Viernes 30 de octubre de 2026

Cultura

La Parisina, capítulo V

Albertine y Claus, el comienzo de un amor

04/05/23 | Entre los temas abordados esa noche, en la mesa de los von Richthofen, no estuvo ausente la ponderación de la obra de Marcel Proust. Uno de sus traductores al alemán era amigo del conde y había mencionado las particularidades del escritor algunos meses antes.


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A von Richthofen, que leía y hablaba el francés de manera perfecta, le llamaron la atención la extensión de las grandes frases, la pertinencia perfecta de las oraciones subordinadas y la musicalidad del tono en la primera de sus novelas. No solamente eso: advirtió, en la obra del francés, muchas intuiciones relacionadas a algunos fragmentos de "Parerga und Paralipómena" de Schopenhauer. En algún momento de la cena preguntó a Albertine si todas las mujeres francesas eran tan fascinantes como algunos de los personajes femeninos de Proust.

-No lo crea -contestó la muchacha sonriendo-. La mayoría de nosotras no podríamos ni siquiera figurar como personajes secundarios en una obra mediocre.

El conde besó la mano de Albertine con una sonrisa complacida -los otros invitados de la mesa, salvo el hermano de Claus, ignoraban la obra de Proust y no sabían de quien se hablaba-, y dijo:

-No esté segura de eso. Seguramente en Francia, y aquí, en Alemania, sus pretendientes serán legión.

Albertine rió y dijo:

-¿Con todas sus invitadas es tan obsequioso?

La madre de von Richthofen intervino:

-Ni por un momento lo piense. Claus siempre tiene una sonrisa a mano, pero no así un cumplido.

Después de los postres pasaron a un salón circular con una gran biblioteca y un piano de cola Bösendorfer. Todos los sillones eran Chesterfield. En pequeñas mesas ubicadas delante de cada uno de los invitados se dispusieron botellas de champagne alsaciano. Albertine se sentó al lado de von Richthofen. Pudo sentir de manera penetrante el perfume del conde y -lo que era mucho más decisivo aun-, la cercanía insustituible del deseo. Von Richthofen lo sintió también: su mano rozó el cuello de Albertine antes de tocar las perlas de uno de los dos collares. De la pitillera guardada en el bolsillo de su smoking sacó un puro antes de inclinar levemente el torso y decir al oído de Albertine:

-Esta noche no puedo dormir sin usted.

Albertine respondió:

-Yo tampoco. Dígame después donde lo haremos.

El resto de la velada fue distendido. Los enamorados bailaron un vals sobre el parquet de cedro después de que Richthofen hubiese cantado un lied de Mahler. Hacia el filo de la medianoche -y en un todo de acuerdo a lo formulado un par de horas antes- Albertine y el conde fueron conducidos por el chofer a un pequeño y cálido palacio de cercanías. 

Continuará.(www.REALPOLITIK.com.ar)

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