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16 de noviembre de 2023 | Opinión

Balotaje 2023

¡La casta está en orden!

¿Es La Libertad Avanza un tratamiento milagroso contra la vejez? ¿Es Sergio Massa nuestro Frank Underwood en una versión pobre y desteñida al estilo Lucrecia Martel? ¿Impugnar convierte al votante en tibio, aunque lo haga en caliente? ¿Encontraría Plutarco algún paralelismo entre las vidas de Mark Lombardi, Horacio Lombardi y Caruso Lombardi?

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por:
Gustavo Charif

Nunca me gustó la literatura de Charles Bukowski. Sin embargo, en un artículo publicado en 1968 (You say you want a revolution?, o ¿Dices que quieres una revolución?), el autor germano-estadounidense piensa algo que subrayo: “…cuando te dan la opción de elegir ente Nixon y Humphrey es como si te dieran la opción de elegir entre comer mierda caliente o mierda fría” (“...when you are given a choice between Nixon and Humphrey it’s like being given a choice between eating warm shit or cold shit). Quizás no tenemos derecho a quejarnos de la oferta disponible (fría o caliente) como plantea Bukowski. Puede que ese dualismo sea el resultado de una vida plena de distracciones, de una no-vida. Nadie tiene derecho a quejarse de las opciones, cuando las opciones son la consecuencia de no haber hecho casi nada bien desde la mañana del 4 de junio de 1943.

Pero hablemos del presente...

A finales del mes que se nos acaba de escapar, Hernán Lombardi declaró en una entrevista con Ernesto Tenembaum: “Para mí votar en blanco es hacerse el boludo”. Haciendo gala de su rico vocabulario, en la misma semana le dijo a Cristina Pérez: “No me voy a hacer el boludo, voy a votar a Milei” (como si a Hernán Lombardi le hiciera falta pretender). Al mismo tiempo, para Mauricio Macri los millones de seres que suman quienes no van a votar, quienes votan en blanco y quienes impugnan el voto, son “tibios”. Y la palabra “tibios” es replicada en los últimos días por muchos “periodistas” que funcionan de megáfonos.

Mauricio nunca fue tibio, claro. Los tibios son de lo peor. Lo sé, porque yo mismo soy un tibio que se opuso al kirchnerismo abiertamente desde el 2003. En la lógica macrista también sería tibia Elisa Carrió, quien en 2008 denunció ante la justicia a Néstor Kirchner, a Julio de Vido, a Ricardo Jaime, a José López, a Cristóbal López, a Lázaro Báez, a Rudy Ulloa, a Ricardo Etchegaray... Y que ahora, con su habitual y desmesurada tibieza, dijo que impugnará su voto. Y, alguien debe decirlo, impugnar es mucho peor que blanquear: impugnar es un mensaje de una tibieza repugnante. Yo mismo, que nunca voté con Carrió, también impugnaré mi voto. Aunque no recomiendo que lo hagan, pues nadie puede figurarse la vergüenza que da hacerlo. No sé con qué cara voy a mirar a Mauricio, un tipo tan irreprochable desde todo punto de vista, si por casualidad nos volvemos a encontrar. Porque él es como el joven rey de Oscar Wilde, que “nadie se atrevía a mirarlo a la cara, porque era semejante a la de un ángel” (“But no man dared look upon his face, for it was like the face of an angel”). En este momento no logro recordar que él haya denunciado alguna vez a un funcionario corrupto, aunque seguro lo hizo muchas veces. Se le puede reprochar que sometió al país a un gradualismo tímido y empobrecedor durante su presidencia, y que después se tomó un lustro sabático jugando al bridge y paseando por el mundo mientras soportábamos las reglas del “gobierno de científicos”... Pero por fortuna volvió a tiempo para recordarnos, a los tibios, lo que debemos hacer.

