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21 de junio de 2023 | Nacionales

Proceso electoral suicida

Cristina Kirchner, la bandera a la derrota

Cristina Fernández invirtió la célebre frase de Evita: “Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”. De cara a un nuevo proceso electoral, bien podría salir a proclamar: “Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la derrota”.

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No es la primera vez que lo hace: ya en 2015 hizo todo lo que estuvo a su alcance para torpedear la candidatura de Daniel Scioli. En 2017 impidió el acuerdo con Florencio Randazzo y dilapidó así los votos que le hubieran garantizado imponerse sobre Esteban Bullrich. La vicepresidenta sólo acepta ejercer una clase de liderazgo: el monárquico. Y sistemáticamente toma las peores decisiones para mantener su autoridad sobre su propia tribu y sobre un peronismo impotente que se ha sometido sin chistar a cambio de cargos y beneficios personales y asociativos.

La nueva herramienta electoral diseñada para estas elecciones, el Frente Unión por la Patria, no consigue despegar. Una simple lavada de cara no consigue invisibilizar la errática gestión del Frente de Todos, de la que pretende presentarse como opositora cuando el cristinismo ha sido su principal beneficiario político.

Forzado a conceder la interna a Daniel Scioli y Victoria Tolosa Paz en las PASO, el cristinismo no se quedó cruzado de brazos, e implementó una reglamentación similar para la presentación de avales a la aplicada en 2019, que sirvió entonces para impedir la participación de Guillermo Moreno.

De este modo, por más que los rebeldes al dedazo no tengan problemas para sumar los avales requeridos, la segmentación dispuesta por la Junta Electoral que controla (50 por ciento del PJ, 30 por ciento de independientes y 20 de las otras fuerzas que componen la coalición) significa un veto de hecho al ejercicio de las libertades democráticas. Por si esto fuera poco, el piso requerido del 30 por ciento sólo permite aspirar a ocupar lugares en la lista de diputados después del décimo lugar.

Sabido es que Cristina siempre despreció la voluntad popular y consideró a su espacio como propio, y así le fue en todas las elecciones posteriores a 2011, a excepción a la de 2019, cuando las consecuencias las pagamos todos durante la gestión encabezada formalmente por Alberto Fernández. Pero en el presente proceso electoral su empecinamiento resulta suicida.

Con las negociaciones empantanadas y a escasas horas de tener que definir las candidaturas, Unión por la Patria no consigue definir el candidato de la alianza entre sus espacios mayoritarios. Así desfilan Wado de Pedro, Axel Kicillof y Sergio Massa, más un Máximo Kirchner que pretende desplazar a Axel de la gobernación, sin importarle que seguramente se convertirá en el Aníbal Fernández de 2015. 

Mientras que al sciolismo-tolosismo no le quedó más remedio que acudir a la Justicia para hacer valer sus derechos, sus rivales en la interna insisten en expulsarlo de la coalición, instándolo a presentarse con alguno de los sellos partidarios que lo respaldan. Un déjà vu de 2017 que parece ser ignorado por quienes conducen la coalición, y también los intendentes peronistas que este lunes lanzaron un comunicado para tratar de forzarlo a esa determinación sin medir los riesgos de su amenaza.

Aunque la situación se judicialice es improbable que termine de resolverse antes del sábado. Pero, llegado el caso de que Unidos Triunfaremos -tal como se denomina el espacio que encabeza “Pichichi”- no consiga presentarse, queda la duda qué pasará con los votos de quienes lo respaldan. ¿Se repetirá lo sucedido tras imponer el dedazo letal contra Julián Domínguez y Fernando Espinoza en 2015, o contra Florencio Randazzo en 2017? Todo apunta a arriesgar una respuesta afirmativa.

¿Así las cosas, y con la experiencia que debería haber aquilatado, Cristina se empeña en desconocer el pasado? ¿O, en realidad, está jugando a perder con su insistencia? En sus intervenciones sistemáticamente explicitó lo que ya venía adelantando a su entorno: cree que la derrota está asegurada, y en el caso de que tuviera chances de ganar, después de la experiencia de Alberto Fernández, no le interesa la alternativa de que sea otro el que ejerza el poder dentro del espacio propio. Y en caso de que tuviera un nuevo delfín que le obedeciera, no tiene programa para aplicar en un eventual gobierno propio. 

Por estas razones prefiere victimizarse y tratar de conservar algo de su declinante liderazgo como jefa de una oposición al ajuste y la represión que prometen implementar las coaliciones que compiten con Unión por la Patria en caso de llegar al gobierno.

Tal vez podría recurrir al acompañamiento del guitarrista Alberto Fernández para interpretar el tango “Cuesta abajo”, de Gardel y Lepera. Sobre todo aquella estrofa en la que explicita: “La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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