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27 de octubre de 2023 | Historia

Periodo de entreguerras

¿Cómo fue la política exterior de los Estados Unidos entre las dos Guerras Mundiales del Siglo XX?

El período comprendido entre 1914 y 1945 marca el fin de la extensa etapa europeísta del sistema diplomático internacional, cuya vigencia se extendía desde la finalización de las Guerras de Religión.

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por:
Alberto Lettieri

Hasta entonces eran todavía válidos los conceptos vertidos a mediados del siglo XVIII por Voltaire, quien había caracterizado a Europa como una especie de gran República, repartida en varios Estados, monárquicos y mixtos, aristocráticos y populares, con el mismo fondo de religión, los mismos principios de derecho público y de política, que no eran frecuentes en el resto del mundo.

Siguiendo esos principios, las naciones europeas no convertían en esclavos a los prisioneros de las guerras que mantenían entre sí, respetaban a los embajadores enemigos, y aceptaban reconocer la legitimidad de ciertos linajes, buscando de ese modo mantener una equitativa distribución del poder e impedir la hegemonía de una sola nación. Por el contrario, estos Estados no acordaban a los pueblos y Estados de Asia o África un estatus similar al propio. Por ese motivo, Japón sólo fue reconocido en un plano de igualdad al vencer a China (1895) y, más aún, tras su victoria sobre la Rusia de los zares. Las Américas se mantuvieron al margen del sistema, con algunas intervenciones intermitentes de los Estados Unidos

La guerra de 1914 hizo estallar a esa gran República. Entre la Revolución Soviética de 1917 y el inicio de la Alemania hitleriana, en 1933, tales principios, creencias y valores comunes desaparecieron. La unión de ambas, con el pacto entre Hitler y Stalin, en 1939, amenazó con borrar definitivamente los restos del viejo orden, y, tras la ruptura del acuerdo entre estos aliados, el mapa diplomático no se volvió menos amenazante: la URSS se acercó a Inglaterra, y Hitler incitó al Japón a lanzarse sobre los Estados Unidos por el Pacífico. La vieja Europa ya no existía. Deportados, persecuciones y crímenes raciales masivos, la muerte esparcida por todas partes.

El nuevo escenario de la guerra era el mundo, o mejor dicho, casi todo el mundo. La única excepción era América. En tales circunstancias, la reconstrucción de un equilibrio internacional de matriz europea con una Alemania aplastada y una Francia y una Gran Bretaña que, aunque vencedoras, se hallaban agotadas, resultaba imposible. Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, dos nuevas potencias, ubicadas en el oeste y el este europeo –los Estados Unidos y la Unión Soviética– heredaron la difícil tarea de establecer un nuevo equilibrio a escala mundial, que se mantendría hasta el derrumbe del Muro de Berlín, en 1989.

Reiteradamente se ha sostenido que la Segunda Guerra Mundial significó la reiniciación de las hostilidades suspendidas en 1918. En efecto, los acuerdos de Versalles no consiguieron generar las condiciones apropiadas para la paz, al no involucrar adecuadamente en el proceso de reconstrucción europea a la principal potencia económica mundial que surgía del conflicto: los Estados Unidos En esa ocasión, tanto la reticencia de las debilitadas potencias europeas a reconocerle un rango equivalente a la principal economía mundial cuanto la aparente voluntad de los Estados Unidos de retornar a su situación de “aislacionismo” previa impidieron que la cooperación tuviera lugar, y quizá, de ese modo, un segundo conflicto podría haber sido evitado.

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, un actor privilegiado, el general De Gaulle, reflexionaba sobre el intenso medio siglo transcurrido, y concluía en que los europeos debían temer más el “aislacionismo” norteamericano que su voluntad imperial. En efecto, no escapaba al estadista francés que eso que los norteamericanos interpretaban como “aislacionismo” ocultaba, en verdad, una voluntad insaciable de poder, que crecía a medida que más se negaba a sí misma. El retraso (visto desde Europa) de la intervención estadounidense en ambas guerras (1917, en lugar de 1914; 1941, en lugar de 1939) había causado costos humanos y materiales irreversibles para el viejo continente. Lo mismo podía decirse de la negativa de los Estados Unidos a ratificar el Tratado de Versalles o la sanción de las leyes de neutralidad durante la década del 30. La oscilación entre el repliegue territorial y el espíritu de cruzada democrática, había dado vida a una fórmula que no había sido ajena al espectáculo de destrucción y desolación que se extendía por el escenario europeo.

