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29 de febrero de 2024 | Historia

El origen

La creación del Imperio Alemán

A partir de la década de 1850 Prusia estuvo en condiciones de alcanzar un predominio decisivo sobre Austria.

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por:
Alberto Lettieri

Casi el 70 por ciento de las máquinas de vapor existentes en el territorio alemán estaban instaladas ahí, donde además se producían el 50 por ciento de los tejidos, el 90 por ciento del arrabio y el carbón y tenía su sede la mayoría de los bancos.

Entre los años 1850 y 1860, de la mano de un liberalismo autoritario, el poder económico de la burguesía industrial prusiana consiguió superar al de los terratenientes.

Esta situación económica privilegiada estuvo acompañada por un nuevo impulso de la estrategia de unificación económica alemana, incrementándose la colaboración entre Prusia y los estados del centro y el norte del territorio alemán. De este modo, las vías férreas que permitieron integrar crecientemente al mercado interno alemán fueron articuladas en torno de la red prusiana, descartándose de ese modo la posibilidad de incorporar a Austria a la Zollverein. En 1857, aprovechando las penurias austríacas, el tolero prusiano de plata fue adoptado como moneda de curso legal en Alemania, en perjuicio del florín imperial de oro. La unidad alemana avanzaba a paso acelerado. Sin embargo, para incorporar al sur del territorio deberían vencerse no solamente resistencias económicas sino militares, políticas y confesionales.

En 1863, la muerte del rey de Dinamarca, sin sucesión por línea masculina, aceleró la dinámica del proceso de integración, que respondió a partir de entonces a una lógica político-diplomática, y no ya primordialmente económica. Dos ducados germanos se opusieron a aceptar la sucesión por línea femenina –contraria a lo dispuesto por el derecho germánico–, y llevaron la cuestión al foro de la Confederación Alemana, exigiendo la designación de un príncipe de origen alemán en el ducado de Holstein, dominio dinamarqués situado en territorio germánico. El desconocimiento de la sucesión por línea femenina, fundado en el derecho germánico, no aquejaba al reino de Dinamarca en sí, ya que era soberano para imponer sus propias leyes, sino al futuro del ducado de Holstein, situado en territorio alemán, pues se argumentaba que, clausurada la herencia por vía masculina, el ducado no pertenecía a Dinamarca sino a la Confederación Germánica. Otras tradiciones, en cambio, aceptaban también la línea femenina de sucesión. En tal sentido, debe recordarse que los dominios reales en las sociedades del Antiguo Régimen no pertenecían a los reinos o las naciones, sino a los reyes y las casas reales. A juicio de los Estados alemanes, la muerte del último varón de la familia real danesa implicaba el fin de su dominio legítimo sobre parte del territorio alemán. Esta discordia se agravaba ya que, a diferencia del derecho antiguo, el derecho moderno reconocía derechos a las naciones y no a los reyes. Por lo tanto, dos líneas sucesorias –masculina y femenina– y dos derechos –antiguo y moderno– se enfrentaban, dificultando la posibilidad de alcanzar una solución pacífica.

En un principio, Bismarck se mostró reacio a secundar esos reclamos, ya que ponían en riesgo su política de buena vecindad europea con Francia y Rusia, potencias que no veían con buenos ojos la declaración de una guerra que permitiera acelerar el proceso de unificación de Alemania, al colocar a toda la Confederación en un mismo bando. Asimismo, si bien la débil Dinamarca era un adversario militar de escasa monta, sus puertos resultaban claves para la exportación de productos prusianos, pues las comunicaciones marítimas de Prusia –y de Alemania en general– eran ciertamente muy desfavorables. Finalmente, Dinamarca estaba apoyada nada menos que por Inglaterra, potencia que compartía las reservas francesas y rusas frente a la cuestión alemana.

De todos modos, aun cuando estas razones, que aconsejaban adoptar una posición contraria a la guerra eran muy poderosas, pertenecían al terreno de las especulaciones. ¿Qué actitudes tomarían Rusia, Francia e Inglaterra ante una eventual declaración de guerra? ¿Cómo se vería perjudicado el comercio de exportación prusiano? ¿Primaría la voluntad de preservar la paz europea o de impedir la consolidación de una poderosa potencia económica y militar en el centro del continente? De las gestiones diplomáticas no se podían inferir respuestas definitivas. Por el contrario, la verdadera amenaza para Prusia se levantaba en el propio suelo alemán, ya que una oposición consecuente al reclamo mayoritario de intervención armada podría echar por la borda la estrategia de integración económica seguida durante tres décadas, haciendo estallar la Zollverein y entregando la Confederación a manos del emperador austríaco, quien recibiría de ese modo una verdadera inyección de vitalidad para su decreciente poder.

Por ese motivo, Prusia modificó rápidamente su posición inicial, uniéndose a Austria para formular un ultimátum al nuevo rey de Dinamarca, al que consideraban ilegítimo. En su texto, las dos potencias alemanas se presentaban como defensoras de los intereses pangermánicos, exigiendo la anexión de importantes porciones de los territorios en litigio. La guerra estaba declarada y Prusia y Austria sólo debieron dedicar quince días del año 1864 para obtener una rápida victoria. La decisión prusiana había sido la correcta, en vista de su interés de ejercer la hegemonía germánica.

