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4 de abril de 2024 | Historia

1919

Los tratados de paz tras la primera guerra mundial

Los países vencedores no estuvieron a la altura de la circunstancia de posguerra. Su racionalidad estuvo condicionada por una mezcla de euforia exitista inicial y una imperiosa necesidad de cargar las culpas sobre los vencidos.

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por:
Alberto Lettieri

Si, desde el inicio, las potencias se habían desligado de su responsabilidad, luego de firmado el armisticio no había ninguna razón para no descargar toda la furia sobre el único enemigo que quedaba más o menos íntegro: Alemania.

Las autoridades europeas consideraron que la única manera de recuperar sus economías consistía en imputarle a Alemania todos los gastos, costos y sufrimientos de la guerra. Pero esto motivó que nuevamente los europeos quedaran entrampados en una serie de negociaciones interminablemente largas. Se plantearon una serie de propuestas que coincidían en que la reconstrucción era posible en la medida en que Alemania hiciera frente a los gastos de la guerra y los efectos de la devastación. En la práctica los países europeos no sabían cómo responder a un nuevo contexto mundial y qué rol le cabía a su continente en este nuevo concierto internacional. Desde el inicio, los reclamos que exigieron a Alemania eran impracticables e imposibles de cumplir.

La Conferencia de Paz realizada por los países vencedores retomó el discurso de T. W. Wilson quien expuso cómo, de acuerdo con la mirada norteamericana, debía configurarse el mapa europeo y de Oriente Medio. El diagnóstico común era que la paz debía ser lograda dotando de autonomía a los países con reclamos de independencia, conservando las peculiaridades étnicas, históricas y culturales. El segundo punto de este diagnóstico apuntaba directamente a resquebrajar a Alemania para evitar cualquier intento de supremacía futura; el tercero, pero no menos importante, era crear un Cordón Sanitario que protegiera a Occidente de los avances comunistas rusos. Por ello, las potencias vencedoras dieron autonomía a los estados bálticos: Letonia, Lituania, Estonia.

Esta Conferencia de Paz era el prólogo para la realización de tratados de paz que se firmaron en forma individual con cada país vencido. Así se firmó el Tratado de Saint-Germain que selló la paz con Austria; el Tratado de Trianon, con Hungría; el Tratado de Sèvres con Turquía; y el más conocido históricamente, el Tratado de Versalles, con Alemania. Cada uno de esos tratados llevaba el nombre de castillos o parques de los alrededores de París, donde se firmaron esos tratados.

Tratado de Saint-Germain

La culminación de la guerra había dado lugar a la independencia de Hungría respecto de los dominios de la casa monárquica de los Habsburgo. Éste era el último paso para la desaparición definitiva del imperio austro-húngaro. Separadas ambas partes, las negociaciones de paz se establecieron en forma individual. Cuando las potencias vencedoras se sentaron a discutir sobre el futuro de Austria-Hungría ya se habían creado nuevas unidades nacionales multiétnicas: Yugoslavia y Checoslovaquia.

Pero adicionalmente, existían otros países que reclamaban territorios del viejo imperio, en particular Polonia, Italia y Rumania. La temprana destrucción de la monarquía hizo que la discusión transitara sobre la situación polaca y la decisión que se adoptaría sobre estos nuevos estados autónomos.

La posición más intransigente sobre el dilema territorial fue la negativa por parte de los aliados de entregar este territorio a Alemania. Su lógica se argumentaba por la necesidad de impedir la construcción de una Austria germana que amenazara la paz con sus tendencias expansionistas.

Las peticiones italianas sobre el territorio de Dalmacia y de Fiume fueron denegadas, lo que representó a los ojos italianos una ofensa que subestimaba tanto su lugar en el orden internacional como los acuerdos previos con los aliados y que hizo que Italia pasara al bando de los aliados. No obstante, Fiume volvería poco tiempo después al dominio italiano. Italia se aseguró el dominio de cuatro islas geopolíticamente cercanas, pero debió abandonar Albania. Superado este punto de controversias, el tratado de Saint-Germain se dedicó a fortalecer los territorios de Polonia, que tenía como fundamento último bloquear la entrada de Rusia.

