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26 de noviembre de 2023 | Nacionales

¿Qué pasa, Milei?

La casta ya no tiene miedo, ahora festeja

Durante mucho tiempo, para la mayoría de los argentinos Javier Milei era un “loquito”, de quien se permitían dudar sobre su estabilidad emocional para ejercer el gobierno ante las presiones que implicar el ejercicio de la primera magistratura.

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De un lado, los embates del campo popular, por las resistencias que generan -y que continuarán generando- necesariamente sus propuestas. Del otro, los cortocircuitos internos de su alianza electoral, entre las aspiraciones de la vicepresidenta, Victoria Villarruel, quien quiere consolidar su propio polo de poder dentro del gobierno; y las del macrismo.

Durante la extensísima campaña electoral el libertario mostró diversos rostros. Primero dejó creer que era un instrumento de Sergio Massa para dejar afuera de la contienda a Patricia Bullrich, y, de cara al balotaje, que era el instrumento de Patricia y Macri para derrotar a Massa. Y a partir de la noche de la victoria, trató de compensar con simples palabras de agradecimiento el aporte de sus socios del Pro, y dejó inicialmente afuera a los postulantes acercados por el propio Macri. Ni Germán Garavano se quedó con Justicia, ni Javier Iguacel con YPF, ni Guillermo Dietrich con Transporte. Hasta que Mauricio estalló en la tarde del miércoles, cuando irrumpió en el hotel Libertador cuando el libertario estaba a punto de acudir a una nueva entrevista con su principal operador mediático, Alejandro Fantino.

Sin demasiado protocolo, Macri le marcó la cancha. Primero lo obligó a cancelar el reportaje; después lp obligó a bajar a buena parte de su tropa más cercana de los ministerios y áreas de gestión que ya habían sido comunicados públicamente. Mientras que Ramiro Marra, Carolina Píparo y Emilio Ocampo –el “padre de la dolarización”-, fueron corridos de un plumazo; Patricia Bullrich se terminó quedando con el área de acción presidencial –Seguridad y Defensa-, que Milei desde hace tiempo le había prometido a Victoria Villarruel. Y hasta se rumorea que el súper ministerio de Capital Humano podría suprimirse, o bien que sería también eyectada quien desde hace meses fue presentada como su titular, Sandra Pettovello.

Otros de los reemplazantes, como Federico Sturzenegger o Luis “Toto” Caputo, si bien se fueron en malos términos del gobierno de Macri -y aún no han recompuesto su relación-, demuestran que el mandatario no sólo consiguió a algunos de los suyos, sino que –sobre todo- le impuso a Milei un programa de gobierno que poco tiene que ver con el imaginado por el nuevo presidente: no habrá dolarización, ni cierre del Banco Central, ni venta de órganos ni libre portación de armas. En el núcleo duro del libertario sólo hay resentimiento y denuncias socavadas de traición. Y, lo que es peor, la casta ya no tiene miedo: ahora festeja.

Este cambio drástico producido sólo en cuestión de unos pocos días, revivió los antiguos temores sobre la probidad de Milei para desempeñar la primera magistratura. “Es débil e infiltrable”, había afirmado Mauricio Macri tiempo atrás. No parece haberse equivocado con su diagnóstico.

Si el núcleo duro ya bajó los brazos y tomó distancia de Milei a pocos días de haber ganado la elección, ¿qué queda pensar de ese 30 por ciento que lo votó pensando que, efectivamente, iba a terminar con la casta? Con sadismo, el propio Macri convocó a los jóvenes libertarios a salir a la calle a confrontar contra los que se opusieran a las políticas de privatizaciones y al cambio, a sabiendas de que, en su mayoría, sólo están dispuestos a operar, o a manifestarse, a través de las redes sociales. Llegado el caso de que se produjese finalmente el “estallido”, el presidente no contaría con un solo soldado propio que le responda.    

Lo peor de todo es que, en el hipotético caso de que la violencia invada las calles, no será para confrontar sobre el programa de Milei, sino del de Mauricio. Con apenas el 24 por ciento de los votos Macri va convirtiéndose en el padre de la victoria, imponiendo sus candidatos y su programa de gestión. La relación entre Milei y Villarruel está partida desde antes del balotaje y el único que tiene equipos, influencias y experticia de gestión es el ex presidente.

Entre los festejos de la victoria, Milei le encargó a su jefe de Gabinete, Nicolás Posse, bajarle los humos a Villarruel, quien ya venía organizando actos por su cuenta y de crear su propio logo. Y Guillermo Francos, su ministro del Interior, recibió la tarea de creación de una especie de mileísmo, con Juan Schiaretti, Florencio Randazzo y Rodrigo Llaryola –nuevo gobernador cordobés-, como referencias visibles. A ellos se sumarían gobernadores y legisladores del peronismo no cristinista, radicales, socialistas y referentes del Pro no macristas.

Todo este armado, sin embargo, no alcanzaría para fortalecer demasiado su conmovedora debilidad legislativa y territorial. A lo que se le suma un gabinete sobre el cual no ejerce ninguna clase de liderazgo. Entre los fondos corporativos y Mauricio Macri le han quitado el control de las áreas estratégicas de la gestión y le impusieron su propio programa.

Muy suelto de cuerpo, Guillermo Moreno arriesgó que el mandato de Milei no duraría más de seis meses, ya que colapsaría ante la imposibilidad de controlar la anarquía interna de su propio gobierno. Ha sido generoso: otros, más próximos al nuevo presidente, temen que se canse antes y abandone el timón previo a asumir, o en las semanas inmediatamente posteriores. En definitiva, lo único que precisan quienes aspiran a realizar pingues negocios lo antes posible es contar con cierto manto de institucionalidad. Si no se los puede garantizar el nuevo presidente, en la línea de sucesión aparecerá alguien dispuesto a hacerlo.

Por ahora, Javier Milei resiste, pero sus energías se consumen con el paso de los días. En el 2001, el reclamo del “que se vayan todos” sólo corrió de la escena a Fernando de la Rúa.

¿Y ahora? (www.REALPOLITIK.com.ar)


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