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15 de febrero de 2024 | Pastillas de Colores

Prohibida la entrada

El día que cercaron el Cerro de los Siete Colores

El emblemático lugar de Purmamarca es conocido por muchas curiosidades, aunque una destacó por sobre las demás: el alambrado que un local le colocó para cerrarlo.

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por:
Juan Provéndola

Normalmente cuando uno viaja a un sitio turístico o de relevancia determinada estila sacarse la selfie, subirla, compartirla... y no más. Es pequeño el porcentaje de personas, en cambio, que se hacen un tiempo más allá de la inmediatez fotogénica para preguntarse qué hay por encima y por detrás de aquello que nuestra mirada reduce a un decorado para embellecer los muros de nuestras redes sociales. 

Sin embargo, ninguno de los que se fotografió en el Cerro de los Siete Colores durante diciembre de 2018 pudo evitar ver el cercado que rodeaba varios tramos de sus accesos siembre libres, abiertos y gratuitos. Un enrejado espantoso que vino a subrayar la idea de que en Jujuy nunca quedan claros los límites entre lo público y lo privado, entre lo que es de todos y lo que en realidad es de algunos.

En esa provincia, la discusión sobre los derechos posesorios sobre espacios y recursos públicos resulta un tema sensible para una sociedad acostumbrada históricamente a que los gobiernos provinciales administren a favor de los privados. Así se observa con los ingenios o las mineras, que se jactan de emplear a miles de personas, aunque al mismo tiempo son acusadas de contaminar los suelos y el agua, algo similar a lo que sucederá probablemente con el litio. 

A diferencia de otras localidades de la Quebrada como Tilcara, cuyo atractivo principal –el Pucará– se observa con claridad desde la ruta 9, para ver el Cerro de los Siete Colores hay que desviarse un tramo hasta penetrar en Purmamarca, la ciudad que abraza esta maravilla natural pero que no está recostada sobre la Panamericana como sí Humahuaca, Uquía, Tumbaya o Maimará. Primero hay que recorrer unos cinco kilómetros por la misma ruta 52 que luego conduce a las Salinas Grandes y, más allá todavía, al Paso de Jama, que conecta con Chile. Tal vez por esta pequeña "dificultad de acceso" es que el Cerro de los Siete Colores tiene más encanto que las otras postales jujeñas: uno cree inocentemente que esta especie de resguardo y ocultamiento la pone a salvo de la depredación. Incluso la Unesco declaró al sitio como patrimonio cultural e histórico de la Humanidad en 2003.

Así y todo, en noviembre de 2018 el purmamarqueño Edgardo Vilte dio la nota cercando varios tramos linderos al cerro. Vilte es un músico que fue funcionario provincial y pertenece a una familia de fuerte raigambre histórica en el pueblo que se dividió luego del conflicto. Según un video que él mismo difundió en las redes, Vilte reconocía que lo cercó para "limpiarlo" y "cuidarlo". El objetivo final, decía, era levantar allí un anfiteatro público y natural.

Lo curioso es que, a pesar de la intención de instalar allí un foro abierto, la primera medida que tomó tras establecer el cercado fue colocar un cartel que indicaba en mayúscula: "PROHIBIDA LA ENTRADA. PROPIEDAD PRIVADA". Vilte aseguraba que tenía los títulos de propiedad. "Alambró dos accesos importantes hacia el cerro, de la parte del frente, que fueron quitados cuando la noticia llegó a los medios nacionales, aunque aún no hizo lo mismo con otros similares en la parte de atrás", alertó Daniel Condorí, referente de los vecinos purmamarqueños autoconvocados para evitar este emprendimiento que no quedó del todo claro.

El cerro tiene una composición distinta a la mayoría de las elevaciones que conforman la Cordillera de los Andes. No se trata de una montaña sólida y maciza como, por ejemplo, las de la Patagonia, sino que tiene partes huecas. Y su cobertura es de arenisca, convirtiendo la superficie coloreada en una débil carcaza susceptible a cualquier movimiento. Es decir que toda maniobra, obra y construcción puede sacudirlo, percudirlo y poner en peligro su estructura.

En primera instancia, el gobierno jujeño le pidió a Vilte que retirara los cercos, algo que los vecinos denuncian que hizo sólo a medias. Mientras tanto, la Dirección de Patrimonio evaluó el proyecto, los títulos de propiedad y estudios de impacto ambiental que demoran mucho más tiempo que el que se tarda en montar un disparatado alambrado.

Aunque el litigio finalmente no pasó a mayores, abrió un debate no sólo entre lo privado y lo público, sino también entre lo público y lo colectivo (palabras que parecen sinónimos pero que en verdad no lo son). ¿Alguien imagina hacer miles de kilómetros para terminar sacándole fotos a un alambrado? Nadie puede apropiarse de un paisaje, del mismo modo que nadie puede hacerlo con la Luna. Aunque sobre ambos (Luna y cerro) hubo muchos que intentaron el mismo delirio de adjudicarse su propiedad. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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