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30 de junio de 2023 | Literatura

La parisina, capítulo XII

El amor y los recuerdos

El camarote de Muniagurria estaba ubicado a poca distancia de la cubierta de botes. El estilo era neerlandés antiguo, con paneles de madera de roble en las paredes. La cama era de bronce y con baldaquino.

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por:
Juan Basterra

Entre el escritorio y la entrada al baño próximo se situaba una mesa de baja altura acompañada de dos sillones; un ojo de buey próximo a una pintura de carácter bucólico filtraba la luz del amanecer. Muniagurria pensaba con satisfacción y algo de orgullo en la noche pasada junto a Albertine: el fasto circundante, los temas ejecutados por la orquesta y la misma imperatividad del deseo habían sido suficientes para permitirle ofrecer la mejor versión posible de sí mismo.

Muchos años después, y en los días previos a su muerte, volvería reiteradamente al recuerdo de aquella lejana e inolvidable noche en el trasatlántico. El amanecer de Albertine era diferente: el "crescendo" emotivo y sensual relacionado a las horas pasadas con Muniagurria estaba ligado no solamente a la instantaneidad del momento presente, sino también (y lo que era más importante aún) a la recuperación del pasado más preciado.

Así, Albertine pudo recordar, y de manera casi perfecta -gracias a los sortilegios de la pasión-, aquella cena anterior a su primera noche de amor con el conde von Richthofen en la Fráncfort del Meno del año 1919. La plenitud de los sentidos experimentada en la proximidad de Muniagurria habría de despertar la concatenación de los episodios vividos casi tres años atrás en un tiempo del que su conciencia guardaba una memoria atenuada por la tristeza.

Bajo la llama de esa combustión lenta y clara, la conciencia de Albertine recuperaba  el trato preferencial que la madre y el hermano del conde le habían tributado durante la cena y los temas de la conversación en la sobremesa (las reacciones de la prensa alemana ante el estreno de una obra de Richard Strauss y el relato de una hazaña guerrera protagonizada por el tatarabuelo de uno de los amigos de von Richthofen en las postrimerías del siglo XXVIII). La madre del conde había observado a la joven francesa (ese momento sobrevivía intacto en el recuerdo de Albertine) con un ceño jovial y distendido, antes de preguntar:

—¿A qué edad aprendió nuestro idioma?        

Albertine respondió:

—No lo recuerdo demasiado bien, pero creo que fue a mis cuatro años. Mi abuela materna nació en Berlín y pasó gran parte de su vida en Alsacia. Pocos años después de mi nacimiento en París, abandonó su residencia en Estrasburgo -dos de sus hijas siguieron viviendo ahí- y ocupó la habitación principal de nuestra casa en la Rue d'Assas. Desde muy pequeña escuché el alemán -mamá recitaba a Goethe todos los días- y con la llegada de mi abuela, supongo, esa costumbre se fue acrecentando día a día. Cuando cumplí cinco años recibí como regalo una edición ilustrada de leyendas alemanas.

Fue mi primer libro y mi iniciación a la lectura en la lengua materna. Apoyaba el libro en la mesa del escritorio de mi padre y con ayuda de mi abuela garabateaba mis primeras letras y palabras en un gran cuaderno de tapas de terciopelo. A los seis escribía de corrido y en un alemán correcto. Después comenzaron los viajes, y siguieron las lecturas diarias, por supuesto.

Todo eso estaba incólume, ahora, en la memoria de Albertine. De esos relevamientos precisos del pasado era responsable un hombre que dormía en un camarote cercano al suyo. Albertine se cubrió la cabeza con la almohada. Dos horas más tarde entraría en un sueño largo reposado y profundo del que le fue difícil emerger antes de dirigirse al nuevo encuentro con el argentino Enrique Aparicio Muniagurria.

Continuará... (www.REALPOLITIK.com.ar)


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Juan Basterra, La parisina

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