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27 de febrero de 2024 | Nacionales

El país en crisis

La democracia argentina en su hora más decisiva

El plazo anunciado por Ignacio Torres entra en su cuenta regresiva, y ni el gobernador de Chubut ni Javier Milei muestran intención alguna de bajar el nivel de confrontación.

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por:
Alberto Lettieri

En el entorno del mandatario provincial reconocen que “se fue de boca” al tensar la cuerda demasiado cuando no tenía garantías de que su posición pudiera confirmarse en la práctica, sobre lo cual existen dudas ciertas. ¿Conseguirá finalmente cerrar las canillas para los envíos de petróleo y de gas que abastecen a la red nacional? ¿Se sumará el resto de las provincias patagónicas a esa medida de fuerza? ¿O todo quedará en una bravuconada que le obligará a esconder la cola entre las piernas o, más aún, terminará con su propia destitución?

Detrás de la posición asumida por Ignacio Torres aparece, fantasmagórica, la de Mauricio Macri, quien no ha formulado declaraciones públicas sobre el conflicto entre Chubut y la Nación en los últimos días, actitud que dio lugar a todo tipo de especulaciones. ¿Era realmente Torres quien fogoneó la disputa por indicación de Macri, o terminó “cortándose solo” y poniendo en un brete no sólo a la administración nacional sino también al ex presidente?

Por cierto que no deja de resultar seductora la tesis de un Macri percibido como un cerebro que, desde las sombras, mueve los hilos de la ciclotímica relación entre el Pro y el gobierno de La Libertad Avanza, y que, ante las desoladoras consecuencias sociales de las políticas implementadas por la actual gestión y la brusca caída de 16 puntos de la imagen de Milei a poco más de dos meses del inicio de su mandato, habría juzgado que el momento de reemplazar al inestable e irascible presidente por Victoria Villarruel habría llegado. Más aún, al ego de Mauricio le agrada que se lo considere en semejante situación de poder. Pero también hay una parte racional de su pensamiento, que lo diferencia del primate a cargo del ejecutivo nacional, que le aconseja poner paños fríos y avanzar paso a paso, ya que una solución abrupta para el “experimento Milei” podría fallar y dejarlo con las manos vacías. En efecto, con apenas un par de gobernadores y una limitada dotación de escaños legislativos nacionales, el curso de una eventual sucesión presidencial anticipada se presenta, hoy en día, como un terreno pantanoso.

El panorama resulta aún más grave si se le suman otras tres variables que no pueden dejarse fuera del análisis. La primera de ellas remite a que el conflicto entre las provincias y la Nación ha afectado notoriamente las chances de una fusión entre el Pro en su conjunto y LLA, al tiempo que ha detonado aún más la interna de una coalición como JxC a la que se está a punto de quitarle los medios mecánicos asistencia, una vez agotadas las señales mínimas de la eventualidad de su supervivencia. La segunda es la interna entre Macri y Bullrich por la presidencia del Pro. Queda en claro que la ministra tiene mínimas posibilidades de imponerse en esa competencia, pero aún conserva cierta capacidad de daño. En el caso de que decida sumarse con sus seguidores a LLA, Macri recuperaría la presidencia del Pro, pero sería un partido desgastado y sin garantía de que quienes fueron sus votantes en el pasado mantengan su lealtad. La tercera variable es aún más preocupante, ya que un reconocimiento mayoritario del espectro anti-peronista del gravísimo error cometido al apoyar la llegada a la presidencia de Javier Milei significaría, tácitamente, aceptar que Sergio Massa tenía razón, y que la única opción para conducir a la Argentina en medio de la gravísima crisis que potenció al extremo el presidente twittero es la de un retorno al gobierno del panperonismo.

De este modo, tanto Macri como el resto de universo anti-peronista quedaron inmersos en una disyuntiva pantanosa, que podría significar que, para desarmar al propio Frankenstein que contribuyeron a crear, tengan que terminar aceptando un curso de acción que, más tarde o más temprano, terminaría colocando nuevamente al panperonismo en la conducción de la Nación.

