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3 de octubre de 2023 | Nacionales

Liberalismo vs la historia

Las falacias de los libertarios sobre San Martín y su ataque sobre nuestra soberanía

El gurú de la dolarización de Javier Milei, Emilio Ocampo, salió a atacar la figura del padre de la patria, el general José de San Martín, tarea en la que demostró la misma falta de pericia que caracteriza a su plan económico que ya fue descalificado por el FMI, el gobierno de los Estados Unidos y todo el arco de economistas respetables locales.

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por:
Alberto Lettieri

El diletante Emilio Ocampo causó revuelo con sus argumentos insostenibles y a él se sumó otro libertario, Ramiro Marra, quien por su parte avanzó hasta el punto de cuestionar la independencia, inclinándose por los beneficios de mantener la matriz colonial, apelando a sus antepasados españoles.

Las afirmaciones del candidato a jefe de Gobierno porteño de La Libertad Avanza reiteran la posición colonialista ya levantada en su momento por Mauricio Macri, al aludir a la pretendida “angustia” de nuestros patriotas, antes de disculparse ante el rey de España por las acciones de los criollos. Pero aún hay más coincidencias: no sólo Patricia Bullrich, sino varias figuras destacadas del Pro, han coincidido en diversos momentos con Javier Milei al afirmar la soberanía británica sobre las Malvinas. El argumento, rastreadas sus raíces históricas, nos lleva hasta un Domingo F. Sarmiento que, en sus editoriales publicados en la prensa chilena durante los años del rosismo, avaló la misma tesis. E incluso fue mucho más allá, al defender la potestad trasandina sobre la Patagonia.

Los cuestionamientos de Ocampo sobre San Martín tampoco son una novedad. Ya Vicente Fidel López insistió en sembrar dudas sobre su patriotismo, y dio pie a las fundamentaciones sobre su supuesta condición de “espía inglés” que le atribuyen, por ejemplo, el abogado santiagueño Antonio Calabrese o Juan Bautista Sejean. Pero la condena de nuestro Libertador venía de mucho antes y se origina en el círculo que rodeaba al padre del unitarismo, Bernardino Rivadavia, que no sólo lo condenó como “traidor a la patria”, sino que organizó fallidos atentados para terminar con su vida. ¿La razón? La negativa de San Martín de trasladar al Ejército Libertador en Buenos Aires, en 1820, para sofocar la rebelión de las provincias litorales contra el desmedido centralismo porteño implementado por el Directorio. La respuesta del padre de la patria fue impecable: “Jamás derramaré la sangre de mis compatriotas y sólo desenvainaré mi espada contra los enemigos de la independencia”.

Claro está que la posición terminante de San Martín difícilmente pueda ser compartida por los sectores más reaccionarios de la oposición actual. Imaginemos por un momento cómo le caería a una Patricia Bullrich cuyo punto fundamental de su programa de gobierno consiste en “exterminar” a sus compatriotas. Por no hablar de los catorce documentos oficiales firmados por el gobierno de Mauricio Macri en los que se reconoce la soberanía británica sobre las Malvinas. Desde la verdad histórica resulta muy en claro a quiénes corresponden las caracterizaciones de “traidor” y de “agente inglés”. Para ellos, claro está, sólo la mentira, como recurso retórico, queda como alternativa.

El “padre de la dolarización”, Emilio Ocampo, atribuye la creación del “mito sanmartiniano” a Bartolomé Mitre, en su libro "Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana" y asegura que nuestro prócer recibió instrucciones del gobierno británico para su campaña militar, profundizando los argumentos de otro referente intelectual de JxC, Rodolfo Terragno, quien deja planteada la sospecha sobre San Martín al convertirlo en simple ejecutor del plan Maitland, elaborado por ese militar escocés a fines del siglo XVIII. E incluso Terragno llega a afirmar que “Mitre ‘construye’ una historia, que es importante, por supuesto, pero que trata de armar un paradigma del héroe. Y, en consecuencia, una "figura irreal”. E incluso sostiene que “durante todo el período previo a la organización nacional, la figura de San Martín no era tan fuerte. Hasta después de su muerte no era visto como un héroe”. 

Ocampo reitera esos argumentos vis a vis. “Desde que tenemos uso de razón, se nos martilla con que tenemos un padre de la patria. Ese es un personaje ficticio”, afirmó Ocampo. “No se trata de criticarlo a San Martín, sino de ponerlo en el lugar correcto”.

Ni Ocampo, ni Terragno, ni Calabrese, ni Saint Jean son historiadores profesionales. Mucho menos desarrollan una investigación sólida y documentada. En el caso de Ocampo, además, es descendiente -nada menos- de Carlos María de Alvear, director supremo de infausto recuerdo que solicitó a las autoridades inglesas el establecimiento de un “protectorado” sobre el Río de la Plata a punta de bayoneta y que pretendió, sin éxito, deponer a San Martín del ejecutivo cuyano y de la dirección del Ejército Libertador. El cerrado apoyo recibido por San Martín por sus subordinados impidió que su decisión pudiera llevarse a cabo.

¿Cómo sostener la tesis de que San Martín era un “agente inglés”, cuando fue perseguido, sancionado, y hasta tratado de asesinar por quienes sostenían la iniciativa de establecer un “protectorado británico” sobre el Río de la Plata? Cierto es que Mitre trató de construir un mito en torno a nuestro Libertador, pero no con las características que le atribuyen los ensayistas reaccionarios. El fundador de La Nación intentó convertirlo en “el tonto de la espada”, limitando sus capacidades al terreno militar. Una amplia bibliografía demuestra que San Martín excedió largamente esa condición: fue además un brillante estadista y jefe de estado, un diplomático de lustre y una figura protagónica del liberalismo durante su exilio europeo.

Lo que no se le perdona es su rebeldía ante la exigencia de convertirse en herramienta del contubernio entre unitarios y británicos, sobre la base del centralismo porteño. Muy por el contrario, su organización del estado cuyano fue un modelo de referencia para las administraciones provinciales de los caudillos federales. Ÿ ni qué decir de su amargo viaje al Río de la Plata para poner su espada al servicio de la nación en la guerra con el Brasil, al anoticiarse de la asunción de la gobernación porteña por Manuel Dorrego; o los servicios prestados a la Confederación durante el bloqueo francés de la década de 1830 o de la guerra del Paraná librada en la de 1840 para responder a la invasión anglo-francesa.

Para unitarios y liberales el legado de su espada a Juan Manuel de Rosas en 1837 colmó la medida. Pero Mitre, como historiador, no podía escribir una diatriba sobre una figura de culto a nivel internacional, a la que a la fecha se le han levantado estatuas en casi sesenta países de todos los continentes. Por esa razón optó en circunscribirlo a su condición de general excepcional, amputándole el resto de sus virtudes, que iban en la línea exactamente inversa a la de su pretendido biógrafo.    

En este punto es donde se inscribe la defensa del colonialismo español que realiza Ramiro Marra, con ataque a Paka Paka incluido. En la maravillosa divulgación de la historia nacional realizada a través de la tira Zamba, nuestro Libertador adquiere una dimensión excepcional, totalmente justificada. Los argentinos tenemos frágil memoria: tal vez la mayoría haya olvidado que, a partir de su renovado protagonismo, San Martín llegó a ser el eje de la publicidad de una cadena de supermercados.

La ofensiva sobre el “padre de la patria” -y, a través de ella, el cuestionamiento de nuestra soberanía- se hunde por su propia falacia y absoluta insostenibilidad. Con Milei y sus acólitos, lo que avanza no es la libertad, sino la falacia. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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