Porque la verdad es que los tibios nunca hacemos lo que debemos hacer, y no merecemos ser parte de una sociedad con tanta gente lúcida y patriota. En la noche del debate presidencial, por ejemplo, yo, como buen tibio que soy, no sabía qué pensar. Por suerte al programa de Jorge Lanata llevaron para explicar la cosa a un intelectual cuya agudeza sólo es comparable a su estatura moral: Mario Pergolini, se llama. Lástima que accidentalmente cambié de canal y no pude escucharlo completo, pero esos segundos que vi me fueron suficientes para darme cuenta de que Alejandro Fantino puede tener esperanzas de conducir una serie documental a la manera de la recordada Connections de James Burke, o un programa sobre libros como el viejo Apostrophes de Bernard Pivot.

Estoy seguro de que ese Pergolini no debe ser ningún tibio. Porque los tibios sólo tenemos confusión. Lo que salva al país de nosotros los tibios es que, para compensar, hay gente de bien que tiene todo muy claro. Yo no sé cómo hacen, pero los admiro. Por ejemplo, los expertos en las tardes de La Nación + y de C5N. Gracias a ellos nos enteramos de los avances científicos y de las nuevas corrientes filosóficas. Así sabemos, por ejemplo, que los problemas de próstata se curan automáticamente una vez que el afectado se convierte en seguidor de Javier Milei, y que cualquier pobre de espíritu se transformará en un racionalista ilustrado una vez que vote a Sergio Massa.

Estos procesos de transformación religiosa o mágica por medio de una simple ceremonia, semejantes a la comunión o a la reunificación de una mujer serruchada, no son nuevos ni exclusivos del seudoliberalismo de los Milei’s fans. Por ejemplo, recuerdo cuando cualquier kirchnerista se transformaba en honrado republicano una vez sumado a “Cambiemos”. No importaba que Martín Lousteau (el hijo de Guillermo Lousteau Heguy, ex-funcionario de la última dictadura militar) contribuyera a dejar el país al borde de una guerra civil como funcionario de Cristina Elisabet de Kirchner: luego de ser presidente del BAPRO, asesor de la presidencia del Banco Central, jefe de Gabinete de la provincia de Buenos Aires y, al fin, ministro de Economía de la Nación kirchnerista, Lousteau emergió del automóvil de Juana Viale ya como Bruno Díaz hecho Batman luego de bajar por el batitubo, en la vieja serie de los años sesenta. Similar es el caso de Miguel Ángel Pichetto, que luego de ser menemista, de pasar más de una década como jefe de la bancada kirchnerista en el Senado, y de defender con todo su poder la libertad de Cristina Kirchner, fue ungido honesto y republicano por la mano milagrosa de Mauricio Macri.

También recuerdo que antes, hace veinte años, bastaba con seguir a Kirchner para ser un argentino de ley. Y los que no lo seguíamos éramos “gorilas” insensibles y carentes de “sentido social”. Hoy, gracias a Javier Milei (ex-asesor del kirchnerista Daniel Scioli, y antes ex-asesor del criminal Antonio Domingo Bussi), sabemos que todo político pertenece a una “casta” hasta que entra en La Libertad Avanza: una vez allí, sin importar la edad ni el estado civil, el político pasa a ser joven y virgen de toda política; como Guillermo Francos, por ejemplo, que fue funcionario de las dictaduras de Roberto Levingston y de Alejandro Agustín Lanusse entre 1970 y 1973, funcionario del gobierno de Isabel Perón entre 1974 y 1976, funcionario menemista y funcionario kirchnerista, pero ahora es un joven emprendedor liberal al que podemos ver respondiendo a las cordiales preguntas de periodistas tan republicanos y serios como él. Y es que ninguno de ellos, ni los entrevistadores ni el entrevistado, son tibios. Nunca lo fueron.

Estas transformaciones no tienen fin. Por ejemplo, las listas de La Seudo-Libertad Avanza están repletas de massistas conversos... Los cuales, una vez electos, recuperarán la memoria.

