Los estudios y el retiro de que daba muestras durante largos períodos de su vida no impedían una vida galante y, en algunos momentos, hasta licenciosa. Von Richthofen se complacía en las artes de la seducción, sabiendo, desgraciadamente, que las conquistas de los corazones conducen a un derrotero que contradice las esperanzas de muchos comienzos y que los seres que nos resultan más próximos por afinidades electivas, belleza y desenvolvimiento, terminan convirtiéndose con el tiempo en algo muy diferente -en sus manifestaciones, y hasta en la misma percepción propia que tenemos de estas- a lo que en un primer momento fue un resplandor singular, de difícil sustitución y hasta una extensa proyección de nuestros anhelos más ocultos. El nihilismo consustancial al espíritu del conde lo alertaba antes de cualquier comienzo, pero un dejo de melancolía y el "donjuanismo" innato en sus maneras lo conducían invariablemente -y muy a pesar de sí mismo- al camino tantas veces presentido y alcanzado.
Poco antes de conocer a Albertine, había estado a punto de contraer matrimonio con una condesa noruega de belleza glacial y distinguida. Las maneras distantes de su prometida, un dejo casi deliberado en los gestos y destrezas manifestadas en los juegos amorosos, habían persuadido a von Richthofen de que algunos seres son portadores de un sortilegio para el que están especialmente predestinados. El edificio de las ilusiones del conde habíase derrumbado poco menos de un mes antes del casamiento, por decisión de la condesa. Educada en la fría tradición cortesana del desapego y las pasiones momentáneas había confesado a von Richthofen que no estaba segura de dar "el gran paso" y, que, además, guardaba recuerdos muy vívidos de un hombre al que había conocido hace algunos años y al que no podía olvidar.
Von Richthofen sintió como una deflagración la sinceridad de la condesa -de nombre Astrid-, pero tuvo la hidalguía de tomar un último té con la mujer antes de decirle:
-Se lo agradezco. Es mejor la verdad que una mentira compasiva y extensa en el tiempo. No la olvidaré nunca. Quiero que sepa eso.
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