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21 de septiembre de 2023 | Historia

Siglos XVI y XVII

¿Qué fue la Revolución Industrial?

Es considerada la transformación más importante de la historia de la humanidad desde la aparición de la escritura. Todas las disciplinas científicas coinciden en tomarla como punto de referencia de la civilización moderna. Esto no significa que constituya el elemento motriz de la modernidad ya que sería reducirla a una dimensión exclusivamente econ

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HORACIO DELGUY

por:
Alberto Lettieri

La modernidad es un proceso complejo que se nutre simultáneamente con la creación de un orden internacional, con el desarrollo científico, filosófico y artístico, con una nueva definición de lo político y, por supuesto, con una revolución tecnológica y productiva. Un orden internacional que, nacido a la sombra de la expansión europea sobre los continentes americanos y asiáticos en los siglos XVI y XVII, dio origen a las relaciones mercantiles; un pasaje de un mundo teocéntrico a un universo donde la racionalidad del hombre se constituye como la piedra angular de la existencia humana, lo que redundó en que todo lo tangible y también lo inmaterial fuera objeto de conocimiento y acción; la construcción de un poder político secularizado, disociado del poder divino, y a su vez materializado en un ente delimitado territorialmente, centralizado y soberano: el Estado; una revolución inédita en la forma de producción a partir de la cual el conocimiento humano se transforma en una praxis que transforma la naturaleza y la pone a su servicio. Todos estos elementos dan cuenta de la compleja trama de la historia moderna y, al igual que ésta, no puede reducirse a explicaciones simplistas.

En este sentido, la historiografía tradicional consideraba que la revolución industrial había sido un proceso muy rápido gestada a partir de la innovación productiva, que habría motivado el abrupto fin de una economía rural basada en prácticas rutinarias, con limitada capacidad productiva, que se habrían mantenido con escasos cambio durante generaciones. David Landes definía a la revolución industrial como un complejo de innovaciones tecnológicas que, al sustituir la habilidad humana por maquinaria, y la fuerza humana y animal por energía mecánica, provocó el paso acelerado de la producción artesanal a la fabril, gestando el nacimiento de la economía moderna.

La aplicación de la energía inanimada (vapor), y las mejoras en la obtención de materias primas aplicadas a la metalurgia y a la química habrían jugado, a su juicio, un papel decisivo. Este proceso, iniciado en Inglaterra en el Siglo XVIII, se habría ido difundiendo al resto de Europa y a otras regiones del planeta, transformando, “en menos de dos generaciones, la vida del hombre occidental, la naturaleza de su sociedad y sus relaciones con los demás pueblos del mundo”.

Esta interpretación que hacía hincapié en el cambio acelerado provocado por una revolución industrial que habría explotado en las dos últimas décadas del Siglo XVIII, predominó en la historiografía hasta la década de 1970, sostenida por la obra del economista Rostow, Las etapas del crecimiento histórico, en la que definía un modelo de fases sucesivas que habría posibilitado la transición de la sociedad tradicional a la industrial. La fase del take off (despegue), estaba constituida por un breve lapso durante el cual se producía una transformación drástica de las estructuras productivas y sociales tradicionales.

Sin embargo, las investigaciones posteriores relativizaron la concepción de la revolución industrial como una fase de brutal aceleración del cambio económico, al comprobar la existencia de un proceso de duración más prolongada, que no expresaba unidad sino profunda diversidad en su desarrollo. En tal sentido, Williamson, Crafts y Harley, aplicando métodos cuantitativos, elaboraron una explicación muy diferente de la revolución industrial, demostrando que el cambio económico operado a partir de 1780 era más lento de lo supuesto, incluso en relación con las décadas que lo precedieron, y si bien la producción de algodón y de hierro habían manifestado un significativo crecimiento, otros segmentos de la economía habían experimentado importantes retrocesos.

Continuando con el cuestionamiento de la tesis de Rostow, la vertiente “gradualista” propuso el concepto “protoindustrialización” para destacar la complejidad, coexistencia y variedad de formas productivas simultáneas –y, a menudo, complementarias–, que permitían combinar la producción fabril con otras actividades tradicionales desarrolladas en el ámbito doméstico y rural. Estos autores consiguieron demostrar la existencia de una prolongada etapa industrial caracterizada por el trabajo domiciliario que preexistió a la revolución industrial, pero que no desapareció, sino que resultó complementaria con los tramos iniciales del sistema fabril,

De este modo, es hoy posible afirmar que la transformación productiva fue muy paulatina y cuyo origen se remonta a la segunda mitad del siglo XVII. Por otra parte, las investigaciones históricas también se interrogan por las razones que expliquen por qué si gran parte de las potencias europeas de la época tenían potencialidades económicas y sociales similares, sólo Inglaterra pudo ser precursora del industrialismo. En otras palabras ¿por qué Inglaterra? Para dilucidar este interrogante, resulta adecuado analizar diversos factores que confluyeron en el proceso industrializador inglés. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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