Domingo 5 de abril de 2026

Historia

Siglo XIX

Librecambio y conflictividad social

02/02/24 | Hacia fines del siglo XIX todas las instituciones, relaciones sociales y actores que dieron vida al Antiguo Régimen habían estallado.


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Por:
Alberto Lettieri

En las naciones donde aún se perpetuaban, tenía sus días contados. En aquellos lugares donde se pudo conciliar tradición y modernidad, como es el caso de Gran Bretaña, los conflictos sociales pudieron ser amortiguados, aun con muchas fricciones, por un andamiaje institucional más o menos consolidado; en otros casos, como Estados Unidos, no tenían un arraigo profundo con el viejo mundo como para sentir su desintegración; Francia por su parte, constituye el ejemplo más traumático y en consecuencia más revolucionario de este proceso de ruptura.

No obstante, la consolidación de las relaciones capitalistas iba a continuar su curso, afianzándose en la destrucción de todos los vestigios feudales que aún quedaran. La liberación de las fuerzas del mercado requería la autonomía del hombre, entendida como la eliminación de todas las barreras de protección existentes en el cuerpo social. Un nuevo actor, el proletariado, emergería como contracara de las relaciones capitalistas de producción. La esfera económica debía articularse a partir de una nominal libertad e igualdad para comprar y vender su fuerza de trabajo. Esto era peculiarmente difícil para un mundo acostumbrado a concebir al cuerpo social como un ente orgánico uniforme. Todos los instrumentos destinados a regular y proteger el organismo social debían ser destruidos permitiendo la emergencia del individuo como categoría organizadora de lo social.

La idea del ciudadano implicado políticamente en los asuntos de su nación se combinaba ahora con la emergencia de la cuestión social. Sin refugio en los mecanismos de protección feudales la supervivencia de los hombres dependería de su implicación en la división del trabajo del proceso industrial. Producto de la eliminación de las protecciones sociales, emergió como fenómeno social masivo e inédito, la pobreza. Como novedad de la sociedad industrial, existieron diversas controversias sobre cómo abordar esta cuestión. Inicialmente, los liberales consideraron que la pobreza era transitoria y circunstancial producto de costumbres arraigadas en los hombres que no propiciaban el esfuerzo individual por su impulso natural al ocio. La vocación por el trabajo y los deseos de ascenso social se instaurarían a partir del ejemplo impulsado por la clase burguesa. Sin embargo, este aprendizaje automático no se dio en forma espontánea y con el tiempo la cuestión social se transformaría en una amenaza de disgregación del orden burgués. El temor de la burguesía estaba bien fundado, ya que la necesidad de implicar políticamente a las masas populares en los acontecimientos revolucionarios había dejado como saldo una deuda social de ideales libertarios e igualitarios negados a la mayoría de la población, así como también una conciencia de lucha por sus intereses.

A esto se sumaba la explotación abusiva por parte de los empresarios hacia los trabajadores, que originaron los primeros intentos de creación de movimientos obreros modernos. La puja entre obreros y capitalistas no se circunscribía a las cuestiones relativas al salario y condiciones de trabajo, sino también al supuesto disciplinamiento y control social requeridos para el orden capitalista. Las prácticas propias de la vida industrial implicaron una gran transformación en la vida cotidiana de los hombres, exigiendo la creación de pautas de comportamiento en el interior del taller, obligaciones horarias, de higiene, e incluso de cambios en las rutinas y conductas morales vinculando la vida en el taller con la vida privada de los hombres.

La nueva clase empresarial debió afrontar un doble desafío, por un lado, amoldarse a las nuevas condiciones de competitividad fruto de la interrelación mundial del capitalismo, y por el otro, la creciente capacidad organizativa y de resistencia de los sectores asalariados. En lo referente al primer desafío, es preciso señalar que desde el siglo XIX la economía internacional se había visto beneficiada por los productos de la Revolución Industrial y ya se perfilaba la especialización productiva de acuerdo con los parámetros inducidos por Inglaterra y sus innovaciones en la industria textil, la aplicación del carbón y la energía hidráulica a los procesos productivos. Asimismo, los demás países comenzaron a imitar dicho proceso, extendiéndose los procesos de industrialización a otras naciones europeas y a Estados Unidos. Este fenómeno, que adquiriría cada vez más carácter mundial, engendró nuevas problemáticas para la teoría económica. Prueba de ello será la postura esgrimida por David Ricardo sobre las ventajas comparativas de las economías y cómo éstas se articulan en los intercambios internacionales. En su obra publicada en 1817, Elementos de economía y tributación, Ricardo hace suya la idea según la cual la producción de cada país resulta perfectamente complementario con las demás naciones en tanto cada uno debe abocarse a producir bienes de acuerdo con sus condiciones naturales, geográficas y humanas.

Estas ventajas denominadas comparativas que tendría cada economía respecto del resto del concierto internacional se articularían armoniosamente permitiendo el libre flujo de mercaderías, e incrementando la riqueza total de las naciones. Esta definición enmarca a David Ricardo como el teórico del librecambio, ideología que será avalada por sucesivas generaciones de economistas y llega hasta nuestros días.

En la dimensión microeconómica, Ricardo será portavoz de las preocupaciones empresariales, en tanto que para poder aumentar la competitividad de sus productos el valor de la fuerza de trabajo comienza a ser considerado una variable importante del costo total de producción. La existencia de un mercado de trabajo libre aseguraba por una parte la reducción salarial, pero ésta era insuficiente en la medida que la competencia se hacía cada vez más descarnada. Por otra parte, como ya fue definido anteriormente, la depresión salarial generaba tensiones importantes. Por un lado, provocaba la reacción de la creciente clase obrera, por el otro, pauperizar al obrero implicaba la necesidad de intervención estatal para controlar el conflicto social, bajo mecanismos coercitivos que en última instancia deslegitimaban al propio régimen. Esta indisoluble tensión implicó la temprana intervención del Estado, el cual apeló a mecanismos de represión y paralelamente fue ampliando su esfera de acción en el ámbito social. En este sentido, la protección social constituyó un elemento compensador necesario frente a la tendencia del capitalismo liberal teniendo en cuenta que, en última instancia, el factor determinante de la intervención política consistió en la perpetuación de la economía de mercado.

El “tutelaje extrasalarial” que ejerció el Estado se manifestó en forma distinta de acuerdo con cada economía. Así en Inglaterra, como veremos en otros capítulos, es producto de reglamentaciones que provenían del régimen anterior, mientras que en otros países pudo dejar librada la cuestión social a los mecanismos invisibles de regulación mercantil. Esto ocurrió en aquellos países donde la presión demográfica fue menor y las posibilidades de ascenso social generaron mayores expectativas y efectivas formas de realización, como es el caso norteamericano. En los países donde esto no ocurrió los conflictos sociales fueron de tal envergadura que consolidaron una clase obrera organizada y cada vez más antagónica al capitalismo. Estos países serán escenarios de continuas luchas durante todo el siglo XIX. De esta forma, la transformación de la cuestión social en fuerza política constituye un eje fundamental de la historia contemporánea. (www.REALPOLITIK.com.ar)

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ALBERTO LETTIERIDAVID RICARDO

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