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20 de octubre de 2023 | Opinión

Elecciones 2023: ¿El miedo contra el optimismo?

Este domingo los argentinos deberemos tomar una de las decisiones más trascendentes de nuestra historia. No sólo deberemos definir un nuevo presidente, sino, sobre todo, la continuidad del consenso democrático existente desde 1983 e, incluso, nuestra propia identidad como nación.

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por:
Alberto Lettieri

La alternativa que se ofrece propone una mercantilización de la vida, en la que las consideraciones económicas sean la única variable a examinar, sin detenerse en si esto implica la venta de órganos o de niños, o bien la exclusión de todo tipo de asistencia gratuita en salud, educación, desempleo o precariedad. Sólo tendrán acceso quienes puedan pagarlas.

Dos sensaciones compiten en el actual proceso electoral: el optimismo desenfrenado y el miedo atroz. El primero, de la mano de la novedad política de los últimos dos años y sus seguidores: el miedo es propiedad de quienes tienen algo para perder, o son capaces de imaginar las consecuencias del estallido de la Argentina. Quienes se inclinan por lo nuevo lo hacen, mayoritariamente, por empatía con el nuevo líder autopropuesto y no en coincidencia con su programa. Aunque lo ignoren, serán las primeras víctimas del estallido.

Seguramente la política tiene mucho que ver en la determinación de que la mayoría de menores de cuarenta años prefiera que todo vuele por los aires, ya que la declinación económica y social de la última década resulta indisimulable y es muy poco lo que les ha ofrecido en cuanto oportunidades. Pero al menos han tenido salud, educación, prestaciones sociales y alimentación asegurada. Precisamente todo lo que seguramente perderán a consecuencia de su propio sufragio. Y que perderemos todos los demás, en caso de que ese candidato y ese proyecto consigan imponerse.

Por cierto que eso no implica plantear que estemos en el mejor de los mundos, ni mucho menos. La política deberá asumir sus errores y sus negociados, y los ciudadanos el desinterés por controlar a sus representantes. Pero una recomposición política sólo podrá hacerse salvaguardando el consenso democrático existente. También podría surgir de su estallido, es cierto. El problema radica en imaginar qué clase de políticos compondrían la nueva casta, si son reclutados o aprueban el tráfico de órganos, la venta de niños, la ruptura con la iglesia y la renuncia a las obligaciones de los padres respecto de sus hijos.

En las PASO el optimismo sin sustento se impuso sobre el miedo racional. Las elecciones generales parecían lejanas y nadie asignaba mayor chance a quien lo promovía. Pero mucha agua corrió bajo el puente desde entonces, y ahora queda claro, o debería quedarlo, que ya no se trata de apoyar a un candidato mediático con el que empatizaban muchas frustraciones colectivas. Ahora, en cambio, esa remota posibilidad se ha convertido en una opción probable.

¿Nuevamente el optimismo fanatizado se impondrá al miedo razonable, o, por el contrario, las mayorías argentinas privilegiarán la vida contra la muerte y los revisionistas autoritarios?

En pocas horas sabremos la respuesta. Después no valdrán los arrepentimientos. Cada uno de los competidores ha sido claro y explícito al formular su propuesta, o al menos dos de ellos. Ahora la decisión es nuestra.


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