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30 de octubre de 2023 | Opinión

Balotaje 2023

“Una libertad sin ideas”: Milei in nuce

Próximos a la definición de unas elecciones presidenciales que fueron interesantes desde un punto de vista electoral en Argentina, pero compleja en términos de transitoriedad política por el encuentro entre un clima económico inestable y una sociedad agotada luego de varios años de sufragios tintados principalmente de azul y amarillo.

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por:
Lucas Agustín Pérez Picasso

[Por que]son más agudas las mordeduras
de una libertad reprimida,
que las de una libertad respetada.”

Cicerón, De officiis

El equipo de Javier Milei ha llegado al balotaje con Sergio Massa a partir de intentar introducir a la discusión partidaria aires de novedad en relación a las ideas políticas que profesaron, no por que aquellas tengan algún dejo de originalidad en la historia política Nacional, sino porque las han formado con la semblanza de la “ruptura” con la uniformidad de las consignas instaladas y los menesteres políticos luego de más de una década de la aparición de la afamada “grieta”. En sus haberes discursivos hay tanto, una apropiación de las demandas populares, en las que encontramos una ebullición antiprogresista, propuestas coincidentemente antipolíticas y antiestatales, como también, la idea de una “ética egoísta” en pos de maximizar la utilidad personal, etcétera. Sin embargo, el concepto que más se destaca en ellas es el de “libertad”. En sus eslóganes, propuestas o, mejor, en el núcleo de la retórica misma de Libertad avanza, el concepto de “libertad” ha sido el pilar central de toda su arquitectura partidaria.

La libertad posee un holgado registro y relevancia dentro de la estructura argumental de la historia de las naciones, como también en los grandes libros de teoría y filosofía política. Su definición, justificación y graduación resulta una problemática de máxima rigurosidad y de una necesidad insoslayable para toda gestión político-teórica. Así mismo, más allá de su extremado valor para lo político, cuando nos adentramos a la realpolitik de la actualidad, resulta un tema infrecuente de invocar dentro de las discusiones que atañen a las democracias occidentales; es más, cuando se piensa coartada la misma, se tiende a afirmar que los regímenes que gobiernan en su falta no se hallan en el gran circulo democrático al que pertenecemos. A su vez, dentro de estas condiciones prácticas, como cuestión a tratar generalmente, la libertad tiende a ser uno exógeno o bien un “indicador” geopolítico que involucra comparativamente a Naciones pudiendo ser, o bien, a través de leves diferencias constitucionales entre las sociedades occidentales o, también, a través de diferencias culturales expresadas en una serie de largas preocupaciones y objeciones sobre el ejercicio del derecho positivo y la administración del estado, como ha pasado tantas veces -bajo el ojo crítico occidental- en las sociedades de oriente medio.

Grosso modo, hemos entendido que en la administración política del estado hay un fundamento que siempre resguardará la “autonomía” a través del ejercicio constante de la democracia y el involucramiento del ciudadano en la cosa pública. A su vez, con el surgimiento de la política moderna en adelante, la administración social ha tendido a pensarse, en mayor o menor medida o desde diferentes enfoques o perspectivas, que el menester estatal radica en la exigencia de regular la cosa pública a partir de leyes constitucionales que “obligan” pero que también posibilitan la justa y libre “cooperación social”.

Ahora bien, los indicios más fuertes o manifiestos que tenemos hoy en día sobre la política a la que adhiere Libertad avanza son las de un núcleo ideológico “libertario” pero encabezado por una retórica agonística que tiene como máximo responsable a Javier Milei. Este se ha circunscripto al “liberalismo libertario” o “libertarismo” cuyo motor de pensamiento político parte de la libertad o, en términos más precisos, el concepto de autonomía como valor fundamental para el análisis absoluto de la sociedad y sus relaciones. Sin embargo, discursivamente, la cabeza de Libertad avanza mostró cierta ambigüedad en su dialéctica electoral, en cuanto a que ha articulado, cierto “populismo penal”, a su vez, mostrándose prohibitivo en sus relaciones internacionales con países orientales, hasta ciertas motivaciones doctrinarias que incumben ideas éticamente rígidas en cuestiones de salud y educación.

Frente a esta gama, no solo de propuestas y necesidades, sino de interlocutores a la que refiere su posición política, la pregunta que podemos hacernos es cómo es posible apropiarse del concepto de libertad facilitando la realización de todas las demás ideas, en tanto que en su mayoría tienen que ver con reducir o prohibir, más que enlazarse a un aspecto que asegure, dentro de la condición social: “posibilidades”. A su vez, Libertad avanza habla generalmente de un “alivianamiento” político-estatal, es decir, quitando más herramientas al Estado seremos más libres de sus ataduras. Una metáfora del liberalismo clásico por excelencia.

Esta correspondencia entre libertad y bienestar ya ha sido trabajada innumerables veces por teóricos liberales que van desde, John Stuart Mill hasta John Rawls y sus miles de críticos en donde encontramos resultados dispares con respecto a la ampliación o reducción de las herramientas institucionales que constriñen al individuo, sin embargo, las propuestas más modernas y no tan radicales acuerdan que es posible lograr un bienestar individual sin llegar a violar ningún derecho constituido socialmente, porque comprenden que el rol que engrana el estado sirve a la autonomía del individuo en tanto, y como ha dicho tres siglos atrás Rousseau, “dándose cada cual a todos, no se da a nadie”. Si uno no se deshace de este malentendido en la forma de comprensión del rol estatal, tendería siempre a pensar que uno al bregar por maximizar la libertad del individuo es necesario pronunciarse en contra de aquellos preceptos que obligan o constriñen la voluntad del ser humano, en tanto que se adosan a una malfunción de los “mecanismos” profundos de estructuración social. No obstante, la discusión por la libertad suele encontrarse, mayormente, por como el estado “regula” finalmente las relaciones cooperativas.