Hablando de memoria, hagamos una breve cronología de lo evidente para no perdernos... Los jefes de Sergio Massa inventan un candidato “liberal” desde el Grupo América. Luego Massa puebla las listas de Javier Milei con su gente y le brinda apoyo logístico para las PASO, con la doble finalidad de asegurarse más legisladores y a la vez dejar a JxC como tercera (moribunda) fuerza. Luego Mauricio Macri interrumpe su lustro sabático y, a espaldas de sus otrora aliados, pacta con Milei (tal vez impunidad y cargos para los amigos, a cambio de fiscalización en el balotaje). Una vez implosionado JxC, se le retira a Milei parte de la logística que se le había dado en las PASO (Luis Barrionuevo, por ejemplo). Por último, Macri nos dice cómo debemos comportarnos, y se presenta a elecciones... En un club de fútbol. Fin de la cronología.

Pasemos ahora al futuro posible...

No importa quién sea el próximo presidente, pues el pozo de donde vienen los fríos (los seudo-liberales de Milei) y los calientes (los seudo-peronistas de Massa) es el mismo. Si hacemos un diagrama a la manera del artista (¿suicidado?) Mark Lombardi, veremos con claridad que los jefes del frío Massa y del caliente Milei son los mismos. Podríamos hacer un dibujo que vaya desde José Luis Manzano (Phoenix Global Resources) hacia el norte: la fundación Clinton, el Partido Demócrata de los Estados Unidos... Y mejor no seguir si no queremos terminar hablando de Larry Fink, Bill Gates, Klaus Schwab y hasta del Petiso Orejudo (si estuviera vivo).

La única diferencia entre Massa y Milei es que el primero es un político profesional y el segundo es un empleado de la política profesional. Por lo tanto, Massa ya es presidente, “gane” o no Milei. Si lo vemos en números, a los votos de Massa habría que sumar la mayor parte de los votos que tuvieron Juan Schiaretti y Myriam Bregman. Si cuentan más o menos bien, el resultado lógico estaría a favor del Frank Underwood de Tigre. Sólo existe una posibilidad de que pongan a Milei de presidente, y esa posibilidad se concretaría si a los jefes de ambos “contrincantes” les conviene un año de Milei para que use una “motosierra” marca Remes Lenicov y, luego del estallido, Massa pueda asumir con el camino allanado. De lo contrario, si los jefes no lo consideran necesario, asumirá Massa con el camino a medio pavimentar. De una u otra manera, ya sin kirchnerismo ni macrismo, antes de 2026 la carrera política de Milei estaría terminada.

El que Massa logre lo que muchos queríamos (el fin del kirchnerismo), y que, con la ayuda de Milei y del propio Macri haya logrado lo que el kirchnerismo nunca pudo lograr (el fin de JxC), ¿significa que podemos tener esperanzas en lo que vendrá? Bueno, cualquiera que conozca un poco la historia de José Luis Manzano, de Larry Fink, de Bill Gates, de Klaus Schwab y del Petiso Orejudo pero, sobre todo, cualquiera que conozca la trayectoria de Sergio Massa, sabe que lo que viene será peor a lo ya vivido. Primero, porque en los últimos veinte años se aceleró la destrucción de los recursos humanos en la Argentina. Y segundo, porque Massa es capaz de superar lo peor del macrismo, e incluso lo peor del kirchnerismo.

Veo el futuro argentino como una tragedia a lo Macbeth, pero mal escrita y en versión de sainete criollo. Imagino la escena para un primer final, situados en diciembre de 2024: Ricardo Alfonsín ante un grupo de amigos, brindando con un espumante de cuatrocientos dólares en el balcón de una embajada europea, improvisa un pequeño discurso que concluye con un alegre “¡La casta está en orden!”.

 

(*) Gustavo Charif, bio.site/chari


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