El hermano y la madre del conde dieron muestras de una mundanidad que le recordaron las manifestaciones de que había sido objeto, de niña, en la antigua residencia de su abuela materna en la lejana Estrasburgo. El menú -un menú ordenado y supervisado por el mismo von Richthofen- incluía macarrones con hongos alsacianos, hierbas aderezadas con miel de la comarca y chocolates con almendras. Se bebieron vinos tintos y blancos de una bodega de Reims - von Richthofen los había elegido en honor a su invitada- y champagne de Colmar. La conversación fue reposada y tranquila: se trataron algunos temas de actualidad y finanzas -Albertine advirtió que los circunstantes prestaban una atención distraída a los mismos-, las reacciones de la prensa alemana al estreno de una obra de Richard Strauss y el relato de una hazaña guerrera protagonizada por el tatarabuelo de uno de los amigos de von Richthofen en las postrimerías del siglo XXVIII. La madre del conde observaba a la joven francesa con un ceño jovial y distendido. Sorprendida por el alemán suave y preciso de Albertine, preguntó:
-¿A qué edad aprendió nuestro idioma?
Ella respondió:
-No lo recuerdo demasiado bien, pero creo que fue a mis cuatro años. Mi abuela materna nació en Berlín y pasó gran parte de su vida en Alsacia. Cuando nací en París, abandonó su residencia en Estrasburgo -dos de sus hijas siguieron viviendo ahí- y ocupó la habitación principal de nuestra casa en la Rue d'Assas. Desde muy pequeña escuché el alemán -mamá recitaba a Goethe todos los días- y con la llegada de mi abuela, supongo, esa costumbre fue acrecentándose día a día. Cuando cumplí cinco años recibí como regalo una edición ilustrada de leyendas alemanas. Fue mi primer libro y, -eso sí lo recuerdo muy bien- mi iniciación a la lectura. Apoyaba el libro en la mesa del escritorio de mi padre, y con ayuda de mi abuela, garabateaba mis primeras letras y palabras en un gran cuaderno de tapas de terciopelo. A los seis escribía de corrido -eso dicen en la familia- y en un alemán correcto. Después comenzaron los viajes, y siguieron las lecturas diarias, por supuesto.
La madre de los von Richthofen preguntó:
-¿Qué tratamiento tuvo su abuela alemana durante la Gran Guerra?
-Murió en 1916, a los 81 años. Nunca se la menospreció. No, al menos, que yo lo recuerde. En nuestro medio se hablaba poco de la guerra y, cuando se lo hacía, se evitaban las descripciones severas y los juicios, adversos o favorables. En una ocasión, poco después del comienzo del conflicto, nos visitó el mariscal Foch. Pueden imaginar ustedes el revuelo que tal presencia suscitó en mi casa: no se sabía bien como sería tratado el parentesco de la familia con la rama germánica. Todavía recuerdo con sorpresa el gesto solícito del mariscal con mi abuela y su interés por su familia, cuyo origen probado se remonta al siglo VIII, en una derivación de algunos descendientes de los vencedores de Varo en Teutoburgo. Foch llegó a besar el dorso de la mano de mi abuela al despedirse, no sin después agregar: "Por una larga vida para esta distinguida dama alemana".
Continuará...(www.REALPOLITIK.com.ar)