Sin embargo, en términos del equilibrio alemán, la breve guerra no se limitó a reproducir las condiciones preexistentes. En efecto, una vez concluido el conflicto aparecieron los primeros roces entre Austria y Prusia, ya que en tanto Prusia exigía la permanencia de su ejército en las zonas en litigio estableciendo una base militar, y la integración de esos territorios a la Zollevrein, Austria reclamaba la anexión del ducado de Holstein.

Durante algún tiempo, la guerra entre las potencias vencedoras pudo evitarse merced a una solución negociada, cuya consistencia era sin duda muy limitada. El ducado de Holstein fue otorgado a Austria. Sin embargo, rodeado por territorios prusianos, cualquier intercambio entre e Imperio Austríaco y su nuevo dominio estaba sujeto al pago de servidumbre de paso a las autoridades prusianas. En tales condiciones, los años 1865 y 1866 fueron dedicados por Prusia a la preparación cuidadosa de una guerra inminente. Armamentos, ejercicios militares, diplomacia...

Bismarck conseguía superar a paso firme todas las resistencias que se levantaban en contra de la guerra: la de los católicos, que no deseaban un triunfo de la potencia germana protestante; la de los liberales, que temían la consolidación de la monarquía y el retroceso de las modestas libertades conseguidas con gran esfuerzo; la de los legitimistas, que no querían ver a dos potencias alemanas enfrentadas entre sí en una lucha encarnizada que pudiese debilitar a la Confederación frente a las otras potencias europeas; la del proletariado, sometido a graves privaciones y a una disciplina represiva en nombre del proceso de industrialización, y que ahora era convocado a entregar su vida por una causa que no era la de su clase.

Pese a todo, las alianzas internas y externas tejidas con habilidad por Bismarck garantizaron la neutralidad de Francia, y la firma de un acuerdo defensivo-ofensivo con los territorios italianos sometidos al imperio austríaco. Cualquier costo era a su juicio superfluo ante la posibilidad cierta de la unificación definitiva y, en este momento, las expectativas parecían ser inmejorables. Prusia contaba con un ejército moderno de 300.000 hombres bien pertrechados, modernas armas –como el fusil de aguja y el cañón rayado– y una ingeniería de comunicaciones aceitada que aprovechaba al máximo las ventajas de coordinar adecuadamente el telégrafo y el ferrocarril, y sus oficiales estaban bien entrenados para llevar adelante una guerra de aniquilamiento... Frente a esto se levantaba un ejército austríaco compuesto por un número similar de efectivos, con armas menos poderosas y, fundamentalmente, con una composición heterogénea en la que primaban los conflictos internos entre las diversas nacionalidades que formaban parte del imperio austríaco.

En 1866, Prusia invadió el ducado de Holstein: era la declaración de la guerra. Las tropas prusianas derrotaron sin esfuerzo, en sólo quince días, a las austríacas respaldadas por una Confederación Alemana que deseaba poner coto a la agresión desestabilizadora de Prusia. Los resultados del enfrentamiento fueron tan terminantes, que tanto el rey como sus generales se mostraron decididos a continuar la gesta, dirigiéndose a Viena con el fin de aplastar definitivamente al imperio. Sin embargo, el canciller conservó la cabeza fría, y extremó los esfuerzos para evitarlo, ya que consideraba que el avance sobre Viena sería tomado por las potencias europeas –en especial por Francia–, como la señal de inicio de una guerra continental.

Aun cuando la victoria militar había sido terminante, la victoria político-diplomática que le sucedió sería aún mayor. Las negociaciones de paz, celebradas en Praga, marcaron un hito en la decadencia del imperio austríaco y un punto de inflexión definitivo para el proceso de unificación alemana, ya que la Confederación Alemana fue disuelta y Prusia obtuvo el derecho de reorganizar Alemania y anexionarse diversos Estados y territorios. Por el lado del imperio de los Habsburgo la debacle era ya evidente. Si bien su integridad no estaba cuestionada (ya que sólo había perdido el ducado de Holstein y sus territorios de Venecia que pasaron a manos italianas), la derrota política y militar implicó un contundente llamado de atención para el emperador Francisco José.

Frente a la adversidad, el emperador intentó implementar un sistema dualista, poniéndose de acuerdo con los húngaros –quienes, aun cuando se habían negado a enviar a sus ejércitos en la guerra con Prusia, tampoco habían respondido al llamado de Bismarck– para garantizar la sumisión de los eslavos. El sistema dualista incluía una profunda reforma administrativa del imperio, que a partir de entonces pasaba a estar constituido por dos Estados de igual jerarquía, unificados por su subordinación a un monarca común, reconocido como emperador de Austria y rey de Hungría.

