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6 de octubre de 2022 | Historia

1921

La Revolución Rusa y la Nueva Política Económica

La NEP se enmarcó en la necesidad de una radical transformación de la economía soviética, pero también encajó en las nuevas condiciones externas, que habían dado un vuelco rotundo.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Inicialmente los movimientos socialistas en Alemania, Hungría e Italia ilusionaron a la Unión Soviética con la concreción de una revolución continental. Sin embargo, entre 1921 y 1922, todos los movimientos insurreccionales europeos fueron desmantelados, obligándole a trocar su perfil ofensivo anterior a uno meramente defensivo de sus propias fronteras.

Las expectativas de la revolución global estaban en franco retroceso y eso se plasmó en el acuerdo anglo-soviético que permitió reanudar las relaciones con Inglaterra. En la práctica, este acuerdo significaba para la URSS el comienzo de un reconocimiento como entidad política soberana.

En este contexto, las autoridades soviéticas impulsaron en 1921 el Primer Plan Económico para tratar de dar respuesta a los problemas inmediatos. La Nueva Política Económica trataba de un plan que reintrodujo mecanismos capitalistas de producción con el objetivo de elevar la productividad. Si bien los sectores considerados estratégicos –sistema bancario, el comercio exterior, el transporte y los insumos energéticos– se mantuvieron nacionalizados, volvió a existir la pequeña industria privada y la producción agrícola dejó de ser acosada por las confiscaciones forzosas del período previo.

En el nuevo diseño, la actividad agrícola se subdividió en la producción de granjas cooperativas (Koljoses), granjas estatales (Sovjoses) y granjas privadas. En la práctica, durante los siete años que duró la NEP, las granjas privadas fueron las encargadas de abastecer el mercado interno, aunque en los primeros años las cosechas no cumplieron con las expectativas del gobierno. A contrapelo con la propaganda inicial de la revolución, hacia 1928 el 96 por ciento de la producción primaria estaba en manos privadas, mientras que los modelos de producción alternativos creados por el gobierno no sobrepasaron, durante la década del 20, el 3 por ciento de la producción.

La reaparición de la actividad capitalista permitió el reingreso de los kulaks y todo su poder sobre la estructura rural, amparados circunstancialmente por las necesidades políticas y económicas. El restablecimiento de las relaciones capitalistas permitió la eliminación de las confiscaciones y la readopción del trabajo asalariado.

El comercio interno volvió a resurgir pero se mantuvo la centralización estatal del comercio externo. De esta forma, se autorizó la creación de mercados de aldea, regionales y urbanos donde la libertad de comercio fue el elemento motor de la economía. El entorno de Lenin era consciente de que la economía soviética dependía de la exportación de bienes primarios para lograr un excedente y transferirlo a los proyectos de industrialización. Los resultados del nuevo diseño comenzaron a advertirse hacia 1927, cuando la actividad agrícola empezó a presentar superávits, aunque se circunscribió a la actividad cerealera y no a la producción ganadera.

Los resultados del primer plan aplicado en tiempos de paz fueron altamente decepcionantes. El país seguía dependiendo del sector agrícola, y el gobierno era chantajeado por los kulaks, sin poder definir un proyecto viable de industrialización.

Adicionalmente, en la década del 20, la URSS logró reubicarse en la división internacional del trabajo como exportador de petróleo crudo, madera, oro, pieles, mientras que las ventas de cereales fueron importantes hacia finales de dicha década.

Sin embargo, éste no era el futuro que los revolucionarios habían estudiado en los análisis marxistas y los cuestionamientos y fracturas internas se multiplicaron. Era indispensable construir un liderazgo sólido que pudiera reemplazar el vacío provocado por la muerte de Lenin, a principios de 1924, y dos eran los rivales que aspiraban a sucederlo: Iósif Stalin, un burócrata disciplinado y oscuro, aunque contundente y efectivísimo en su accionar, y León Trotski, quien, a pesar de tener a su cargo al Ejército Rojo, terminó demostrando que sus virtudes como intelectual no eran correspondidas con sus atributos políticos. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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Trotski, Alberto Lettieri, Iósif Stalin

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