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2 de febrero de 2023 | Nacionales

El verdadero campeón

“Andá pa'llá, Cristina”

Está claro que no existe una sola Argentina. O, para decirlo mejor, existen en la Argentina distintas maneras de sentir, de expresar y de interpretar las cosas. Desde nuestros orígenes hasta el presente, las “grietas” fueron cambiando, pero no la realidad dolorosa de la división ni de la intolerancia.

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por:
Santiago Sautel

Buenos Aires y el interior. Federales y unitarios. El “régimen” y el yrigoyenismo. Anarquistas y nacionalistas. Falangistas y republicanos durante la guerra civil española. Peronismo y antiperonismo. Democracia y dictadura. Menottismo y bilardismo. Cristinismo y anti-cristinismo. Pañuelos verdes y pañuelos celestes. Estas son sólo algunas de las divisiones que nos desgarraron y nos desgarran. El fenómeno de fondo es la resistencia, la incomodidad para convivir con quien piensa y actúa distinto.

La clave de la democracia consiste en compartir la diversidad. Y los responsables naturales de instalar esa convicción en la sociedad son, naturalmente, sus líderes políticos, sus comunicadores, sus educadores. Pero eso no sucede. Más aún: pasa exactamente lo contrario.

Los políticos de una república democrática son la antítesis de los Javier Milei, instando a vender órganos a los pobres, de las Patricia Bullrich, de los Diego Iglesias, de los Gildo Insfrán o de los José Luis Espert. La lista sería interminable. Los escaladores de la política han amedrentado a nuestra sociedad. La han convencido de que negociar con el adversario es una señal de debilidad. Algunos afirmarán que los pueblos tienen los políticos que se merecen. Pero, a falta de lo bueno, las mayorías se inclinan por lo que creen “menos malo”. Y últimamente en cada elección redireccionan su voto. Como un conductor ciego que se aferra al volante y aprieta el acelerador sin mirar la carretera.

El último mundial de fútbol desmintió esa hipótesis de que tenemos los políticos que nos merecemos. Casi 6 millones de personas salieron a festejar la victoria de la selección. De una selección que, desde su conducción hasta el último de sus integrantes, dio cátedra de moderación y de respeto. Una vez más el gobierno leyó muy mal lo que estaba pasando durante la competencia, y pretendió sacar rédito político. Y así se chocó contra la pared nuevamente. Los vencedores no quisieron ni acercarse a la casa de gobierno ni a las locaciones institucionales de la república. Prefirieron desplazarse por el corazón de un pueblo difuminado por la amplia geografía argentina, sin divisiones ni grietas.

Mientras tanto, pocos días antes de la finalización del Mundial, Cristina Fernández de Kirchner cometía otra de sus reiteradas gaffes, al publicar en su cuenta de Twitter: “Gracias infinitas capitán… a usted, al equipo y al cuerpo técnico, por la enorme alegría que le han regalado al pueblo argentino. Y un saludo especial después de su maradoniano ‘andá pa’allá bobo’, con el que se ganó definitivamente el corazón de los y las argentinas”.

En su operación discursiva la vicepresidenta intentaba argumentar que el capitán argentino se había “ganado definitivamente el corazón de los argentinos” al dejar de ser el juicioso Leo Messi para convertirse, por un momento, en el incontenible Diego Maradona. Pero la realidad la desmintió: Messi no se “ganó definitivamente” al pueblo argentino con una expresión aislada sino con su desempeño en el lugar donde un futbolista debe demostrar su valía: la cancha de fútbol. Acompañando, sumando, participando de las reacciones heroicas en momentos críticos de la competencia.


Messi: "No me gusta lo que hice, no me gusta lo que pasó con el "andá pa'lla".

Justamente Messi consiguió el reconocimiento unánime cuando dejó de ser el “campeón moral” para ponerse el overol y salir a pelearle a los desafíos que le imponía la adversidad. Y no lo hizo solo, sino con otros 25 compañeros y un cuerpo técnico ejemplar, más auxiliares y responsables directivos, que comprendieron que con bravuconadas no se consiguen logros. No se trata de agraviar, de insultar ni de pegar patadas. Se gana siendo más inteligente, esforzándose más y estando unidos y convencidos de un objetivo, de un proyecto y de un plan en común.

El conmovedor esfuerzo del “mejor Messi” de todas sus versiones y de los titanes que lo rodearon conquistó incondicionalmente al pueblo argentino. Y su ejemplo no se limitó a la competencia, sino a la manera en que celebraron ese logro. El axioma “Se vive como se juega” fue, más que nunca, una verdad incuestionable. Bien lejos de los egos y de los intereses de la casta política, la celebración fue compartida exclusivamente con un pueblo que dio un ejemplo de madurez. Sin fuerzas del orden que habitualmente garantizan el desorden y las conmociones, no hubo una sola víctima durante los festejos. No hubo atracos, ni escenas de violencia. Nadie le pidió carné de afiliación a ningún compatriota para estrecharse en el festejo y el abrazo fraterno.

La selección nos devolvió el orgullo de ser argentinos, algo que la política y los medios corporativos insisten en lacerar, argumentando que “la única salida es Ezeiza”. Pero también en esa actitud celebratoria la inmensa mayoría de los argentinos demostró que está harta de las grietas, de los profetas de la derrota y de la división, de los que aluden al bien común para llenarse los bolsillos y conquistar poder.

Desde esta interpretación, el “andá pa’allá bobo”de Messi podría perfectamente aplicarse a la vicepresidenta y a toda una dirigencia que no entiende, ni le interesa hacerlo, los sentimientos, los sufrimientos ni las expectativas de esas mayorías.

Así como nos prometieron que la “nueva normalidad” que sucedería a la pandemia sería superadora, pero sólo terminó profundizando los aspectos más negativos de la sociedad previa, el Mundial se nos fue y la política insiste en superarse en sus desaciertos y su toma de distancia respecto de la sociedad.

Deberían reconsiderarlo. Los pueblos pueden ser mansos hasta que la cadena termina de soltarse. Y en esa situación ya será demasiado tarde para lamentarse. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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