El régimen adquiría así la forma de una monarquía constitucional, compuesta por dos Cámaras Legislativas: la de los Señores o Magnates, y la de Representantes, cuyos miembros eran electos mediante un sufragio censatario muy restringido. Los dos Estados tenían tres ministerios comunes: Asuntos Exteriores, Guerra y Hacienda, que, como en el caso prusiano, eran designados y revocables por el monarca. El éxito de las reformas para evitar la disgregación imperial fue significativo, ya que evitó el desmembramiento por casi cincuenta años. Sin embargo, a partir de este momento el imperio austro-húngaro se convirtió definitivamente en un Estado del este de Europa, ya que el sesgado cambio institucional no fue suficiente –ni tampoco se lo propuso seriamente– para revertir el atraso y el empobrecimiento de una economía ligada a la tierra y montada sobre el derecho de conquista.

Tras la victoria militar prusiana el modelo de la Pequeña Alemania terminó por imponerse. En un primer momento, Prusia convocó a veintidós Estados del norte para fundar la Confederación de Alemania Septentrional. Se trataba de un Estado federativo, en el que Prusia ejercía un poder federal superior al de los Estados que formaban parte. Si bien Prusia se reservaba la presidencia, correspondiéndole a su rey el cargo de presidente vitalicio, desempeñado en su nombre por un canciller, la Confederación contaba con dos Cámaras legislativas, un Consejo Federal (en el que Prusia disponía de la tercera parte de los cargos) y un Parlamento del Reich, elegido por sufragio universal. Si bien Prusia mantenía un poder considerable, la centralización no resultó excesiva, juzgándose aceptable para una posterior incorporación de los Estados meridionales, con sus particularismos económicos, sociales y culturales (en especial, su confesión religiosa católica).

La ingeniería del régimen de la Confederación Septentrional fue un éxito rotundo para Bismarck, quien obtuvo un respaldo sin fisuras tanto de la nobleza como de los industriales que de este modo comenzaban a resolver su profundo antagonismo. Una vez consolidada su base política, Prusia sé lanzó a la integración de los Estados de Alemania meridional, estableciendo inicialmente lazos comerciales a través de la Zollverein. La unión aduanera precedía a una inevitable integración política, y así lo permitía prever el acuerdo firmado con los Estados miembro que ponía a sus ejércitos bajo la dirección del rey de Prusia por el plazo de cinco años.

El emperador francés Luis Bonaparte, preocupado por esa centralización militar, económica y política en torno del eje prusiano, intentó incidir en la cuestión alemana, impulsando una Confederación de Alemania Meridional que equilibrara a la del norte. Sin embargo, su fracaso fue terminante, no solamente por los perjuicios económicos que la participación en esta nueva Confederación hubiera significado para los Estados del sur (ya que deberían abandonar la Zollverein), sino también por el rechazo que provocaba la participación desembozada de un emperador de origen francés en una cuestión considerada como puramente alemana.

En tal sentido, la oferta formulada por Luis Bonaparte al rey de Holanda para adquirir el ducado de Luxemburgo, le volcó en su contra a la opinión pública del sur alemán, que no dudó en aglutinarse tras el liderazgo de Bismarck, quien pasó a ser considerado como el principal defensor de los intereses pangermánicos.

La acción de Luis Bonaparte deterioró aún más las relaciones francoprusianas. Hacia fines de los años 1860, la guerra parecía inevitable. Para peor, a la sostenida integración de los territorios alemanes se sumaba un nuevo enfrentamiento entre Francia y Prusia con motivo de la sucesión española, ya que respaldaban a candidatos diferentes. Para Luis Bonaparte el dilema no era menor, ya que, de ser beneficiado el príncipe apoyado por Prusia, Francia quedaría cercada por su oponente, desestabilizándose aún más el equilibrio estratégico europeo. Por entonces, Prusia encabezaba un ejército alemán de casi medio millón de efectivos, bien armado y organizado, frente al cual Francia sólo podía oponer otro, mucho más modesto, de poco más de 250.000 hombres, acostumbrados a la guerra colonial y las tareas administrativas. Consciente de su debilidad, Luis Bonaparte buscó, sin éxito, la alianza con Austria y con Italia. Por el contrario, Bismarck obtenía el respaldo prácticamente incondicional de los Estados de Alemania meridional.

Las cartas estaban echadas. En 1870, las tropas alemanas encabezadas por Prusia derrotaron tras un mes de combate a las francesas. Las condiciones impuestas por los vencedores fueron duras. Entre ellas se destacaban la abolición del imperio francés y la cesión de los territorios en disputa de Alsacia y Lorena a Alemania. Luis Bonaparte había huido, y los negociadores aceptaron las exigencias sin cuestionar. Sin embargo, la. decisión fue repudiada en París, donde se organizó un gobierno de Defensa Nacional. Las tropas alemanas sitiaron la ciudad y el gobierno resistió mientras pudo, para rendirse nuevamente en 1871. En este caso, a las condiciones anteriores se sumó una indemnización de 5.000 millones de francos oro, y dos decisiones claramente ofensivas para el orgullo nacional francés: la autorización de la permanencia de las tropas germanas en París, y la proclamación del rey prusiano como emperador alemán en el Palacio de Versalles. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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