JP, de arrebato

El 7 de julio de 1963 Arturo Illia había ganado las elecciones presidenciales con un famélico 25 por ciento, apenas por encima de Oscar Alende, en lo que terminó siendo una disputa abierta de las dos facciones de la Unión Civíca Radical habilitadas para competir. Arturo Frondizi, presidente depuesto el año anterior, permanecía encarcelado en Bariloche y lo estaba reemplazando el senador José María Guido con el apoyo de las Fuerzas Armadas. De modo que al tiempo del robo del sable Argentina atravesaba una especie de transición entre un gobierno democrático pero dominado por los militares y otro que lo mismo fue elegido por el pueblo y condicionado por poderes de facto que lo terminaron derrocando. 

El robo del sable de San Martín se produjo en ese continuum militar, en ese interregno donde la transición de gobiernos (Illia asumiría recién en octubre, dos meses después del hecho) era fuertemente ordenada y fiscalizada por las Fuerzas Armadas. No fue, a la postre, un episodio que hiriera o condicionara ese proceso, aunque la sola irrupción del evento generó incomodidad y obligó a un intenso trabajo de espionaje para tratar de llegar a las pistas.

Es que, además del hecho en sí mismo (es decir, del robo de semejante pieza histórica), había un elemento adicional que irritaba al poder militar: la aparición de la Juventud Peronista, en plena proscripción, como autora del hurto. La organización lo reconoció a través de un comunicado que hizo llegar al diario El Mundo de manera casi cinematográfica. “Llamada a la redacción sobre las 21.20 horas. Una voz indicaba dónde podíamos hallar el comunicado de quienes se apropiaron del sable de San Martín. ‘No lo llevamos al diario por razones obvias’, dijo. Entendimos. Y fuimos”, narra un artículo publicado por el matutino pocos días después del hecho, casualmente el 18 de agosto, aniversario del fallecimiento de San Martín. “En un baño, detrás de una chapa, se hallaba un sobre con los dos comunicados, tal como nos habían anunciado”, remataba la nota. 

En ese comunicado, la Juventud Peronista condicionaba la devolución del sable al atendimiento de varios reclamos, entre los que se incluían la anulación de los convenios petroleros y de los de SEGBA (la empresa pública que administraba y comercializaba la energía eléctrica en Argentina), la liberación de presos políticos y sindicales, el castigo para los responsables de los fusilamientos de 1956 en José León Suárez (aquellos narrados por Rodolfo Walsh en el libro Operación Masacre) y el levantamiento de la proscripción. Proscripción, por cierto, tan férrea, que obligó al anónimo redactor del artículo del diario El Mundo a tener que hacer malabares narrativos para poder decir que, además, la JP exigía la devolución del cadáver de “la esposa del mandatario derrocado en 1955” y retorno al país del “presidente depuesto por la Revolución Libertadora”. Es que estaba terminantemente prohibido nombrar a Perón y a cualquier objeto o sujeto vinculado a él y a su movimiento político. 

En un comunicado anterior, la Juventud Peronista había amenazado con sacar el sable del país para hacérselo llegar al propio Perón, exiliado en Madrid. “Aquel sable repujado por la gloria, aquella síntesis viril y generosa por la Patria, por milagro de la fe, volverá a ser el santo y seña de la liberación nacional”, azuzaba la JP en su primera aparición pública.

Por ese motivo es que los servicios de inteligencia ajustaron los dispositivos para poder acorralar a los sustractores y no fueron pocas las denuncias que recibieron sobre la aplicación de golpizas y torturas para obtener la información que requerían. Es recordada la intervención en este caso de la temible Brigada de San Martín, aquella que el año anterior había capturado a Felipe Vallese, uno de los primeros desaparecidos políticos de Argentina en el siglo XX. 

El robo le fue atribuido a Osvaldo AgostoManuel GallardoArístides Bonaldi y Luis Sansoulet, vinculado a una JP entonces liderada por el triunvirato compuesto por Envar el KadriJorge Rulli y Héctor Spina.