Tratado de Trianon

Este tratado fue firmado en 1920, por el cual Hungría fue disminuida territorialmente en favor de Checoslovaquia. Además, perdía zonas de Croacia y Eslovenia que quedaron bajo el poder de la nueva Yugoslavia, lo mismo ocurrió con los territorios que Rumania reclamaba para sí. Fueron de tal envergadura las pérdidas húngaras que el resentimiento y el nacionalismo se apoderaron de los sectores ilustrados magiares. Hungría se sumió en una crisis revolucionaria incruenta, de clara ideología comunista; la represión aliada, por el contrario, fue cruel y sanguinaria y terminó con el derrocamiento de Stamboliski.

Tratado de Sèvres con Turquía

El tratado con Turquía fue el menos dificultoso ya que ésta no ofreció –en forma inicial– resistencia alguna. Lo cierto es que perdió todas las zonas asiáticas que componían el imperio otomano. Las zonas árabes fueron ocupadas por Gran Bretaña teniendo en cuenta que existían acuerdos previos con Francia para establecer protectorados en esta región.

Turquía estaba resignada a su reducción, pero no así a la eliminación completa de su identidad y de su desvencijada autonomía soberana. En consecuencia, el período posterior estuvo signado por la aparición de movimientos de resistencia nacionalista que se opusieron al nuevo avance imperial. Los conflictos se radicalizaron por las colaterales pretensiones de Grecia. Los nacionalistas turcos obtuvieron el apoyo soviético para expulsar el avance griego; sumado a esta ayuda, existieron desavenencias entre Francia e Inglaterra, que propiciaron que Turquía se reposicionara para ganar terreno y lograr, en 1923, una nueva constitución de Turquía, esta vez con carácter de república. Bajo el manto del Tratado de Lausana, firmado ese año, Turquía estuvo en condiciones de negociar fronteras más sólidas para su nación.

Tratado de Versalles

El Tratado de Versalles, por su parte, incluía varias cuestiones. En primer lugar, este “acuerdo” se planteaba un doble objetivo: por un lado, detener cualquier posibilidad de expansión futura de Alemania y, por otro lado, construir un “cordón sanitario” para evitar el avance de la revolución bolchevique. El Tratado de Versalles no sólo atendió la cuestión de la guerra en sí misma, sino que también consideró que el mundo capitalista ya no contaba con Rusia para ejercer su papel de equilibrio en el Este, siendo, por el contrario, un nuevo elemento desestabilizante para el mundo occidental. Pero, adicionalmente, este Tratado buscaba satisfacer

los reclamos de Francia. Siempre preocupada por el expansionismo alemán, exigía los viejos territorios perdidos durante la guerra francoprusiana, Alsacia y Lorena, los cuales fueron otorgados sin mayor discusión.

La otra cláusula del Tratado de Versalles, y que compartía puntos de contacto con otros acuerdos similares, se refería a la independencia de Polonia. Resumiendo, con el Tratado de Versalles, los aliados se ensañaban con Alemania, expropiándola de parte de sus espacios industriales –Alsacia y Lorena–, de la zona oriental de Polonia, y de todas las colonias de ultramar, que fueron a parar en manos de Inglaterra, Francia y, en menor medida, de Japón. Militarmente se le impidió tener una flota mercante propia, se eliminó su fuerza aérea, y sus ejércitos quedaron diezmados por el recorte obligatorio que la compelía a reducirla a un número menor a cien mil soldados. Por si esto fuera poco, Alemania quedó ocupada en la zona occidental. Asimismo, se le impusieron gravosos resarcimientos de guerra que Alemania se comprometía a pagar en cuarenta años. Las reparaciones por daños de guerra alcanzaron una cifra de 31.500 millones de dólares. Durante la siguiente década tuvo que realizar desembolsos a los países vencedores, que llevarían a este país a un descontrol económico, agravado por un proceso hiperinflacionario.

Este ahogo financiero al que fue sometida Alemania constituyó una de las claves para que en este país surja un movimiento antiliberal totalitario: el nazismo. Alemania iba a salir de este período con un exacerbado nacionalismo, nuevamente armado y con la emergencia de un líder totalitario como Adolf Hitler. (www.REALPOLITIK.com.ar)


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