Si ésta era la lectura europea del “aislacionismo” norteamericano, ¿qué hubieran podido decir sus vecinos del norte y del centro del continente americano? Las comunidades indígenas fueron expoliadas durante el primer siglo de vida independiente, más de la mitad del territorio mexicano fue anexado por los norteamericanos en la primera mitad del siglo XIX –Tejas, California, Nuevo México y la zona central de las montañas Rocosas (Utah, Nevada y Arizona)– y ya en la temprana fecha de 1823, el presidente Monroe pronunció su característica doctrina que reservaba al conjunto de América como área de injerencia exclusiva de los Estados Unidos

Tras la guerra con España, a fines del siglo XIX, los países centroamericanos se convirtieron, de hecho, o de derecho, en semicolonias sometidas comercial y económicamente, y las irrupciones de los marines fueron un espectáculo habitual en sus tierras. Los tratados les concedieron territorios y bases permanentes, como en el caso de Guantánamo (Cuba) y de la zona del Canal de Panamá, y sus gobernantes debieron someterse a la humillación de mendigar la aprobación de sus vecinos del Norte para conservar sus cargos. Por cierto, la pretensión de “aislacionismo” norteamericana, reiterada hasta el hartazgo, resulta muy difícil de sostener.

Según apuntaba Charles de Gaulle, la acción de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX ha pecado, sobre todo, por su renuencia a aceptar desempeñar el papel que las circunstancias le imponían, no sólo en materia política sino también comercial y financiera. El reemplazo de los bajos aranceles aduaneros Underwood, establecidos por Wilson en 1913, por la tarifa Fordney-MacCumber, en 1922, y por la tarifa Hawley-Smoot, en 1930, elevó en dos oportunidades las tasas, sin que esto les reportara beneficio alguno, y sí en cambio, enormes dificultades para todos aquellos países que deseaban –o no tenían más remedio– establecer relaciones comerciales con los Estados Unidos En realidad, los Estados Unidos, tradicionalmente importadores de capital, no se esforzaron por modificar sus estrategias una vez que, a causa de la guerra, se convirtieron en acreedores del mundo. Lo mismo puede decirse de su decisión de reclamar el pago de las deudas de la Gran Guerra, considerándolas independientes de las reparaciones, al tiempo que se frenaban las importaciones de productos europeos en el mercado norteamericano, a las que se aplicaban gravosos derechos de aduana.

Las leyes de neutralidad votadas por el Congreso durante la década de 1930, y en especial, la del mes de mayo de 1939 –que prohibía la venta o préstamo de material de guerra a los países beligerantes–, sólo consiguió liberar de preocupaciones a la Alemania de Hitler, recordándole que los Estados Unidos no estaban dispuestos a participar de una nueva guerra europea. La interpretación inversa puede darse a la insistencia de Roosevelt de mantener la caduca política de “puertas abiertas” en la China, en tiempos de guerra mundial. ¿Confiaban seriamente los Estados Unidos en poder evitar intervenir en una nueva guerra o sólo se aguardaba el debilitamiento recíproco de los contendientes para obtener amplios resultados a bajo costo, tal como había sucedido con la participación tardía en la Gran Guerra?

Esta tesis, que destila cierto maquiavelismo, ha sido la preferida por la diplomacia inglesa, y podría formularse más o menos del siguiente modo: el poder insular se multiplica a medida que las potencias continentales se agotan en sus conflictos recíprocos. De hecho, no puede descartarse de plano, sobre todo si tenemos en cuenta el escaso empeño puesto por el presidente Roosevelt y el alto mando norteamericano por evitar la catástrofe de Pearl Harbor. También en este caso, el maquiavelismo parece haber estado presente, y así los japoneses ahorraron a las autoridades norteamericanas la responsabilidad de iniciar las acciones bélicas...

Sin embargo, ésta es una sola faz de la moneda. La contracara ha sido sugerida por Paul Valéry, y no deja bien parados a los expertos europeos, forjados en una escuela diplomática varias veces secular; ella sostiene que, a lo largo del siglo XX, el objetivo inconsciente de Europa a través de sus disputas habría sido el de “hacerse gobernar por una comisión estadounidense”. Tras la Gran Guerra, y debido más a la fortuna que a una acción deliberada, esa meta no llegó a alcanzarse; en cambio, a partir de 1945, con una Europa derrumbada material y espiritualmente, las cosas serían muy distintas. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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