Una comisión formada por miembros sindicales y diputados (entre ellos el socialista Juan Carlos Coral o el demócrata cristiano Raúl Torreiro) logró la liberaciones todos los detenidos por el caso, aunque para ese entonces uno de ellos ya había confesado en uno de los interrogatorios haber sido el autor del robo. Así se desprende de un memo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires fechado el 26 de agosto de 1963, el cual dice que “el ex oficial Gallardo, conocido militante peronista de la agrupación ‘Juventud’, y que trabaja de empleado en el sindicado ATE (…) se declaró autor de la sustracción del sable del General San Martín. Según sus propias declaraciones (…) la Juventud Universitaria Peronista le propuso intervenir en la sustracción del sable, que se haría con propósitos políticos y con el compromiso de reintegrarlo si las nuevas autoridades nacionales electas procedían a denunciar los contratos petroleros y rompieran con el FMI, además de otras medidas que luego se dieron publicidad”

El trabajo coordinado entre los servicios de inteligencia de la Policía Bonaerense y las fuerzas de represión asfixió la resistencia de los jóvenes sustractores, quienes confesaron el hecho y repusieron el sable ya con Illia como presidente. La ola de secuestros y torturas obligó a la Juventud Peronista a tomar esa decisión como única alternativa inmediata para frenar las vejaciones y la sangría. Hasta ese entonces, la espada de San Martín permaneció oculta en una quinta cercana a la localidad bonaerense de Maipú.

El segundo hurto o la historia circular

Sin embargo el episodio se repitió casi de manera calcada dos años después del primero, otra vez cerca del aniversario de la muerte de José de San Martín, cuando la Juventud Peronista volvió a robar el sable corvo. Fue el 19 de agosto de 1965, fecha en la que cuatro personas lo sustrajeron del Museo Histórico. Así lo describe un informe secreto de la DIPPBA datado el mismo día del hurto, lo cual demuestra el pronto repentismo que los organismos de inteligencia exhibieron una vez que se enteraron del hecho: “Para cometer el robo, entraron al sitio mencionado cuatro individuos, armados con ametralladoras, los que luego de reducir al guardia del Museo, rompieron el vidrio de la vitrina en que se hallaba guardado el sable y hueyeron (SIC) luego en automóvil en la parte anterior y en el cual esperaba otro individuo con el motor en marcha”

En ese mismo documento redactado la noche del segundo robo, la DIPPBA aseguraba que había allanado el Comité del Partido Comunista de Capital Federal, en Ecuador 333. Evidentemente la dirección de inteligencia de la Bonaerense manejaba en principio una pista falsa, la cual descubrieron como tal cuando el denominado Ejército Revolucionario Peronista se hizo cargo del robo a través de un comunicado confiscado por la DIPPBA. A diferencia del hurto anterior, esta vez la organización peronista aseguraba en este escrito que “el glorioso sable no ha salido ni saldrá del territorio nacional, permaneciendo en nuestro poder hasta el triunfo final de la Revolución Peronista y el retorno del General Juan Domingo Perón al poder”

Como en 1963, la facción condicionaba la reposición del arma a una serie de exigencias, en este caso tres muy puntuales: “La entrega púbica a la persona o entidad que designe el General Perdón en Argentina del cadáver de la señora Eva Perón”“la entrega pública a sus familiares del cuerpo de Felipe Vallese” y “la inmediata prisión de todos los implicados en el secuestro y asesinato de Felipe Vallese”

Los dos robos del sable de San Martín perpetrados en 1963 y 1965 se inscriben en una larga lista de hechos que el peronismo proscripto protagonizó para darle visibilidad pública a sus reclamos. Y, como la gran mayoría de estas misiones insurrectas, fue combatida y reprimida por las fuerzas del orden. 

Fueron estas mismas las que, en el segundo hurto, motorizaron más de 500 “procedimientos y demoras” articulados por la denominada Superintendencia de Coordinación Federal, brazo represivo de la policía en el área de la ciudad de Buenos Aires que trabajaba de manera articulada con dependencias provinciales, como la Dirección de Inteligencia de Bonaerense. Sus intensos trabajos son los que permitieron nuevamente dar con los sustractores del sable y recuperarlo en 1966, ya bajo el gobierno de facto del General Juan Carlos Onganía, quien un año después ordenó depositarlo en un templete blindado en el Regimiento de Granaderos a Caballo, cuerpo al que perteneció justamente José de San Martín cuando se alistó en el ejército local para iniciar sus gestas emancipadoras. 

Finalmente, el polémico sable fue devuelto al Museo Histórico Argentino el 25 de mayo de 2015, a instancias de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Desde ese entonces, el arma de San Martín es exhibida como una de las piezas más vistas en la sala del barrio de San Telmo, a un costado del Parque Lezama, la barranca donde cuentan que Pedro de Mendoza realizó la primera fundación de la ciudad de Buenos Aires, en 1536. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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