Sin embargo, ni siquiera esta tesis parece sostenerse, cuanto menos en lo inmediato, ya que, pese a sus posiciones públicas de oposición a la mayoría de las medidas adoptadas por el gobierno de Javier Milei, no hay solidez al interior de UxP. La reciente reaparición de Cristina Fernández de Kirchner, criticando a la actual gestión sin omitir claros guiños de seducción hacia el presidente Milei, incluyendo su disposición a discutir la reforma laboral y la conversión de las empresas estatales en sociedades anónimas demostró que, más allá de las expectativas de su retiro definitivo de la política que aguardan desde hace años amplios sectores del peronismo, la ex presidenta no tiene intención alguna de dedicarse al ostracismo. Más aún, su aseveración de que La Cámpora “es la única organización nacional” impactó como un rodillazo en el bajo vientre de optimistas e ilusos. Contribuir a desplazar a Milei para volver a sucumbir bajo el dedo de Cristina es una alternativa que muy pocos estarían dispuestos a acompañar.  

¿Conseguirá el peronismo reunificarse con una mesa de conducción horizontal y ampliada, tal como proponen los gobernadores y algunos referentes partidarios? ¿Conseguirá esta alternativa devolverle su energía aletargada? Y, de ser así, ¿cuánto tiempo llevaría concretar ese proceso de unificación, y qué posición adoptará respecto de Cristina y de La Cámpora?

Así las cosas, la convicción sobre la incapacidad práctica y psiquiátrica de Milei para desempeñar la primera magistratura que experimenta casi toda la dirigencia política, y una cada vez mayor proporción de la sociedad civil, encuentra como límite la ausencia de alternativas concretas para su reemplazo que no terminen debilitando más aún los pilares institucionales y a una cada vez más devaluada convicción en las potencialidades de la democracia republicana. La alternativa de un gobierno de coalición parlamentaria resulta lejana, ya que, si bien la oposición común a Milei permitió unificar algunas posiciones en torno a la resistencia a sus políticas, sobre todo entre los gobernadores de diverso signo, aún subyace la grieta entre peronismo y antiperonismo, no sólo entre la dirigencia, sino también en el problemático tejido social argentino.

Estas razones de fondo son las que permiten plantear dudas sobre hasta dónde los gobernadores y los legisladores estarían dispuestos a acompañar a “Nacho” Torres en su reivindicación de los intereses de las provincias y de sus habitantes, y cuál es su capacidad real de implementar sus afirmaciones. No por casualidad, aún en el marco de su confrontación mediática radicalizada con Milei, no deja de aclarar que está dispuesto a dialogar con el gobierno para alcanzar una solución. Pero el presidente no abre ningún canal porque está convencido de que terminará aislándolo y sometiéndolo.

Así las cosas, la dirigencia política debe resolver, en cuestión de horas, un dilema que la excede notablemente. Si Milei se impone sobre la pueblada de los gobernadores, deberá agachar la cabeza, someterse a sus imposiciones y convalidar que el Congreso es un “nido de ratas”, dando vía libre a una vía de convertibilidad o dolarización en la que ni la dirigencia ni el FMI dan su aval, y que sólo Cristina ve como un horizonte posible. Si, por el contrario, tensa la cuerda al extremo y Milei termina fuera de la Casa Rosada, no cuenta con ninguna opción sólida inmediata para reemplazarlo con cierto nivel de gobernanza asegurado. Por último, alguna clase de solución intermedia que permita procrastinar las definiciones por algún tiempo, se corre el riesgo de que, a falta de señales concretas de conducción en uno u otro sentido, la atomización social termine generando respuestas violentas como respaldo o resistencia a las políticas públicas que promueven la catástrofe humanitaria y la instalación de un estado de naturaleza.

La paz y el bienestar de los argentinos están en manos de una dirigencia que, desde hace tiempo, viene dando claras señales de divorcio con las expectativas y demandas sociales, y que no consigue elaborar un proyecto común de Nación. La urgencia de la hora exige la definición de un programa común que permita aglutinar a las fuerzas de la democracia, aportándole un indispensable grado de gobernanza frente a los terremotos que deberá afrontar. Esta alternativa, naturalmente, demanda renunciamientos, concesiones y un fecundo diálogo entre quienes han hecho de la confrontación su práctica política.

¿Conseguirán ponerse a tono frente a los desafíos urgentes de la hora, o privará la continuidad de un proyecto de extranjerización, empobrecimiento y exclusión social generalizados y de fragmentación territorial como el que caracteriza al gobierno actual?

La experiencia no autoriza a ser demasiado optimistas respecto de la respuesta a ese interrogante, aunque también la historia nos demuestra que muchas veces el miedo es el catalizador más efectivo para garantizar la supervivencia. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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