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2 de noviembre de 2023 | Historia

(1928-1932)

Los planes quinquenales de la Revolución Rusa

A partir de 1928, Iósif Stalin experimentó un poder casi ilimitado. De esta forma pudo construir un país ideado a semejanza de la magnificencia que había soñado para sí mismo.

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por:
Alberto Lettieri

El stalinismo se caracterizó por establecer un sistema totalitario, definido no solamente por la persecución a los opositores, la centralización del poder y la ausencia de libertades civiles, sino también porque el mismo régimen creó una total homogeneidad identitaria. Esto significa que no existió espacio privado posible escindido de la ideología y acción del Partido Comunista y el gobierno; aunque ambas fueran en la práctica una misma cosa.

Este totalitarismo impidió la acción civil autónoma y no existió ninguna rebelión contra la colectivización de las tierras e industrias ni contra las persecuciones políticas. La autonomía del individuo era impensable en un régimen que se apropió de la palabra y detentó el poder sobre la vida o la muerte de millones de personas. 

Al igual que el sistema nazi, el stalinismo se enmarcó en un tiempo histórico signado por el desprestigio de los regímenes representativos como esfera política donde se dirimen los conflictos societales. Ambos regímenes necesitaron de una movilización continua de la población y la exaltación manifiesta y permanente del líder. Estas características son las que distancian a los totalitarismos de los autoritarismos. Por un lado, los últimos tienden a despolitizar a la población, mientras que los totalitarismos necesitan el continuo referéndum de aclamación del régimen para su legitimación. 

Por el otro lado, se extingue la distinción entre sociedad civil y sociedad política, donde los individuos pierden toda singularidad identitaria. Es verdad que ciertos regímenes autoritarios tienen como objetivo la destrucción de todo espacio independiente, pero lo que efectivamente define al totalitarismo es su efectiva posibilidad de establecerlo.

Stalin fue todo eso para la vida rusa y tal vez mucho más. Para lograr su cometido, debía pergeñar un modelo económico cuyos resultados positivos se visualizaran a corto plazo. Y por ello, a partir de 1928, encaminó todo su esfuerzo a forjar una industrialización vertiginosa basada en la industria pesada y en una agricultura colectivizada. 

Su modelo económico se desarrolló a través de los planes quinquenales. El Primer Plan Quinquenal comenzó en 1928 y duró hasta 1932. Consistió en la rápida colectivización de las tierras, que requirió del exterminio físico de los kulaks y la desaparición de los agricultores libres. La nueva distribución de la tierra hizo que, en una década, invirtiera la proporción de la riqueza extraída de cada sistema agrícola. En efecto, a fines de la década del 30, el 86 por ciento de la producción agrícola era suministrada por las granjas colectivas, mientras que un 9% estaba en manos de las granjas estatales.

Estas cifras muestran que la producción privada era casi insignificante. Bajo el sistema de los Koljoses, las autoridades soviéticas suministraban maquinaria, semillas y otros insumos, retribuyendo al campesino según la proporción de los días trabajados. Por su parte, en los Sovjoses eran gestionadas directamente por el estado. Los resultados de la colectivización forzosa no fueron satisfactorios y el abastecimiento de alimentos siguió siendo insuficiente.

No obstante, el problema económico seguía atado a una industria no integrada y poco dinámica en su organización productiva. Por ese motivo los técnicos del gobierno comenzaron a adoptar como modelo los procesos de producción fordistas que estaban generando niveles de bienestar importantes en Estados Unidos. La planificación estatal en materia de industria se materializó en la creación de un Consejo Nacional de Planificación Económica, encargado del nivel superior de la economía. Como en toda economía planificada, se crearon numerosos organismos estatales encargados de la gestión e instrumentación de los planes económicos.

Uno de ellos, conocido con el nombre de Gosplan, permitió el desarrollo de un proyecto industrial basado en los insumos energéticos para auxiliar a los sectores de punta de la economía. Para ello se construyeron diez usinas hidroeléctricas y veinte usinas térmicas y se incentivó la industria pesada.

