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11 de octubre de 2022 | Nacionales

Repercusiones por el cambio de Gabinete

“No te llaman ni para poner al portero”, se quejaron desde la CGT tras la designación de Kelly Olmos

De los 21 ministros nombrados en 2019 sólo quedan 6. Este balance contundente es otra de las caras de la crisis que, desde hace tiempo, experimenta el gobierno del Frente de Todos.

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Con la renuncia de Elizabeth Gómez Alcorta, Claudio Moroni y “Juanchi” Zabaleta, Alberto Fernández corría serio riesgo de quedar definitivamente aislado. Por eso la premura para designar a sus reemplazantes, dentro de lo poco que le queda al presidente en su escueto rebaño, con el argumento de que “esos ministerios son míos, yo elegiré a los nuevos ministros". 

Y Victoria Tolosa Paz es efectivamente suya. Así Alberto Fernández paga el canon del alquiler del departamento en el que su propietario, “Pepe” Albistur -su marido-, le permitió ocupar durante años en Puerto Madero. Y vaya si hubo indexación. El presidente no cesó de designarla a la cabeza de distintas iniciativas, presuntamente “estratégicas", empezando por la “Consejo Federal Argentina contra el Hambre”, que terminaron como termina este gobierno: en un fracaso.

Ayelén Mazzina, la nueva ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, es parte de un intento presidencial para recomponer su relación con Alberto Rodríguez Saá. Fue concejala de la capital de San Luis y estaba a cargo de la secretaría de Mujeres y Diversidad en San Luis. Lo que se presenta como su experticia en el área consiste en reconocerse públicamente como lesbiana y haber organizado el 35° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales, Intersexuales y no Binaeries en Territorio Huarpe, Comechingón y Ranquel, que se desarrolló este fin de semana en esa provincia. La organización de un encuentro no parece ser mérito suficiente para garantizar el funcionamiento de un ministerio.

El problema de Alberto Fernández es que casi nadie le atiende el teléfono, y ningún cuadro político quiere aparecer en una foto con él. Mucho menos sumarse al descalabro de este gobierno.

Pero la designación que generó mayor resistencia fue la de Kelly Olmos. No porque no se le reconozcan sus antecedentes como referente del peronismo porteño, de Guardia de Hierro hasta el menemismo, sino porque la CGT no fue consultada al momento de reemplazar al ministro de Trabajo. "No te llaman ni para poner al portero", mascullaban en la central obrera, denunciando el “ninguneo”.

En contradicción con la práctica habitual, por segunda vez Alberto Fernández designó a su ministro de Trabajo sin tener en cuenta a la CGT. El malestar es evidente. Y no los conforma saber que tampoco fueron consultados Cristina Fernández de Kirchner ni Sergio Massa. Alberto se cortó solo para aferrarse a las carteras que le quedaban. Aunque nunca hayan funcionado ni, seguramente, lo harán en el futuro.

"A esta altura era previsible", criticó un importante dirigente sindical, que no tiene sintonía alguna con la Casa Rosada.

Para designar a Kelly Olmos, encargó a Julio Vitobello que sondeara a la dirigencia sindical. A los amigos, claro está. Los consultados, Andrés Rodríguez, Gerardo Martínez y Héctor Daer, dieron su acuerdo. El resto de los sindicalistas no fueron tenidos en cuenta. Pablo Moyano (camioneros); Sergio Palazzo (Vancarios), de la Corriente Federal de Trabajadores, y Hugo Yasky, jefe de la CTA cristinista -los más próximos a La Cámpora- nada hicieron para evitar que trascendiera su disgusto.

“Todo está mal con el gobierno. Es grave cambiar un ministro de Trabajo sin una reunión previa, ni una consulta, aunque no sea vinculante, que esté a tono con un nivel de respeto institucional”, hizo saber uno de ellos.

En estas condiciones asumió Kelly Olmos. Y desde la enorme debilidad que significa no contar –hasta ahora- con el aval de Cristina, ni de Massa, ni de la CGT, deberá afrontar la oleada de demandas de actualizaciones salariales por encima del 100 por ciento. Un número que parece muy elevado, si no fuera porque el Banco Central anticipó que la inflación de este año será del 103, según las expectativas del mercado.

Habiendo sido designada exclusivamente por Alberto Fernández, y con el antecedente de la absoluta incapacidad de Moroni, la histórica dirigente del peronismo de la Capital deberá ponerse al manejo de un vehículo sin combustible. Con muy poco le alcanzaría para superar la gestión de su predecesor. El problema es que eso no alcanzará para afrontar las elecciones de 2023 con una mínima posibilidad de éxito para el Frente de Todos. Y también lo es para Sergio Massa, que tiene a su cargo la ingrata tarea de frenar la inflación sin respaldo dentro del gabinete ni de un mercado que insiste en maximizar sus beneficios, incrementando los precios semanalmente. 

Al fin y al cabo, aunque haya habido cambios, casi nada cambió. El descrédito y la desconfianza que genera Alberto Fernández invalidan cualquier posibilidad de afrontar cualquier tarea siquiera con alguna estrecha perspectiva de éxito. Pero el presidente no revisa su postura. Incapacitado para hacer el bien, insistirá en tratar de hacer todo el daño posible. Sobre todo, a sus propios aliados, a los que no considera como tales, sino como competidores internos. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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