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23 de marzo de 2023 | Historia

El largo proceso

Los antecedentes del capitalismo

La construcción de la sociedad capitalista fue el producto de una compleja síntesis entre continuidades y cambios.

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por:
Alberto Lettieri

La comprensión de este prolongado proceso no es una tarea sencilla, ya que resulta indispensable transitar por diversos períodos históricos, identificar a los actores que aparecen, permanecen y abandonan la escena, reconstruir las relaciones que se establecieron entre ellos, explicitar las ideas a través de las cuales intentaron justificar sus demandas y pretensiones, etcétera.

Una empresa de tal envergadura puede resultar infructuosa si no se logran establecer los vínculos entre los alcances y límites de los ideales de “libertad e igualdad” que propiciaron los revolucionarios burgueses y los cambios económicos y sociales que antecedieron y precedieron a la gran transformación. Si bien las revoluciones liberales se presentaron a sí mismas como un paso en el camino de la emancipación humana, lejos de adquirir un carácter universal e igualitario tenían como objetivo refrendar la desigualdad de las relaciones sociales que se estaban consolidando con el ascenso de la burguesía.

El proyecto capitalista requería de una sociedad que se juzgara a sí misma como libre, igual y fraterna, en contraposición con el Antiguo Régimen. Esta antinomia respecto del pasado inmediato merece una breve lectura retrospectiva sobre las características de la sociedad previa al siglo XVIII. El feudalismo, cuyo apogeo se desarrolló entre los siglos IX y XIII, construyó un tipo de comunidad estamental, donde la economía era esencialmente de subsistencia. La vida se desenvolvía en el campo y las prácticas cotidianas estaban acotadas a la vecindad. La sociedad feudal se caracterizaba por su rigidez estructural en tanto cada hombre encontraba prefijado desde su nacimiento su lugar en la organización social. Esa condición estaba dada por su herencia o sus lazos sanguíneos, de tal forma que un hombre nacía libre o siervo de acuerdo con sus vínculos o redes de parentesco.

La base de la sociedad estaba compuesta por los siervos o vasallos, elemento central para la producción rural. Los lazos de servidumbre unían a los siervos con sus estamentos superiores –señor feudal, nobleza, clero– y con la cúspide de dicha escala social cuyas figuras centrales fueron la monarquía y la Iglesia, instituciones entroncadas por intereses económicos, religiosos y sociales, las cuales perpetuaban su poder a lo largo del tiempo. En esta economía por lo general se consumía todo o casi todo lo que se producía, razón por la cual el comercio era muy marginal; por ello las relaciones económicas internacionales se limitaban al intercambio de bienes suntuarios.

Hasta finales del siglo XV el planeta tuvo escasa integración económica y la precariedad de las condiciones de vida de los hombres fue el elemento más sobresaliente de la época. Estas limitaciones se reflejaron en las problemáticas económicas abordadas por el pensamiento de la época. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino circunscribía los estudios económicos al análisis de los fraudes comerciales, la usura y el denominado “justo salario”. El régimen de producción feudal a duras penas consiguió convivir con los profundos cambios en el orden internacional y con su propia dinámica interna; su desintegración parecía un destino inevitable.

Los estamentos acomodados se resistieron a los cambios con todos los instrumentos que tuvieron a su alcance. En efecto, las monarquías de la Europa occidental desplegaron para su propia supervivencia diversas estrategias de perpetuación: imbricadas alianzas, guerras imperiales intermitentes o indefinidas, expansionismo, absolutismos monárquicos, negociación o coerción –de acuerdo con la posición de fuerza en cada país– con las ascendentes clases burguesas, expansión del comercio, intentando adquirir por la fuerza un poder que perdía legitimidad a medida que iba emergiendo el mundo capitalista.