A su vez, se creó un organismo encargado de orientar los recursos a los sectores productivos, conocido como Gosnab. Stalin orientó su gobierno de acuerdo con la fase industrial vigente en todo el mundo, donde la industrial familiar había desaparecido hace mucho tiempo atrás y toda la actividad se concentraba en organizaciones vertical y horizontalmente integradas, basadas en una industria de base, con grandes inversiones en capital fijo y destinada a la fabricación de maquinarias. 

Los sectores de punta fueron la siderurgia, la cual se localizó en Ucrania y en los Urales, y la construcción de ferrocarriles, siendo la más importante la finalización del Transiberiano que recorría 1.500 kilómetros desde la región del Turkestán hasta Siberia central. Su importancia económica radicó en la conexión de las zonas algodoneras asiáticas, la producción de cereales en Siberia con las ciudades y los polos industriales.

Durante cuatro años se desarrollaron 1.500 nuevas grandes empresas industriales y otra multitud de antiguas empresas fueron reconvertidas. Por otra parte, amplificó la política energética con la construcción de represas hidroeléctricas. Como se dijo en los párrafos precedentes, Stalin eligió comenzar por la denominada “industrialización difícil” cuya producción requería de grandes inversiones de capital y desestimó la industria de bienes de consumo que suelen usar mano de obra intensiva y no requerir grandes capitales iniciales.

En ese sentido, los técnicos del gobierno comenzaron a adoptar como modelo los procesos de producción fordistas que estaban generando niveles de bienestar importantes en Estados Unidos.

Las estructuras internas de las fábricas desarrollaron los métodos fordistas y tayloristas con el objetivo de optimizar el trabajo y elevar el rendimiento individual de los obreros. La cadena de montaje facilitó la producción en serie, reduciendo los tiempos de producción por unidad.

Este modelo de desarrollo no apuntaba al fortalecimiento del mercado interno a través del consumo, sino a equiparar la economía del país con la de las potencias industriales de Occidente y la de Japón. Ante tal elección, el nivel de vida de los trabajadores no se alteró a corto plazo, signado por la racionalización de entrega de mercaderías necesarias para la alimentación de las familias soviéticas. Sin embargo, modificó la estructura social soviética al expandir un proletariado industrial que pronto alcanzó la cifra de tres millones y medio de trabajadores.

Stalin impulsó también una industria automotriz a gran escala aunque su producción no estuvo abocada a la fabricación de autos particulares sino de ómnibus para el traslado de los obreros y vehículos de carga –camiones– y de mecanización agrícola: tractores. La planificación industrial fue tan exitosa que, en 1933, dio lugar al Segundo Plan Quinquenal. Éste consistió en la radicación de plantas industriales con tecnología de punta en los límites entre Europa y Asia, al este de los Montes Urales. La elección de focalizar los polos industriales en dicha zona, obedecían a la inminente Segunda Guerra Mundial y la necesidad de proteger el aparato productivo de la devastación bélica.

Este plan previó una deslocalización del mercado de trabajo. Para proveer de mano de obra a las industrias se recurrió al reclutamiento forzado de campesinos. En este mismo sentido, desde 1935, las mujeres urbanas fueron incorporadas como obreras.

En 1938, se inició el Tercer Plan Quinquenal que, en el marco de la carrera armamentista mundial, tuvo como objetivo consolidar una industria de escala destinada a la producción de armamentos. En muy poco tiempo alcanzó un nivel de industrialización similar al de Estados Unidos y al de Alemania. Al finalizar la década del 30, la URSS se había convertido en una potencia económica mundial.

El resultado de la “industrialización a marcha forzada” fue a largo plazo exitoso en términos de crecimiento económico, pero no logró una riqueza proporcional en el seno de la población. Con todo, quedaba pendiente la reconfiguración territorial del imperio ruso que permitiera soñar con una revolución mundial, objetivo que si bien había sido postergado, nunca fue abandonado del todo. Su intervención en la Segunda Guerra Mundial le brindaría un nuevo escenario mundial, propicio para la parcial realización del ideario comunista. (www.REALPOLITIK.com.ar) 


ETIQUETAS DE ESTA NOTA

Historia, Alberto Lettieri, Iósif Stalin, Rusia

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