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17 de enero de 2023 | Cultura

La música en los 90

Cinco años sin el Chino González, la voz que buscó darle dignidad a la alegría

El cantante de La Nueva Luna falleció en diciembre de 2017 y dejó para siempre un legado supremo en la música tropical argentina, cultura de las clases populares

HORACIO DELGUY

por:
Juan Provéndola

Uno de los mejores años de la música tropical argentina fue de los peores para el país: 1995. Carlos Menem, reelecto tras una reforma constitucional a su medida, abandonaba el gradualismo populista y se perfilaba para acelerar el proceso final de reducción del Estado en servicio de los mercados. En simultáneo, la cumbia desplegaba una avanzada con el estreno de "Tropicalísima", por ATC (programa pionero en darle visibilidad al género en la televisión de aire), y cuatro lanzamientos fundamentales: "Corazón valiente", de Gilda, "Boquita de caramelo", de Sombras, "Te demostraré", de Los Charros, y "Corazón de madera", de La Nueva Luna. Argentina se caía a pedazos, las representaciones políticas perdían credibilidad ante la sociedad, y una nueva ola tropical llevaba alegría a las periferias, principales afectadas del derrumbe social. 

Nadie recuerda el preciso momento en el que se conocieron Marcelo González y Ramón Benítez. Solo se sabe que coincidieron dos años en el grupo 7 Lunas antes de tomar una decisión crucial: abrirse y hacer algo juntos. En ese instante donde se firmaba el acta fundacional de La Nueva Luna, septiembre de 1995, la música tropical alumbrada una de sus sociedades creativas más fabulosas: la del Chino y el Mago

El panteón de la cumbia argenta es rico en figuras, mitos e hitos, aunque en su mayoría insuflados casi exclusivamente por grupos (desde el fundacional Cuarteto Imperial, llegado a estas pampas desde la costa del caribe colombiano, hasta el cuestionado fenómeno para el segmento ABC1 liderado por Agapornis y sucedáneos) o solistas (Rodrigo como el emblema del caído en desgracia, aunque antecedido generacionalmente por La Mona JiménezConejito Alejandro o Ricky Maravilla). 

El tándem González-Benítez tomó lo que la cumbia ya ofrecía –el lamento obrero hecho baile– para agregarle algo que le faltaba: esa mística rockera en la que abundaban dúos retroiluminados como Lennon-McCartneyJagger-Richards o, más acá en el espacio, Solari-Beilinson

"Corazón de madera", debut discográfico de La Nueva Luna, tenía todo lo que las barriadas deseaban: música alegre pero letras desgarradas. Esa es la sensación que subyace al dejarse atravesar por aquella obra fundacional, invadida por la irremediable sensación de que algo se ha perdido. Y no era precisamente esa mujer que las letras figuraban: el dolor producido por el rechazo amoroso era una excusa poética para supurar tanto daño contenido por un sistema que cerraba los números con mucha gente afuera. Estrofas como "Y ya se fue, ya se marchó, se llevó todo" o "Poquito a poco te conocí, poquito a poco me enamoré, poquito a poco me ilusioné, poquito a poco... yo te perdí" son, a su forma, aguafuertes de un recorte específico, aquel que los 90s los vio pasar por la ventana.  

Los estratos sociales más bajos, que habían sido despojados de trabajo y las necesidades básicas, no renunciaban a pelear por su dignidad más elemental, esa que otorga la alegría genuina. En "Choque de cometas", hit de aquel disco y éxito angular de la carrera de la banda, el estribillo trazaba un horizonte aspiracional incitando a gritarle al cielo: "¡Iluminará!". La luz se hacía paso entre la oscuridad con la voz densa pero sensible del Chino González y las cuerdas quirúrgicas del Mago Benítez

"Ya verás lo que es el amor cuando sufras mucho, como sufrí yo", le cantaba el Chino a los ajenos, aquellos que todavía no se habían caído de cara al barro de los márgenes desclasados. Una canción que resume gran parte de las influencias de La Nueva Luna, con la dualidad santafesina entre el acorde al estilo Los Palmeras y los yeites guitarreros en la línea Los del Bohío, más los vientos de Dany Langoy de la Cruz (bronce al servicio también de Gilda y Damas Gratis), ungiendo a la trompeta como la prenda de unión de ese crossover que la cumbia inició desde esos años hasta la fecha con el rock. 

González y Benítez eran las dos caras de una misma dramatización artística llena de hipervínculos. El cantante blandía una vena grave pero lleva de inflexiones, cercana inexorablemente al tango, mientras que el violero introducía arreglos estridentes, aunque sin perder el buen gusto, dejando a su paso una estela flamenca y también garagera: la guitarra enchufada directa al equipo, sin pedales, efectos ni intermediarios. El viejo y querido Marshall haciéndolo una vez más.

Por eso, para muchos, La Nueva Luna fue la más rockera de las bandas de cumbia, gracias a un vocalista prendiéndose fuego en el escenario alrededor del ritual que despertaban incisivos riffs y punteos sostenidos por el síncope del beat. En ese juego de espejos afloran un montón de rasgos compartidos entre ambos géneros: el culto a la personalidad, la mitología tallada por una banda que supo ser popular sin tener que entregarse a ridículos circenses y el arribo a hábitats propios del rock como el Luna Park o el estadio de Ferro.   

Sin embargo, no vivía únicamente de cumbia y rock La Nueva Luna. En el árbol genealógico aparecía el chamamé como una de sus raíces más sólidas, era la información que González llevaba en la sangre por su padre nacido en Paraná, Entre Ríos. El Chino se definía como "monteliero", en honor a Ernesto Montiel, aunque también valoraba a Tránsito CocomarolaSalvador Miqueri y Antonio Tarragó Ros

Fue justamente en Corrientes donde el grupo encontró la forma de reinventarse bajo el nombre alternativo de la La Nueva Luna Chamamecera, derivado dedicado exclusivamente a ese sonido. Un berretín que había comenzado en los repertorios en vivo de La Nueva Luna. "¿Sabés lo que es para un litoraleño, que nunca pudo volver a sus pagos, escuchar esa música?", justificaba el Chino.

Argentino Luna contaba que había conocido el folclore entre las arenas desérticas de la entonces deshabitada Villa Gesell. Ahí se había mudado su padre desde la vecina Madariaga para realizar las primeras edificaciones del pueblo y toda la familia compartía acampes con obreros de Tucumán, Santiago del Estero y Salta. La única forma que estos trabajadores golondrinas tenían de volver a su tierra querida era canturreando aquella música de origen que mitigaba el dolor por lo lejano. Un ejercicio similar al que tantos otros harán con la obra de La Nueva Luna, continuada por el Mago Benítez desde la partida del Chino González, acontecida el 23 de diciembre de 2017, hace ya cinco años. (www.REALPOLITIK.com.ar)


ETIQUETAS DE ESTA NOTA

Ricky Maravilla, Carlos Menem, Mona Jiménez, Juan Provéndola, Gilda, Rodrigo

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