El largo tránsito a ese nuevo orden tuvo puntos de inflexión que conjugaban nuevos elementos filosóficos, religiosos, tecnológicos. No fue menos importante el descubrimiento de América, la expansión hacia los territorios asiáticos y la lucha de las potencias europeas por la distribución de esos nuevos espacios geográficos. Un nuevo modelo económico, el mercantilismo, fue el resultado de estas nuevas áreas con inmensos y desconocidos recursos naturales y metales preciosos disponibles para su explotación.

El mercantilismo se desarrolló entre los siglos XV y XVII instaurando el comercio a distancia. Las potencias europeas se verían altamente beneficiadas mediante el comercio y el reparto colonial, logrando una importante acumulación de capital y construyendo los primeros pilares de un novedoso sistema económico mundial: el capitalismo. El florecimiento de las relaciones exteriores de las naciones desarrolló toda una ingeniería institucional económica donde las cuentas externas –la balanza comercial– comenzó a definir el estadio de evolución de cada Estado.

Estas vinculaciones a menudo no fueron pacíficas. Muy por el contrario, los imperios iniciaron una vertiginosa búsqueda de nuevos mercados y de espacios “vírgenes” pasibles de ser colonizados o asimilados a las metrópolis. La supremacía marítima y territorial constituyó la forma en que los imperios midieron sus fuerzas y su capacidad de ejercer el poder político. De esta forma, Europa materializó durante todo este período una lucha imperial, siendo sus protagonistas Inglaterra, España, Portugal, Francia y Holanda, y su dinámica de funcionamiento, el comercio y la guerra.

 Sin embargo, este continente no poseía el monopolio del comercio, existían además otros imperios de gran importancia, que controlaban el flujo mercantil de otras regiones. Así el Imperio Turco se extendía desde el Mediterráneo occidental hasta el océano Índico; el mundo musulmán gobernaba Oriente Medio, el sudeste asiático y la zona meridional de éste hasta la India. Sin embargo, el mayor imperio era controlado por China, pues su soberanía alcanzaba hasta los territorios del Asia sudoriental. La vinculación estrecha entre la economía mercantil y el colonialismo no necesariamente implicaba la gran extensión o importante riqueza de los territorios adquiridos, también dependía de las estrategias geopolíticas que desplegaran los países para la comercialización de sus productos, siendo las rutas de ultramar y los canales de acceso a nuevos mercados el mecanismo adecuado para expandir sus ventas.

Los Países Bajos, territorios que actualmente conocemos como los Estados de Luxemburgo, Holanda y Bélgica, sobresalían en la actividad mercantil mundial. En este sentido, Holanda, la región más rica del norte, ejercía desde el siglo XV una supremacía comercial sobre las Indias Orientales. Tempranamente emergieron como centro de distribución en el comercio global. En este país la agricultura había logrado una modernización importante con capacidad de comercio regional, así como una amplia red de comunicaciones, un veloz sistema de transporte y emprendimientos textiles de pequeña escala. Por este motivo, algunas corrientes historiográficas concluyen que esta región lograba una combinación armoniosa entre el capitalismo y el espíritu renacentista.

Esta visión analizó el gran desarrollo cultural y científico alcanzado por Holanda. Sin embargo, la economía de los Países Bajos en dicho período está muy lejos de definirse como capitalismo, por lo menos en un sentido estricto. Efectivamente, Holanda había desarrollado un lucrativo comercio en el Báltico y hacia finales del siglo XVII podía disputarle a Portugal y a España su control económico en el océano Índico. No obstante, una de las claves para comprender por qué ni Holanda ni sus vecinos se transformaron en pioneros de la Revolución Industrial, como sí lo será Inglaterra, es la decadencia de su hegemonía marítima y la simultánea emergencia de Gran Bretaña como sucesora del dominio oceánico.

Luego de una guerra de ochenta años que terminó con la Paz de Westfalia en 1648, Holanda ya no encabezaría la supremacía mercantil, pasando a ocupar un lugar subordinado. A partir de entonces las condiciones para la expansión de Inglaterra se consolidarían, y así quedaría inaugurada una nueva etapa en la historia universal: el capitalismo. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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Capitalismo

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