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14 de febrero de 2024 | Historia

1919

La descomposición del Imperio austrohúngaro

La revolución liberal de 1848 que atravesó a toda Europa tuvo consecuencias determinantes para el declinante Imperio austrohúngaro, un conglomerado multiétnico compuesto por numerosas naciones cuyas diferencias irreconciliables habrían de constituir el disparador de la Primera Guerra Mundial.

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por:
Alberto Lettieri

El imperio incluía el territorio austríaco propiamente dicho, Hungría, los Balcanes y muchas ricas ciudades del norte de Italia. El territorio de los Balcanes era particularmente conflictivo debido a las continuas disputas entre las distintas nacionalidades (como la serbia o la montenegrina).

Estos conflictos continúan en la actualidad, y no expresa sino una vieja disputa entre diversas nacionalidades que disputaban territorios que consideran como propio y que, en esa lucha, terminaban debilitándose entre sí, quedando a merced de la potencia imperial que había posado allí su planta.

Para el momento en que nos ocupa, el emperador austríaco ejercía su autoridad sobre Hungría, lo que le significó un dominio efectivo sobre los Balcanes. Con las revoluciones de 1848, el poder del emperador se debilitó. En realidad, Austria era un “gigante con pies de barro”, que se sostenía a través de los tributos que le rendían las ricas ciudades italianas y de financiamiento artificial, consistente en la obtención de préstamos a cambio de prebendas y concesiones de facultades, exenciones impositivas y tierras.

En el terreno económico, la producción austríaca era muy acotada y elemental, no tenía industrias ni una burguesía sólida, contaba con un elevadísimo nivel de población rural y no existía nada parecido a una clase obrera en gestación, aunque contaba con numerosos comerciantes y artesanos. Las mieses del liberalismo económico no habían conseguido florecer. La mayor parte de la población que vivía en el amplio territorio que se extendía entre Hungría y Rusia se encontraba en situación de servidumbre. 

En ese contexto, la única posibilidad de mantener el andamiaje administrativo y el ritmo de vida lujoso de la corte de Viena, consistía en endeudarse. Pero los tiempos no pasaban en vano, y la autoridad del emperador fue decayendo: los conatos de violencia interna y los levantamientos de ciudades y nacionalidades se repitieron. En tal sentido, la rebeldía de las ciudades italianas atrajo la atención de Luis Bonaparte en la década de 1860, quien no dudó en proponerse ponerlas de su lado, aun a riesgo de chocar con Austria.

La vieja corona austriaca fue decayendo, ya que incluso las bases de sustentación de su autoridad –v.g., la pericia de sus ejércitos, la habilidad de su administración imperial, la jerarquía eclesiástica y la policía– sufrieron un constante deterioro a partir de 1848, cuando apenas pudieron ser contenidos los importantes levantamientos nacionalistas de checos, húngaros e italianos. En los años 50, los ejércitos austríacos se mostraron impotentes para detener los nuevos levantamientos independentistas italianos, y debieron recurrir finalmente a la ayuda de tropas reclutadas en los territorios del este para resolver la situación.

La decadencia estaba a la vista. A fin de afrontar la grave situación interna, la administración imperial decidió impulsar una política de germanización que tuvo un resultado inverso al perseguido, pues tensó aún más las ya desgastadas relaciones con las nacionalidades dominadas sin garantizar una consolidación de la autoridad real. Su expresión fue el denominado sistema Bach, que militarizó la administración, imponiendo el uso de la lengua alemana en la burocracia imperial.

Los dialectos nacionales fueron prohibidos, lo cual generó numerosas reacciones a lo largo del extenso territorio del imperio, originando violentos enfrentamientos entre las jerarquías eclesiásticas (de origen austríaco) y el bajo clero (reclutado entre miembros de las diversas nacionalidades), mandos superiores e intermedios del ejército (por la misma razón), etcétera.

El sistema Bach constituía el indicador más fiel de los límites que encontraba un sociedad atrasada, jerarquizada y autoritaria, para recorrer el camino de la industrialización y la modernización. Los principales ferrocarriles y bancos estaban en manos de extranjeros, su presupuesto reflejaba una constante crisis, y la burocracia crecía de manera incontrolable, destacándose por su escasa calidad. La debacle llegó a un punto tal que, hacia mediados de los años 50, la recaudación se limitaba prácticamente a los tributos exigidos a los dominios italianos.

Autoritarismo y decadencia eran así, pues, los rasgos más salientes de una situación que no había alcanzado todavía su punto más alto. En efecto, en 1859 el levantamiento de los territorios del norte de Italia contra la administración imperial significó, en apariencia, sólo una nueva oportunidad para emprender una represión sin cuartel. Sin embargo, los ejércitos reclutados entre los miembros de las nacionalidades dominadas se negaron a responder al llamado imperial, y la dinastía Habsburgo se encontró con un poder militar recortado a sus fuerzas austríacas. La derrota del imperio en la guerra de Italia abrió paso a una crisis sin retorno.

Una de las principales potencias europeas –por lo menos en lo militar–, había sido vencida por tropas mal armadas, indisciplinadas y compuestas en su mayor parte por milicianos sin instrucción, unificados por un ideal común de liberación del yugo imperial. El prestigio del imperio austríaco se derrumbó. El sistema Bach cayó y fue reemplazado por una incierta política de tono liberal que expresaba el agotamiento de la monarquía absoluta.

El emperador se decidió a dar un paso atrás y separó la administración de Austria de la de Hungría y del resto de los territorios, creando el imperio austro-húngaro, que incluía dos coronas: la de Austria y la de Hungría. La imposibilidad de mantener la dominación autoritaria fue claramente percibida por la oposición –que se unificó– y las nacionalidades sometidas. Una nueva oleada de represión se desató entonces, pero ya era demasiado tarde. La guerra entre Prusia y Austria, en el año 1864, sólo duró quince días, y marcó el fin del vetusto imperio del este europeo. (www.REALPOLITIK.com.ar) 


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