Hay que prestar mucha atención porque jurídicamente, libertad y autonomía no son lo mismo, cuando aparece una la otra deja de existir, porque cuando aparece la ley todos caemos bajo sus efectos y el “ser” se sustituye por el “deber ser”. La libertad no tiene nada que ver con la responsabilidad individual. La libertad dejando de ser concepto o modificación de la voluntad, no existe como tal bajo la forma del deber cívico, en realidad, la misma se presenta como algo que “sucede” cuando nos pensamos como determinados bajo condiciones físicas y que implican alguna forma de relación con el otro. Es decir, la libertad no existe por si sola, debe estar comprendida bajo la forma de una actividad que involucre algún limite, sea lícitamente como lo es la constricción de la ley, o cuando la misma corre peligro bajo alguna forma de dominación efectiva, como lo puede ser la esclavitud.

Frecuentemente lo hemos escuchado a Milei citar la definición de Alberto Lynch (hijo) adoptándola casi como si fuese una verdad absoluta: “El liberalismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad”. Claramente, la libertad es relevante en la máxima, pero más determinante es la noción de derecho a la propiedad. El derecho a la propiedad da forma a la esfera libertaria a la que se desea introducir ideológicamente a la sociedad argentina, porque bajo ese principio, debe descansar necesariamente cierta suposición de una “neutralidad estatal”. Es decir, el estado debe cumplir su labor milenaria de garantizar mi derecho a la propiedad, pero no involucrarse en asuntos de justicia distributiva, cuya más horrenda manifestación es para Milei la del “intervencionismo” y el “paternalismo”, llamándola como “criminal” frente al valor inviolable de la propiedad.

Lo que oculta toda esta propuesta libertaria, en realidad, no es una eliminación de ciertas extremidades del aparato estatal, sino que pretende una redefinición ética del ejercicio del poder público de las instituciones, no solamente por el solo hecho de que todo lo que involucre a la cosa y la intervención pública sea “malo por naturaleza”, sino que avala a partir de los mismos mecanismos criticados, cierta dominación del ciudadano. Es así que el estado solo es llamado a ocuparse de los dispositivos encargados de posibilitar el orden social como lo son lo penal, lo policial y lo judicial, o bien, lo que ha llamado Robert Nozick como un “estado ultramínimo”.  El estado debe ser neutro en cuanto a las relaciones cooperativas, imparcial en cuanto a que aplique justicia, pero sí tiene la posibilidad de reprimir, violentar, condicionar, castigar, a todo aquel que viole ese “orden de libertades”. De esta manera, no se eliminan ni los “criminales impuestos” porque el capital debe ser redistribuido para mantenerse como todo tipo de arquitectura Estatal, pero tampoco, se destinan a la “justa cooperación social” bajo el orden de desigualdades en el que vivimos. Esta redefinición es, al fin y al cabo, una forma de mentar al Estado enfrentándolo a un concepto de libertad completamente arcaico. El concepto de libertad se tergiversa tanto que toma la forma de “transferencia” bajo el dominio privado de un “cliente”. Cliente en su acepción romanista, en tanto que el mismo posee libertad comercial, pero está bajo el dominio de un “patrón” que ofrece su protección, a decir, una imagen simple, casi caprichosa, de cómo debe ser entendido el orden estatal bajo una interpretación mercantil.

Esta construcción, tan antigua como la política occidental, finge de ser una manera de entender “razonablemente” las relaciones sociales en tanto que reducimos toda forma de interacción a través del “capital”, cuyo desenlace culmina siendo una mera ficción, aquella ficción, como hemos dicho, de un “estado neutral”. Es decir, es razonable entender la libertad en estos términos porque los modos en que nos desarrollamos y nos relacionamos son siempre “capitalistas”.  Ese es el poder que tiene la propuesta de Libertad Avanza, el concepto de libertad no tiene mucho que ver con cuestiones inscriptas bajo el ala del “bien común”, de políticas reales o la producción de posibilidades sociales, sino con la forma de subsumir a la sociedad bajo una sola lógica “civilizatoria”. Cuyo fundamento ha intentado entronizar cierta ética respecto del rol estatal a partir del adueñamiento de afirmaciones irrefutables que dictan frases como, que “el capitalismo es moralmente superior”, o consumaciones conspirativas como que “la sociedad ha sido engañada y adormecida por una casta gobernante”, o cierto caudillismo propuesto en su famosa frase “vine a despertar leones”. Entre sus eslóganes se ha apoderado de un viejo precepto ciceroniano que demuestra que “aún muerto el rey es obedecido” porque, si bien el miedo es fuerte para gobernar porque paraliza, el odio colectivo lo es aún más porque es fuente de acción política. Una forma de reinado que deja monumentos que odiar y admirar al unísono, pero más importante, que siempre tiene presencia en el futuro. No es un candidato que ha llegado para gobernar, sino que es uno que ha llegado a obedecer al “desastre” porque, como ha dicho Maurice Blanchot: “el desastre nunca decepciona”. El desastre encarna y adquiere un lenguaje propio a partir de fingir ser siempre otra cosa, a menudo presentándose con las vestiduras de la “novedad”. En la actualidad un desastre puede ser, sencillamente, retorcer la definición de un concepto.

 

(*) Lucas Agustín Pérez Picasso, Universidad de Buenos Aires.


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