Una imperceptible montura en la parte superior de la nariz daba realce imperial a los ojos claros. Von Richthofen observaba a la muchacha en la luz velada del amanecer. Las cortinas estaban descorridas y los muebles del amplio dormitorio acentuaban la desnudez de Albertine.
El pelo desordenado se volcaba, inmóvil, sobre los hombros. Von Richthofen pensó en un óleo de John Collier que representaba a una mujer desnuda. El abandono inocente de la postura, la concordancia exacta entre las primeras luces de la mañana y los objetos circundantes, el realce de los detalles en la quietud del amanecer, eran semejantes a los desarrollados en el cuadro.
Se dijo a sí mismo (con esa formulación de las palabras surgida desde lo más profundo del deseo): "Afrodita revivida". Pensó después que había conocido a pocas mujeres como Albertine: la armonía entre sus rasgos y la cadencia de sus palabras, el abandono seguro en la entrega, las sonrisas tímidas y cómplices, eran algunas de las singularidades que parecían dar comienzo a un mundo adánico y desconocido. Había más, pensó después de algunos minutos: la exactitud en la prosodia del lenguaje (se hablase en francés o alemán), la comprensión de cada variación en el tono del interlocutor, el dejo casi argénteo de su voz, convertían a la mujer francesa en un "Santo Grial" venerable e inaccesible, y al que solamente se accedía a cambio de los dones más preciados. Von Richthofen pensó en sí mismo y, acaso por primera vez en su vida, tuvo dudas de corresponder a la plenitud de su amada.
Los pájaros comenzaban su canto en los alfeizares vecinos, las campanas de las iglesias cercanas tañían un sonido apagado y metronómico. Albertine abrió los ojos. Los brazos de Claus la recibieron agradecidos.
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