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30 de abril de 2024 | Pastillas de Colores

Crónicas a pedal

Bicitrip 1: San Martín de los Andes como inicio del Camino de los Siete Lagos

Primera entrega de esta saga de crónicas a pedal con un punto de referencia ineludible: el auténtico portal al cicloturismo patagónico.

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por:
Juan Provéndola

Existe un sencillo código entre quienes recorren las rutas en dos ruedas: consiste en saludarse cuando uno se cruza con quien viene desandando el camino que queremos hacer. Puede ser con la mano abierta o el pulgar arriba, aunque un simple cabeceo basta para cumplir la gentileza. 

Lo instalaron los moteros, aunque luego lo profundizaron los ciclistas, quienes desde hace unos años también se animan a recorrer las rutas argentinas con viajes de distintas dificultades. 

Muchos ciclistas urbanos con deseos de expandirse más allá de las bicisendas eligen la Paragonia como primer destino para trazar esta clase de travesías que combinan cierta disciplina física con la contemplación de paisajes ajenos a la vida citadina. 

Y el Camino de los Siete Lagos se impone como el circuito más recurrido: la facilidad de la Ruta 40 asfaltada, una extensión "amigable" (poco más de 100 kilómetros), la vista que ofrece su geografía lacustre y montañosa y el aire puro de toda la región son algunos de los motivos que empujan a centenares de ciclistas a encarar la aventura.

Hay dos puntos de partido. Uno es Villa La Angostura, el "kilómetro cero" para quien quiere arrancar desde el extremo sur del camino. Y el otro es San Martín de los Andes. 

Tomar de punto de partida a San Martín de los Andes ofrece el agregado de que, antes de salir a la ruta, se pueden realizar pedaleadas internas para afinar el estado físico. La ciudad cuenta con subidas, faldeos, miradores, playas y lagos de acceso dificultoso que ponen a prueba los músculos del cicloturista aventurero.

San Martín de los Andes fue fundada en 1898 sobre un territorio que estaba en litigio con Chile, y que recién se incorporó administrativamente a la Argentina en 1902. Además del destacamento militar que dio origen a la ocupación, su actividad económica se basó en molinos harineros y en aserraderos hasta que en la década del '70 comenzó a impulsarse la actividad turística. Esto dio lugar a una coqueta villa cordillerana de casas de madera y piedra donde existe un celoso cuidado de los rosales en las calles, cierta armonía arquitectónica, limpieza en la vía pública y hábitos urbanos innegociables como la prioridad de paso al peatón.

Casi todo surge o mira hacia el lago Lácar; desde su costanera hasta el inicio de la San Martín, su calle principal. Y también los dos miradores principales, a los cuales se puede acceder en bicicleta.  

Al mirador Bandurrias, por ejemplo, se puede trepar por tres kilómetros de ripio, aunque hay una alternativa más larga —-pero a la vez menos dificultosa-— por la Ruta 48, que se toma saliendo de la ciudad a través de la avenida Perito Moreno. Por esa misma vía se puede llegar también al mirador El Balcón.

Al mirador Arrayán, en cambio, se puede acceder trepando la calle Juez de Paz Quiroga, que nace al final de Miguel Camino (la tradicional Avenida Costanera), hasta llegar al faldeo del denominado Camino Arrayán. Desde allí puede verse el casco urbano, el Lácar, la Cordillera de los Andes y el Curruhiunca, uno de los cerros más emblemáticos de la ciudad junto al Chapelco. En la cumbre, además, está la tradicional casa de té construida en 1939. 

Como alternativa de la bajada del Arrayán, se pueden hacer diez kilómetros atravesando bosques de cipreses con una vista espectacular sobre el Lácar a la izquierda por la ruta 108, hasta la Ruta 40, a la altura de la entrada playa Quila Quina.

Quila Quina es uno de los sitios administrados por los Curruhuincas, una de las comunidades mapuches de la zona. La playa de fina arena blanca está emplazada en una bahía sobre el Lácar, a la que se llega tras 12 kilómetros de exigentes faldeos por un camino angosto lleno de robles, ñires y coihues. Hay un camping y se cobra entrada. Ahí se puede pasar el día y luego regresar al muelle de San Martín de los Andes a través de servicios de embarcaciones que permiten cargar la bicicleta. La otra opción es retomar la cuesta para volver a la Ruta 40 que conduce hacia San Martín, aunque cuatro kilómetros antes de la ciudad está la otra playa popular de la zona, Catritre, que también tiene camping y un pequeño restaurante con precios accesibles.

Hacia el otro lado de San Martín de los Andes (es decir: alejándose del Lacar) se encuentra una visita interesante y más aún para hacer en bicicleta. Son 12 kilómetros por la Ruta 62, que en su tramo asfaltado atraviesa el regimiento militar que dio origen al pueblo. Luego del destacamento, comienza un camino de ripio que conduce finalmente al Lolog, el extenso lago que le provee a San Martín el agua que sus habitantes y visitantes consumen. Una playa igual de bonita a las anteriores, aunque menos concurrida. 

San Martín ofrece una interesante serie de alternativas para ir probando la bici y también el cuerpo. Luego de ello vendrá entonces la decisión de encarar la Ruta 40 hacia los distintos destinos que ofrece. Uno es el Camino de los Siete Lagos, claro. Pero existe otro, más alternativo, aunque a la vez más exigente: triplica los kilómetros, agrega lugares impensados y concluye en una expedición inolvidable. 

Se trata de una especie de círculo que toma 75 de los 110 kilómetros del Camino de los Siete Lagos y se redondea con Villa Meliquina, el llamado Paso Córdoba, el nudo entre los ríos Limay y Traful llamado Confluencia y la llegada a Villa Traful. Pero de eso hablaremos la próxima... (www.REALPOLITIK.com.ar)


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