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24 de noviembre de 2022 | Historia

El capitalismo y sus dilemas

La integración social en una economía de mercado

La denominada “cuestión social” comenzó a generar inquietud en las sociedades de Occidente superadas las primeras décadas de sobreexplotación capitalista, en el contexto de la Revolución Industrial.

HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

Esta cuestión comenzó a agravarse entrado el siglo XIX, cuando se tendió a implementar una liberalización mayor del mundo económico. Entonces el interrogante afloraba cíclicamente en las mentes de la época, y aún hoy nos desvela: ¿Cuál es el lugar que ocupa la cuestión social en un mundo en el que el mercado asigna en forma absoluta los recursos económicos, sociales y políticos?

Fiel a su doctrina, el régimen capitalista convierte al mercado en la norma universal del funcionamiento de las relaciones humanas, somete a los actores sociales más combativos y cuestionadores del régimen capitalista, subordina la acción política y reestructura la esfera del consumo y de la cultura. El mercado, en tanto construcción humana, es visualizado por los actores sociales como un ente inmaterial e imposible de transformar o redireccionar. Se cosifica, es decir, se transforma en una entidad con existencia propia por encima de los sujetos sociales que verdaderamente le dan vida a esta relación social.

La preeminencia del “mercado” despliega su lógica natural de funcionamiento determinando la exclusión de grandes sectores de la vida social. La estrategia concebida por los capitalistas y reforzada a través de los aparatos ideológicos del Estado es arrinconar a los hombres en su capacidad de acción y de acceso a los recursos de poder. En consecuencia, el individuo tiende a recluirse en las relaciones fraternales de sus “muros” –la familia, su círculo– lo que redunda en un fortalecimiento aún mayor del poder de los sectores dominantes.

Desde el advenimiento del capitalismo, todo se transformó en mercancía. Tierra, capital e incluso trabajo fueron considerados “cosas” vendibles o intercambiables por un valor nominal. Bajo estos parámetros fue muy difícil la integración social bajo variables que no se enmarcaran en la lógica mercantil. La democracia, la ciudadanía, la libertad eran conceptos demasiado abstractos y difícilmente asimilables a una mercancía.

La lucha por estos valores debía traspasar los límites de la esfera privada y dirimirla en el espacio público. Esa lucha ha delimitado históricamente la forma de integración social de los individuos y la dinámica de las relaciones sociales. Claramente no era igual la disputa en el mercado que la lucha de clases. La primera se recluyó en la esfera privada mientras que la segunda se escenificó en el espacio público. Esta diferenciación fue una novedosa creación del modernismo aunque a veces los límites no solían estar estrictamente delineados. La burguesía se enseñoreó con el poder y la dominación obtenida, recluyendo la acción de los individuos a la esfera mercantil. La diferenciación de estas dos esferas delimitó el campo de las luchas sociales en tanto los actores sociales adquirían un perfil político y sus demandas debieron dirigirse hacia el Estado.

La burguesía se limitó a definir discursivamente las libertades civiles, aunque en la práctica construyeron un escalafón social de acuerdo con lo que éstas consideraban como capacidades y méritos atribuibles a algunos individuos y a otros no. El ejercicio de las libertades civiles se circunscribió a la libertad de empresa, a la libertad de asociación, de expresión.

Pero sólo los capitalistas podían expresarse, hacer oír su vos, asociarse y tener empresas. El resto de la sociedad debió pelear por sus derechos, muchas veces infructuosamente. El proletariado comprendió que los retos colectivos se escenificaban en el espacio público y que su integración siempre sería limitada por una falsa libertad burguesa. En el arco de libertades burguesas, el capitalismo desdibujaba las desigualdades políticas y sociales, naturalizando y perpetuando al mercado.

A medida que el capitalismo se consolidaba, el espacio público comenzó a contraerse y las clases trabajadoras observaron una exclusión mayor del orden social imperante. ¿Cuál es el límite máximo de desintegración social que una sociedad capitalista puede tolerar sin verse resquebrajada en sus cimientos?

Lejos de encontrar una respuesta definitiva, este interrogante se reformula y encuentra nuevas definiciones ante los cambios en las estructuras sociales y las configuraciones de poder. Y, a la luz de sus consecuencias sociales, nunca pierde su dramática actualidad. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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